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Belleza, ciencia, verdad

Guillermo Guevara Pardo, Columnista, Guillermo Guevara

Guillermo Guevara Pardo

Profesor de biología vinculado a la Secretaría de Educación del Distrito, IED La Amistad, Bogotá.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, lo bello es algo que “por la perfección de sus formas, complace a la vista o al oído y, por extensión, al espíritu”. Nos parecen bellos los colores de una flor, el arcoíris, La joven de la perla, la cinética del gol de Richarlison a Serbia en el mundial de fútbol (que no borra el horror de los 6.500 trabajadores fallecidos en Catar) o el Aleluya de El Mesías. ¿Hay estética en una teoría científica? ¿Determina la verdad de una hipótesis la belleza o el experimento? 

Hace algunos años investigadores de la teoría de cuerdas, que aspira a unificar las cuatro fuerzas fundamentales que gobiernan el universo, propusieron que, si una teoría física es suficientemente elegante y explicativa, ella no necesita ser sometida a la prueba experimental pues belleza y consistencia matemática podrían ser suficientes para hacerla verdadera. 

El filósofo Richard Dawid toma la teoría de cuerdas como paradigma de “evaluación no empírica de las teorías” y propone “corregir” el método científico para que las hipótesis se evalúen recurriendo a criterios puramente teóricos. En esta línea, el matemático Hermann Weyl declara: “Mi trabajo trata siempre de unir lo verdadero con lo bello; sin embargo, cuando tengo que elegir entre lo uno o lo otro, habitualmente elijo lo bello”.

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Los cosmólogos George Ellis y Joe Silk creen que hay una tendencia creciente entre los teóricos que trabajan con la teoría de cuerdas a desechar el criterio experimental privilegiando otros, como los estéticos y los matemáticos, para evaluar la validez de una teoría científica. No es que el científico deje de sentir la sensación subjetiva de belleza frente a una teoría, pero como apuntó Steven Weinberg: “…hemos aprendido no solo que las teorías planteadas por nuestro sentido de la belleza tienen que ser confirmadas por la experiencia, sino que nuestro sentido de la belleza cambia gradualmente en función de nuestra experiencia”. 

Sobre el papel de las matemáticas Max Planck sostenía: “La lógica en su forma más pura, las matemáticas, solo coordina y articula una verdad con otra. Da armonía a la superestructura de la ciencia, pero no puede proporcionar los cimientos o las piedras fundamentales”. Por su parte, Sabine Hossenfelder, especialista en teoría de la gravedad cuántica, señala que “…es imposible construir una teoría científica partiendo exclusivamente de su plausibilidad matemática. A fin de cuentas, siempre es posible considerar sistemas de axiomas que, aun siendo coherentes desde un punto de vista matemático, no guarden ninguna relación con el mundo real. Y, por otro lado, una teoría que no establece relación alguna con las observaciones no merece, en mi opinión, llamarse científica”

No se trata de negar el enorme poder que tienen las matemáticas para comprender las leyes del universo: ellas sustentan siempre las grandes teorías de la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas. Las matemáticas son hermosas, funcionales y efectivas, pero son solo uno de los soportes del científico. Puede ser cierto que el idioma en que está escrito y habla el universo sea el de los números, pero se necesitan los datos empíricos para hacerse entender.

Aceptar la propuesta de relajar el método científico atenta contra todas las ramas de la ciencia: uno podría imaginar, con escalofrío, que alguien proponga un modelo de la evolución humana que no sea contrastado con los fósiles o con la genética molecular y pretenda hacerlo pasar por verdadero. 

La cumbre hacia la verdad científica se recorre por el camino escabroso y duro de la experimentación. Renunciar al método científico debilita de manera grave la columna vertebral de la ciencia y abre de par en par las puertas a la pseudociencia, al permitir que la evaluación de una teoría pase a depender de consideraciones sociales, políticas o psicológicas. Entonces, la verdad o falsedad de una hipótesis científica no se determinará por lo que digan los resultados de la práctica experimental sino, por ejemplo, por el sentimiento de belleza que logre despertar. 

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Definitivamente el éxito de una teoría científica radica en su capacidad de explicar una parcela del mundo, en hacer predicciones que se puedan comprobar con experimentos en principio posibles de realizar. Newton lo señaló con claridad: “…el método correcto de averiguar las propiedades de las cosas es el de deducirlas a través de la experimentación”, y Carlos Sabín, físico español, ratifica la idea de su maestro: “Los experimentos, guiados por el método científico, tienen siempre la última palabra”. La experimentación, no la belleza, es lo que determina si una hipótesis es falsa o verdadera. Son los científicos, no la naturaleza, los que se cuentan unos a otros que tal o cual teoría es bella o fea.

El ataque contra el método científico también es un intento por desvirtuar el concepto de verdad. La mecánica de Newton, la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica, la teoría de la evolución, la tectónica de placas… son verdaderas, no porque la estética lo decida, sino porque han sido comprobadas por los experimentos y las observaciones, porque representan una descripción correcta de la naturaleza. 

Si la verdad deja de ser vista como un reflejo de la realidad física, la comunidad de científicos dejaría de buscarla en su relación con las cosas y se definiría por el consenso de los que más saben: sería verdadero únicamente aquello que los científicos acuerden que es verdadero y el mundo exterior resultaría creado por las negociaciones entre los científicos: “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”, sentenció el gran Antonio Machado.

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