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jueves, 13 de junio de 2024
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¿Alguien reportó un fuego? Incendios en Colombia

María Isabel Henao, Columnista

María Isabel Henao Vélez

Comunicadora Social y Periodista de la Universidad Javeriana. Especialista en Manejo Integrado del Medio Ambiente de la Universidad de los Andes. Twitter e Instagram: @maisamundoverde

Por fin llueve. Por fin esa mezcla maravillosa entre la evapotranspiración evidente de la vegetación en los cerros y una nube oscura, densa y enojada que evacúa su descarga calmando la sed de plantas y árboles tras tantos días de sequía. 

Qué bueno es que sea bueno llegar a casa con zapatos y pantalón emparamados y que la sombrilla termine apenas protegiendo la coronilla de la cabeza. Qué bueno es respirar ese aire frío y húmedo, mirar al horizonte, y en vez de la imagen y el sonido del helicóptero con su canastilla pasando una y otra vez para recoger agua y llevarla al lugar de los incendios, mirar al cielo para adivinar por el color y la densidad de las nubes cuánto tiempo se tiene hasta que lo alcance a uno la lluvia. 


Por bastantes días no extrañaremos el tiempo seco con su panorama de cielo azul despejado y muchísimo menos las columnas de humo que salían de las que semejaban heridas de fuego en la montaña. 

Los bogotanos de nacimiento o adopción mirábamos expectantes a los llamados cerros tutelares preguntándonos por qué no cedían las llamas, y cual Nerón observábamos en las noches su flamear anaranjado sobre el telón negro de las luces de la ciudad. 

Muchos pensábamos con dolor en los animales que el fuego desplazó o calcinó sintiéndonos impotentes para prestar una ayuda y, por supuesto, solo podíamos imaginar el arrojo y valor de los bomberos oficiales de Bogotá, Fuerzas Armadas, Policía Nacional y Defensa Civil que en un trabajo que pone en riesgo la vida, la dieron toda para tratar de atajar el polvorín en potencia que son nuestros cerros. 

Mucho se dijo, se especuló y hasta se pescó en río revuelto, y con las mejores o peores intenciones, el diálogo en medios y plataformas no paró de analizar la causa del fuego y las acciones necesarias a futuro. 

Me pregunto si la preocupación de algunos días y el entusiasmo restaurativo quedará en eso, en unos días que de manera cíclica se presentan cada año, con la diferencia de que esta vez el incendio en la vecindad se salió de madre. 


¿Qué decir que no se haya dicho ya? No vengo a reportar fuego apagado, pero a la luz de conversaciones con especialistas y técnicos en ciencias, quiero dejar algunas reflexiones que puedan ser valiosos para usted, querido lector, en un escenario donde todo apunta a que cada vez veremos conflagraciones más potentes, pues la crisis climática con la exacerbación de las sequías y el aumento de temperatura media global hará las delicias de manos criminales y pirómanos.

Crónica de una muerte anunciada

Mirando hacia atrás no muy lejos en la historia de intervención de los cerros que enmarcan la ciudad, se entiende por qué los he llamado polvorín en potencia. 

Los bosques nativos murieron tempranamente al ser la despensa de madera de una ciudad en expansión y esa falta de cobertura boscosa (como lo registra el Observatorio Ambiental de Bogotá) afectó severamente el abastecimiento de agua de la ciudad, lo que llevó a entidades del gobierno a arborizar parte de los cerros orientales. 

Quedaron entonces pocos relictos de bosque nativo en medio de las especies exóticas sembradas: pino, ciprés, acacia y eucalipto. Especies que no terminaron protegiendo tanto las fuentes de agua al aumentar la acidez del suelo, lo que propicia la disminución de las reservas subterráneas de agua y la desecación de los ríos (los pinos particularmente absorben mucha agua de las fuentes hídricas). 

Incendios forestales en los cerros de Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Más Colombia
Incendio forestal en los cerros de Bogotá, visto desde la Universidad Nacional de Colombia. 25 de enero de 2024.

Pero la transformación no es solo a ras de piso; las raíces de los pinos tienen resinas que afectan y disminuyen la población de organismos transformadores de materia orgánica y rocosa, afectando en consecuencia la estructura y calidad del suelo.

En consecuencia, las siembras oficiales y de privados —que vieron una oportunidad en plantaciones de madera— han dejado con el tiempo servido en bandeja, material combustible de especies pirófilas que poseen resinas naturales altamente inflamables. 

Quien haya caminado bajo un pinar, recordará la poca luz y los colchones que forman en el suelo las acículas (la hojarasca) de los pinos, las cuales arden fácilmente, donde nada más crece y no hay indicio alguno del país de la biodiversidad. 


Vamos teniendo un coctel molotov si a aquellas especies sembradas le sumamos la invasión de otra exótica: el retamo espinoso que, por su densidad y espinas, a muchos propietarios de fincas les pareció una regia cerca “natural”. 

Este arbusto también es pirófilo, tiene resinas, no se descompone fácilmente, produce fruto todo el año y acumula bancos de semillas abundantes y longevas (se estima que pueden durar hasta 50 años vivas), cuya germinación es estimulada por el fuego. 

