lunes, 6 de febrero de 2023
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América Latina: ¿una democracia frágil?

Diva Criado, Columnista, Más Colombia

Diva Criado

Abogada y periodista, Master en Gestión Pública de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Coordinadora de la Sección de derechos humanos, redactora y editora de la Agencia de Noticias La Independent de España.

La tendencia electoral de los últimos años en América Latina (AL), con la elección de gobiernos de izquierda, es una clara señal de inconformismo popular de la que no escapa ningún país. La Región buscaba un cambio y lo logró. Pero ¿ese cambio es real? 


Son notorias las diferentes tendencias ideológicas de los líderes regionales, unos con más influencia que otros. Los une un común denominador que identifica esos idearios, al menos en el calificativo. En la práctica es difícil entenderlos, algunos abandonan los valores tradicionales liberales democráticos, la defensa del Estado, la globalización o la soberanía popular. 

Por desgracia, vemos que el populismo en cualquiera de sus manifestaciones ideológicas, de derecha o de izquierda, conlleva niveles de irracionalidad que ponen en peligro las instituciones democráticas. El problema es que ha surgido una mayoría ciudadana apática, desprovista de interés, fácilmente manipulada con trivialidades y mentiras evidentes.

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Lo ocurrido en Perú hace escasas semanas o las elecciones presidenciales en Brasil, demuestran el grado de visceralidad de los más radicales. Lula da Silva señalaba, en el discurso de posesión, que sus principales objetivos eran reducir las desigualdades y devolver la institucionalidad; no sospechaba entonces, que un grupo de radicales incondicionales de Bolsonaro asaltaría varias sedes institucionales en una intentona golpista. 


Es innegable que el país está dividido y polarizado en extremo. La victoria de Lula no podía desconocer que el bolsonarismo tiene profundo arraigo en ciertos sectores sociales de extrema derecha. 

Sin embargo, gústenos o no, fuera de los retos que enfrentan los líderes latinoamericanos, esos gobernantes elegidos democráticamente son una garantía de estabilidad. 

Otra cosa es que los gobiernos se vuelvan dictatoriales para perpetuarse en el poder, cambien Constituciones, cierren Congresos, etcétera, Ej. Cuba, Nicaragua o Venezuela, los dos últimos asentándose tras fraudes electorales y división de poderes.

Una imagen icónica de la crisis migratoria venezolana es conmovedora: la enorme fila de personas caminando cabizbajas, cansadas, con una maleta a cuestas por carreteras colombianas. El éxodo de inmigrantes no cesa y se incrementa por decenas mes a mes, dispersándose por toda AL. Un problema por donde se mire. 


A finales de noviembre, la organización Intergubernamental IDEA Internacional (Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral) presentó un informe sobre el estado global de la democracia, denominado: “Forjando Contratos Sociales en Tiempos de Descontento”.

La evaluación realizada a 173 países da cuenta del declive de la democracia global. La definieron como una especie de “mezcla tóxica”, basándose en la crisis inflacionaria, los riesgos de una confrontación nuclear por la guerra Ucrania-Rusia, la inmigración, el cambio climático, la gestión-pandemia, el descontento social y la polarización. 

Premonitoria la radiografía sobre AL: “Las democracias luchan por lograr un equilibrio efectivo en entornos marcados por la inestabilidad y la ansiedad. Los populistas siguen ganando terreno a medida que la innovación y el crecimiento democrático se estanca o decae”.  Concluye que las crisis actuales pueden generar en América Latina olas de protestas sociales masivas y violentas, ante la escasa o deficiente respuesta de los gobiernos para suplir las necesidades sociales.

¡Ahí les dejo!


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