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jueves, 13 de junio de 2024
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Biodiversidad: riqueza del país y para el país

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Guillermo Guevara Pardo

Licenciado en Ciencias de la Educación (especialidad biología) de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, odontólogo de la Universidad Nacional de Colombia y divulgador científico.

La palabra biodiversidad designa las distintas especies de animales, plantas, líquenes, hongos y microorganismos que se encuentran en una determinada área geográfica. 

El concepto también incluye la diversidad genética almacenada en las moléculas de los ácidos nucleicos, así como la variedad de ecosistemas que se forman por la interacción entre vida y ambiente. 


La biodiversidad surge tras un largo proceso de evolución de los organismos que ocupan un espacio terrestre donde prevalecen unas condiciones ambientales particulares: temperatura, régimen de lluvias, composición química del suelo, intensidad de la radiación solar, topografía, etcétera. 

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En el camino evolutivo la selección natural es la fuerza material que va diseñando las adaptaciones que permiten a los seres vivos adaptarse a los retos ambientales de su hábitat. Por ejemplo, todas las características morfológicas y metabólicas de los cactus han facilitado, desde hace millones de años, la existencia de estas plantas en ambientes áridos. 

El conocimiento de la diversidad biológica fue un aspecto fundamental en la evolución de los seres humanos y lo sigue siendo como fuente de recursos para nuestra vida diaria, la industria, la medicina, las actividades turísticas y recreativas, así como la posibilidad de desarrollar potenciales aplicaciones tecnológicas en diferentes áreas.

Las islas ocupan un escaso 5% de la superficie terrestre, sin embargo, debido a su aislamiento poseen una gran diversidad biológica; son laboratorios naturales para estudiar y confrontar hipótesis de la ciencia de la ecología y de la biología evolutiva; en ellas habitan especies endémicas, es decir, que solo se encuentran en esos lugares, pero los ecosistemas insulares son muy vulnerables a las actividades de origen antrópico. 

Fue en las islas Galápagos donde Charles Darwin llegó al convencimiento pleno de que el mundo de los seres vivos no era el producto de un acto especial de creación, sino el resultado de un largo proceso de evolución. 


Conclusión semejante también la obtuvo, de manera independiente, Alfred Russel Wallace en los territorios insulares del sureste asiático: las islas aportan conocimiento valioso para entender las intrincadas interacciones de la vida. 

En nuestro océano Pacífico solo hay dos islas: Gorgona y Malpelo. El nombre de la primera se debe a Francisco Pizarro por la gran cantidad de serpientes que allí encontró y que le recordaron el mito griego de las tres gorgonas, unos monstruos femeninos cuyas cabezas, en lugar de cabellos, tenían sierpes venenosas. Situada a 28 kilómetros del litoral, la isla está formada por ecosistemas de bancos coralinos y de bosque tropical húmedo. 

En tierra y mar Gorgona está habitada por una amplia diversidad de seres vivos: delfines, ballenas jorobadas, cachalotes, especies distintas de corales, tiburones, mantarrayas y otros tipos de peces de mar, cangrejos, moluscos, gusanos marinos, murciélagos, monos, dos especies de peces de agua dulce, osos perezosos, roedores, serpientes, lagartos, anfibios, aves, insectos, hongos, helechos, musgos, líquenes, plantas endémicas, árboles de pino colombiano, robles y otros vegetales. Pero sobre toda esta riqueza natural pende una ominosa espada de Damocles.

Si el actual Gobierno permite que en ese paraíso biológico Estados Unidos construya una base militar argumentando la manoseada «lucha contra el narcotráfico», la biodiversidad de la isla de Gorgona se verá en grave peligro. 

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Frente a semejante atropello contra la soberanía nacional y nuestros recursos naturales, se han levantado voces de protesta: desde científicos, periodistas, ambientalistas, hasta la de los habitantes del litoral pacífico. 

Es cierto que el malhadado proyecto empezó durante la presidencia de Juan Manuel Santos, pero el de Gustavo Petro, elegido con la promesa del cambio, no ha dado muestras claras de oponerse a los intereses geoestratégicos de la potencia estadounidense.

Hay mucha ciencia básica para hacer con la biodiversidad de Gorgona. En los tejidos de los seres vivos que allí se encuentran existen moléculas que pueden tener alguna importancia tecnológica. 


Es responsabilidad del Estado colombiano preservar toda esa riqueza y dar a los científicos colombianos y de otras latitudes la oportunidad de investigar en la isla. Claro, en las condiciones actuales, eso tropieza con el brutal recorte presupuestal que el Gobierno ha hecho para el Ministerio de la Ciencia y la Tecnología.

En años pasados el biólogo palmireño Fernando Montealegre Zapata, de la Universidad de Lincoln, en el Reino Unido, estuvo en la isla grabando las estridulaciones de los grillos para, junto con científicos de China y Suiza, revivir el canto de un grillo que existió cuando un bólido extraterrestre causó la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años. 

Los resultados de esa investigación se podrán aplicar en el campo de las comunicaciones, en la construcción de sensores muy pequeños y otras maravillas tecnológicas. Si se permite la construcción de la base naval estadounidense nuestros científicos podrían tener vedado el ingreso a la isla.

Gustavo Petro tiene la oportunidad de hacer respetar la soberanía nacional, proteger una parte muy importante de nuestra riqueza biológica y escuchar las voces que claman por detener el nefasto proyecto de entregar la isla Gorgona al ejército estadounidense.

Acierta el literato antioqueño, Reinaldo Spitaletta, cuando escribió en reciente columna de El Espectador: «Salvaguardar Gorgona para la ciencia, el ambientalismo, el ecoturismo, la investigación es, hoy y siempre, una divisa del pueblo y sus luchas por la autodeterminación y la independencia».

El gobierno del cambio tiene la palabra.