lunes, octubre 18, 2021
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El cine y la posibilidad de pensar nuestros problemas

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Eduardo Díaz Amado
Médico, filósofo y psicoanalista.

En la década de 1990 los estertores socio-políticos y culturales frente a la pandemia del VIH alcanzó niveles paroxísticos. El temor a recibir el castigo por lo que para muchos era la degradación moral de nuestra época llevó a la condena de ciertos grupos considerados “de riesgo”, así como al estigma y la discriminación. Las noticias y los informes académicos se ocupaban del asunto, mostrando cifras y haciendo énfasis en los aspectos biomédicos. Pero los números y las explicaciones científicas no pasan de ser un dato pasajero en el noticiero de la noche.

Lo que se requiere con frecuencia es que la sociedad pueda “comprender” un problema y los ciudadanos se movilicen en la dirección correcta, esto es, superando los abismos que los separan y asuman un comportamiento de solidaridad y respeto. El arte puede jugar aquí un papel importante.

El cine, por ejemplo, como expresión artística típica de nuestra época, logra captar la tragedia humana que subyace en situaciones como esas. Películas como Filadelfia, del director Jonathan Demme, en 1993 o, veinte años después, en 2013, El club de los desahuciados, del director Jean-Marc Vallée, tienen el potencial de conectarnos profundamente con la tragedia de quienes son VIH positivo, invitándonos a ir más allá de la superficialidad y la anomia de las cifras que se presentan en los noticieros, y que suelen poner en un mismo saco tragedias, deportes y espectáculo; la fórmula perfecta para permanecer adormecidos en el sillón de nuestra casa.

Durante este primer semestre que estamos dejando atrás, han estado en cartelera dos películas que nos han recordado un pendiente que sigue creciendo en nuestra sociedad: el ageismo, edadismo o discriminación por motivos de edad. La primera es El padre, opera prima del director Florian Zeller, 2020, y la segunda, El agente topo, de la chilena Maite Alberdi, 2020.

Somos una sociedad que ha hecho de la juventud una nueva idolatría y un mecanismo efectivo para dinamizar la sociedad de consumo. Los mayores son bienvenidos solo si parecen jóvenes, no importa su mérito, experiencia, sabiduría o disposición. Y los jóvenes se aceptan siempre como el ideal perfecto, no importa su impulsividad, inexperiencia y altas dosis de omnipotencia. Por supuesto, son generalizaciones injustas, pero que señalan tendencias que todos notamos.

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Zeller, a través de la magnífica actuación de Anthony Hopkins, nos ofrece la posibilidad de experimentar, como espectadores, la horrible pesadilla de quienes terminan en las garras de la demencia, una situación que se presenta con más frecuencia a medida que avanza la edad. Qué dura es la soledad, el desamparo y la confusión cuando el declive cognitivo se apodera de una persona. La dependencia y la necesidad de ser cuidados adecuadamente y con amor se incrementan. No se trata solamente de llevar a nuestros ancianos a un “hogar geriátrico”. Aunque a veces es necesario acudir a quienes se ha vuelto profesionales en el cuidado del adulto mayor, vale la pena tener presente que ninguna comodidad material o institución reemplaza la compañía, el genuino interés y el apoyo cuando el adulto mayor se ha vuelto tan vulnerable y dependiente como un niño pequeño. No se trata de infantilizar a nuestros abuelos, sino de garantizarles el respeto y comprensión que merecen. Es lo que nos muestra, por otra parte, Maite Alberdi en su excepcional película-documental.

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¿Tenemos conciencia de que la población de adultos mayores sigue creciendo en nuestra sociedad y que tenemos obligaciones éticas frente a ellos? Es una cuestión que va más allá de vacunarlos contra el Covid-19. Se trata de honrar siempre, con políticas públicas adecuadas y generosidad de nuestra parte, a quienes nos prestaron sus hombros como piso firme sobre el cual construir nuestras vidas y mantener la esperanza de futuro.

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Eduardo Díaz Amado
Médico, filósofo y psicoanalista.

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