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Grata empatía

Óscar Gutiérrez, Columnista, Mäs Colombia

Óscar Gutiérrez

Director ejecutivo de Dignidad Agropecuaria Colombiana. ogutier51@gmail.com

Cualquier día del mes de diciembre del año anterior, apareció un chat en mi teléfono. Una mujer que se definía a sí misma como “poderosa, maravillosa y feliz, proveniente de la provincia de Vélez, Santander”, me decía que quería hablar conmigo sobre “un proyecto cultural que tiene contemplado hacer un homenaje a los productos agroindustriales de la región y a sus luchas”.

Después de intercambiar varios audios, enviarme un resumen de su propuesta y decirme que sabía de nuestras luchas, se despidió. Dos meses después, me hizo saber que había ganado un premio internacional en la Muestra Moda Mexicana y Latinoamericana y que expondría la ruana ganadora en el Museo de Artesanías de Barcelona, España. Me dijo también que su profesión era diseñadora de modas, que vivía de diseñar vestidos de baño para mujeres y que estaba segura de que lo que quería hacer serviría a nuestras luchas.

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Comenzando marzo, me llamó. Me dijo que vendría a Bogotá y que quería conocerme y hablar personalmente para explicarme su proyecto y contarme cómo lo podríamos hacer, si yo aceptaba participar del mismo.

Le dije que estaría en Bogotá y acordé con ella un sitio, hora y día para esa, para mí, extraña entrevista. Tenía –y debo confesarlo– una idea muy equivocada, ya que pensaba que el diseño de modas y la moda tenían muy poco que ver con nuestras luchas. No sabía cómo iba a ser el encuentro y quería conocer ese mundo extraño para mí.

Imagen: cortesía Isabella Martín

En uno de esos días grises tan propios en algunas épocas del año en Bogotá, me dirigí bien abrigado a mi cita con la moda y la diseñadora de modas. Hablamos y nos escuchamos poco más de dos horas. Sabía más de mí por las redes sociales de lo que yo pudiera saber de ella, así que una parte importante fue oír su historia de vida, su corta pero ejemplar vida.

Su municipio es Puente Nacional, Santander. Allá nació y estudió hasta que, buscando aprender diseño de modas, se desplazó a Bogotá, donde alcanzó la meta. Vivió y trabajó 15 años y después de ver bastante la ciudad –esa típica ciudad de los llamados “países en desarrollo”– de ver la opulencia y la indigencia, el poder y la demagogia, la lucha social y política y la conciliación, la resistencia ciudadana y el arrodillamiento, decidió partir de regreso a su pueblo natal a buscar lo que tal vez no vio en su temprana juventud.

Se vinculó a su gente y a la gente de la región, se adentró en la historia y, desde allí, descubrió un mundo ligado a lo suyo, las hilanderías de comienzos del siglo XX. Estas fueron fundadas en un pueblo vecino por un general de la Guerra de los Mil Días y sus hermanos, quienes también se propusieron desarrollar un ingenio azucarero, una chocolatería, una destilería y un molino de trigo. Soñaron con el primer complejo agroindustrial de Colombia.

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Los hermanos Caballero plantearon hacer todo eso en Suaita, que era su pueblo natal, en un corregimiento que se llama San José de Suaita. De alguna manera Lucas Caballero Calderón, famoso escritor, más conocido como KLIM, lo narra en sus crónicas y novelas.

Qué pasó con todo ese proyecto agroindustrial es parte de una triste historia sobre cómo lo que quiere ser progreso y creación de riqueza muchas veces termina en fracaso. No hay espacio para contar lo sucedido, pero lo cierto es que en San José de Suaita todavía está el edificio conservado y, funcionando en él, el Museo del Algodón y los Hilados.

Verlo cuesta $5.000 pesos, pero lo verdaderamente importante es que, de allí, la protagonista de esta historia tomó lo que buscaba: diseñar, teniendo en cuenta a tejedoras, bordadoras, artesanos y campesinos de la región. Trabajar con lo tradicional, los usos y las costumbres y, a partir de ahí, crear nuevos diseños y nuevas imágenes.

Y aquí la historia tomó cuerpo y la imaginación le proporcionó alas a la creación. El empeño acordado es que, una vez muestre la ruana ganadora del concurso, se aplique –de alguna manera nos apliquemos– a diseñar con todos los elementos que tiene a la mano imágenes que divulguen la bella naturaleza de la región, la vida de las gentes del campo, las realidades que les imponen quienes mal gobiernan este país y, también, las luchas dadas para enfrentar esa realidad.

Esos motivos servirán para elaborar prendas de vestir que serán parte de una campaña nacional que, aunque aún no tiene nombre, buscará explicarles a los compatriotas la importancia de alcanzar seguridad y soberanía alimentaria, así como condiciones de trabajo y vida dignas para quienes todavía producen el 65% de los alimentos colombianos. Espero que nosotros y centenares de defensores y defensoras del agro nacional luzcan con orgullo y generosidad los lindos trajes que cree la imaginación de la artista.

Claro, hablamos de otros asuntos: los temas de la región y el territorio. Relató su participación en las luchas sociales y su asomo a las políticas. Se rio, sin sonrojarse, de la grandilocuencia de quienes creen que son gobierno sin serlo.

Con la experiencia vivida va a los colectivos, plantea que hay mucho verbo y poca solución a los problemas de la gente, dice con franqueza que son más las promesas –que se siguen repitiendo– que los hechos concretos para cambiar lo que se puede cambiar y sabe que lo poco que hacen no ayudará a sacar adelante el cambio prometido. Y, ahí, ¡también hay empatía!

Después de la respectiva selfie, que es rasgo distintivo de la época, nos despedimos. Tenía que seguir juntando lo necesario para irse a España a mostrar su trabajo. Por mi parte, tenía que seguir en la diaria tarea de aclarar y explicar la razón de nuestros empeños y enfrentar lo que alcanzamos a enfrentar de lo que sucede en el agro. Lo acordado, acordado está, y solo tenemos la palabra y la férrea decisión de cumplirla.    

¡Buen viento y buena mar, Isabella Martín! y pronto regreso.

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