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Como cereza del coctel, está una especie nativa de los Andes. Quienes hayan transitado la vía a Choachí seguramente han visto el chusque (scandens) en los bordes de los bosques nativos cubriendo a los árboles. 

El chusque es una planta que en condiciones húmedas acopia bastante agua en el suelo, pero que en tiempo seco facilita la dispersión del fuego por su comportamiento trepador e invasor.

Con todo el combustible de ese polvorín, se entiende entonces que los cerros presenten los 3 tipos de incendio: de superficie en áreas abiertas, de dosel (copas de los árboles) y subterráneos que avanzan bajo la hojarasca y son abonados por la materia orgánica combustible en los suelos. 

Así las cosas, el lector se va dando cuenta de que el lindo verde de bosque europeo en los cerros hace tiempo debió ser talado, para iniciar un proceso de transformación con especies nativas que, además de la adecuada cobertura vegetal para conservar el agua, favorecería el hábitat que la fauna andina necesita. 

Pero hay quienes no quieren que se corte un árbol así sea nocivo, y se amarran a él como quien abraza su verdugo. 


Sí, técnicamente la tala y la restauración activa son muy costosas y difíciles por las condiciones de la pendiente, los suelos erosionados y las consecuencias de los incendios. Pero sabemos que son necesarias hace mucho rato y las autoridades y entidades encargadas han procrastinado el proceso. 

Incendios forestales, Más Colombia
Incendio forestal

En mayo del 2017, la CAR anunció que en 20 años el paisaje de los cerros cambiaría y que más de 2.123 hectáreas de pinos, eucaliptos y retamo espinoso se talarían para sembrar especies nativas que mitigaran los incendios y la acidez del suelo. 

Esta decisión quedó en firme con la actualización del Plan de Manejo Ambiental en 2016 que hizo la CAR con aprobación del Ministerio de Ambiente y su costo se estimó en $60 billones de pesos. Van casi 7 años, faltan 12 para hacer realidad el rimbombante anuncio. 

El dolor de cabeza de la naturaleza: las complejidades sociales y políticas

Los cerros han sido un poco tierra de nadie. No es secreta la ausencia de Estado en seguridad y manejo que ha permitido a mafias de especulación de tierras pagar mensualmente a personas necesitadas para que invadan un terreno, “potrericen”, mal vivan en un rancho y que después, al lograr la legalización como barrio, estas mafias obtengan lotes para vender. 

El manejo de basuras es otro ejemplo. Al respecto escuchaba a la Ingeniera Forestal, María Meza, anotar que el argumento de “cuidado con dejar la lupa, el vidrio roto o la botella plástica tiradas”, resulta un cliché y un desperdicio del mensaje cuando las verdaderas causas del inicio de incendios (además de manos mal intencionadas) están en la quema de basuras porque no hay recogida o manera de gestionarlas adecuadamente en los cerros. 

Nota para los turistas en campo: obvio que no se debe dejar basura en la naturaleza, no por miedo a propiciar un fuego, sino porque simplemente está mal que contaminemos los hábitats. 

Ella también comentaba, muy a punto creo yo, la necesidad de que la reglamentación para permisos de construcción contemple si un lugar fue quemado intencionalmente para obtener un terreno sin bosque donde construir. 


Cuando miramos a los cerros, ¿qué pensamos y sentimos? ¿Los sentimos propios o son el refugio de grandes edificios de las élites o zonas de invasión? ¿Nos inducen a caminar libremente por ellos para entrar en contacto con la naturaleza o tememos a sus antiguos y mal tenidos senderos porque sabemos que son un atracadero peligroso? 

Cuando usted alza la vista para orientarse en la ciudad buscando los cerros como punto de referencia, ¿son eso no más, un accidente geográfico? 

A mí me gustaría que fueran un espacio de solaz, de huir del tráfico y los niveles de ruido insoportable de la ciudad. Con guardabosques y policías en muchos puntos que desalienten la criminalidad, con senderos delineados para proteger la fauna y plenos de interpretación ambiental para que pequeños y grandes conozcan la vida que albergan. Tras este globo en el aire, veamos la complejidad del actuar político. 

Conversando con la ecóloga Olga León, ella me recordaba que la invasión del retamo espinoso lleva 50 años. ¿Cuánto se ha dejado avanzar a la especie en miles de hectáreas que a hoy no tienen manejo y en proyectos de restauración que han sido abandonados? 

De nada han servido las normas expedidas por el Ministerio de Ambiente y la ciudad de Bogotá para el manejo de retamo, o ¿dónde se han implementado? Señores de la CAR y el Acueducto: aprueben y faciliten institucional y normativamente la implementación de las recomendaciones del estudio y plan de manejo que desde hace 2 años elabora la Universidad Distrital. 

Señores Alcaldía de Bogotá y Secretaría de Ambiente, ustedes tienen obligación de invertir en esa zona los recursos del 1% del Artículo 111 que son de destinación específica para el manejo de áreas de importancia ambiental e hídrica. 

