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El Foro de la ONU sobre Empresas y Derechos Humanos debe enfrentar por fin un fracaso global

Fernando Morales De la Cruz, Columnista, Más Colombia

Fernando Morales-de la Cruz

Periodista, activista de derechos humanos y empresario social, fundador de Café For Change, Cartoons For Change y Lewis Hine Org.

Más de siete décadas después de la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y 36 años después de que el mundo aprobara la Convención sobre los Derechos del Niño, la economía global sigue funcionando gracias al trabajo, el sufrimiento y la invisibilidad de millones de personas. Mientras los delegados se reúnen una vez más para el Foro de la ONU sobre Empresas y Derechos Humanos, las cifras revelan una verdad innegable: el sistema está fallando.

Hoy, más de 140 millones de niños trabajan en las cadenas de suministro de las corporaciones: producen alimentos, textiles, minerales, metales y los bienes cotidianos que llenan los hogares y supermercados de las naciones ricas. Decenas de millones de estos niños realizan trabajos peligrosos. Además, casi 50 millones de personas viven como esclavos modernos, atrapadas en trabajos forzados y otras formas de coerción.

Aún más impactante: más de 75 millones de estos niños explotados trabajan en las cadenas globales que benefician a los 2.500 participantes del Foro Económico Mundial, líderes que han afirmado durante casi 56 años “Mejorar el estado del mundo”, mientras supervisan sistemas económicos que explotan a decenas de millones de niños.

Pero la responsabilidad no recae únicamente en las corporaciones. Los Estados —y sus inversores soberanos— son profundamente cómplices. Noruega, el mayor inversor del mundo, gestiona más de 2,1 billones de dólares en activos a través de su fondo soberano y posee acciones en casi 9.000 corporaciones.

Este gigantesco inversor estatal, celebrado globalmente por su ética y transparencia, aun así obtiene beneficios de la explotación de decenas de millones de niños que trabajan en las cadenas de suministro de las empresas donde invierte. Es una paradoja dolorosa: una nación que se presenta como defensora de los derechos humanos es, al mismo tiempo, uno de los mayores beneficiarios de la explotación en las cadenas globales de valor.

Y los niños no son las únicas víctimas. Cientos de millones de agricultores y trabajadores viven en la miseria, atrapados en la pobreza por cadenas de suministro diseñadas intencionalmente para extraer el máximo valor de su trabajo mientras se les niega un ingreso digno. Estos modelos de negocio explotadores y neocoloniales no son accidentes. Son deliberados, lucrativos y están protegidos por el poder político y financiero.

Cientos de corporaciones operan con modelos de negocio que son exactamente lo contrario de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Lejos de promover el desarrollo humano, estas corporaciones sostienen la miseria, el hambre, la desnutrición infantil, el trabajo infantil, el trabajo forzoso y condiciones que contribuyen a altas tasas de mortalidad infantil. No es un efecto secundario: es una característica integrada en cadenas de suministro diseñadas para extraer valor de las comunidades más pobres del mundo mientras garantizan ganancias récord para ejecutivos, accionistas e inversores globales.

Lo que hace posible este estado de cosas —décadas después de los compromisos universales con los derechos humanos— no es solo la codicia corporativa ni la inacción política. Es también el fracaso del propio sistema de Naciones Unidas, incluidas las agencias encargadas de defender los derechos humanos y proteger a la infancia: UNICEF, la OIT, el PNUD, la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, entre otras.

Esta terrible realidad es la prueba viviente de que, pese a décadas de declaraciones, programas y convenciones, la ONU no ha logrado proteger a los más vulnerables de la explotación que ejercen las empresas globales.

El silencio de los periodistas agrava el problema. Lo digo con profunda tristeza como periodista: miles de colegas eluden esta realidad mientras decenas de millones de niños y cientos de millones de adultos son explotados cada día. Las declaraciones corporativas sobre ESG se repiten sin análisis; los informes de sostenibilidad llenos de propaganda se presentan como evidencia.

El Foro de la ONU sobre Empresas y Derechos Humanos fue creado para enfrentar esta contradicción global. Sin embargo, después de años de paneles y declaraciones, las estructuras fundamentales de explotación siguen intactas. Las directrices voluntarias han fracasado. La autorregulación ha fracasado. Los sistemas de certificación han fracasado. Y año tras año, las víctimas —especialmente los niños— continúan pagando con su salud, su seguridad, su educación y su futuro.

Debemos dejar de fingir que este sistema económico es accidental. No lo es. Prospera porque las naciones ricas, las corporaciones poderosas, los fondos soberanos, los fondos de pensiones y los gestores de activos globales se benefician de él. Quienes obtienen ganancias del trabajo infantil, del trabajo forzoso y de salarios de miseria no son espectadores: son participantes activos en una injusticia estructural a escala planetaria.

Si el Foro de la ONU quiere tener algún sentido, debe dejar de legitimar las narrativas corporativas y enfrentar por fin la arquitectura de la explotación que sostiene las cadenas globales de suministro. Se necesitan normas internacionales vinculantes, responsabilidad estricta para las corporaciones y sus inversores, y consecuencias legales reales para quienes se enriquecen con los abusos de derechos humanos.

Los niños no pueden seguir siendo la fuerza laboral oculta que sostiene el consumo global. Los periodistas no pueden seguir siendo cómplices con su silencio. Y el sistema de Naciones Unidas —creado para proteger los derechos humanos— debe asumir finalmente su responsabilidad por este fracaso.

Más de setenta años después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y 36 años después de la Convención sobre los Derechos del Niño, el mundo se ha quedado sin excusas. La pregunta ahora es si el Foro de la ONU sobre Empresas y Derechos Humanos seguirá siendo un ritual anual de retórica reconfortante, o si se convertirá finalmente en un punto de inflexión para acabar con la explotación que ha tolerado durante demasiado tiempo.

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