Inviértanlos allá con un plan efectivo que pueda sumar inversiones privadas y las ganas de una sociedad civil que en este momento con gusto echaría machete, pico y pala para nutrir suelos y sembrar la cobertura vegetal necesaria. 


Es imperativa la coordinación y articulación de las entidades distritales y regionales para no seguir desperdiciando recursos con acciones dispersas y sin sostenibilidad en el tiempo.

Johana Herrera —Oficial de Bosques y Cambio Climático de WWF Colombia— me habló de la necesidad de una educación continuada de la ciudadanía para la prevención de incendios. 

En primer lugar, con un cubrimiento por parte de los medios de comunicación que vaya más allá de un momento del año y que aborde las múltiples perspectivas y necesidades de los territorios. Y, en segundo lugar, con una estrategia para que haga parte de la agenda de la educación básica y secundaria (muy seguramente a través de los PRAE). 

Estos mensajes a la ciudadanía deberían ir atados a instrumentos y planes liderados por los ministerios de Educación y Ambiente, la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, las alcaldías y concejos municipales de Gestión del Riesgo donde se incluyan a las comunidades para definir tácticas y acciones conjuntas de investigación, monitoreo y adaptación al cambio climático. 

A lo que Olga León añade, para el caso de los cerros orientales en Bogotá, que se hace necesario coordinar y apoyar el trabajo de muchos colectivos de la sociedad civil que allí trabajan para que las iniciativas ciudadanas puedan ser partícipes de una regeneración bien hecha. 

Por último, creo que coincido con muchos en la perplejidad ante las condiciones de trabajo de los bomberos, que NO deberían ser voluntarios en ninguna parte del mundo, ni siquiera contratistas, sino funcionarios de los municipios, con las mejores condiciones y prestaciones en digno reconocimiento a un trabajo duro, exigente y de la mayor entrega al servicio de las personas y la naturaleza. 

¿Y para cuándo la restauración?

Muchas personas, como lo mencionaba antes, estamos deseosas de apropiarnos finalmente de nuestros cerros. En el mejor de los sentidos. Muchos quieren saber dónde apuntarse a jornadas de restauración, en dónde donar algún recurso o cómo sumar capacidades físicas o técnicas. Nuevamente, conminamos a las autoridades respectivas a liderarnos. 


En tanto, quiero cerrar con unas lecciones del profesor Jesús Orlando Vargas, biólogo especialista en restauración ecológica. En un artículo posterior espero recordar la necesidad de volvernos campeones climáticos de nuestro tiempo y de la aventura que puede significar una gesta de las generaciones que estamos vivas para abrazar un modo de vida y consumo que cierren la brecha de emisiones, para que el incendio, la sequía o la inundación, la pérdida de cultivos, los damnificados y las migraciones no sean pan de cada día. 

Dice el profesor Vargas que lo primero es recuperar el suelo y el microclima. Los suelos de los cerros son escasos en materia orgánica, las especies de los pinos y eucaliptos se han acumulado, pero no han formado materia orgánica (MO) que pueda retener agua. Se necesitan entonces depósitos de MO, lo que se puede lograr a través de grandes cantidades de compost. 

También hay que sembrar especies de crecimiento rápido como las leguminosas, (por ejemplo, especies del género Lupinus) que fijan nitrógeno del aire, mejoran la estructura del suelo a través de las raíces y al ser de ciclo corto mueren al año aportando MO al suelo. 

Él sugiere que grupos de entusiastas bien podrían organizarse para hacer compost y buscar semillas de Lupinus. Vienen a mi mente entonces algunas ciudades del mundo que están logrando elaborar cantidades industriales de compost a partir de los residuos orgánicos domésticos. 

¿Se imaginan todo el material orgánico que sale de las cocinas en Bogotá? Ahí está toda la MO que necesitamos para volver transformar el suelo y volver fértiles los cerros. 

Un buen suelo mejora el microclima del que son dependientes las especies de bosque alto andino, las cuales no crecen a cielo abierto con mucho sol y necesitan de una humedad relativa alta. Así que las primeras especies sucesionales a sembrar, ayudarán a establecer ese microclima necesario. 

Habla también el profesor Vargas de la importancia de una buena selección de especies sucesionales tempranas, intermedias y tardías. Las primeras, que hay que propagar en grandes cantidades, son herbáceas o arbóreas como el arboloco y trompeto (las especies nativas inflamables como el hayuelo o laurel de cera no se deben utilizar en grandes cantidades). 


Apunta también a la necesidad de una discusión técnica sobre el ensamble o la nucleación, la manera de combinar las especies y el tiempo de introducción de las intermedias y tardías.  

Se viene un trabajo largo para restaurar los cerros, desde aprovechar los viveros existentes hasta organizar otros, hacer cortafuegos nuevos para que evitar la llegada de las llamas a los barrios más cercanos, limpiar los caminos de acceso actuales y crear una nueva red que permita llegar por las pendientes a los lugares donde haya quemas. 

Pero, sobre todo, es esencial proteger los relictos de bosques nativos, fuentes de semillas y base para la ampliación de los bosques que todos nos soñamos, para que la excepción, y no la norma, sea que alguien reporte un fuego.