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La inclemencia de la naturaleza

Victoria E. González M., Columnista, Más Colombia

Victoria E. González M.

Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.

El clima se ha convertido en un tema de conversación cotidiana entre los colombianos. Para quienes vivimos en este país, las lluvias se transformaron en la habitual compañía de faena, pero, más que una molestia, en este momento se erige en un verdadero factor de riesgo para la seguridad y el bienestar de todas y todos, en particular de los más vulnerables. 

El tema del clima ocupa todos los días gran parte de los contenidos de los noticieros. Corresponsales de todos los lugares del país realizan sus informes en los que se mencionan inundaciones, desprendimientos de tierra, caídas de puentes, etc. Hasta ahí, todo va muy bien. 

La misión de informar se debe cumplir por encima de cualquier cosa. Sin embargo, desde este modesto lugar que me permite hacer una mirada un poco más profunda a los contenidos que hacen medios y periodistas, preocupa el enfoque desde el cual se presenta cada año este tipo de información. 

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Resulta incomprensible, por ejemplo, esa permanente tendencia a mostrar a la naturaleza indolente e indómita como la principal responsable de todos los males de los humanos. La naturaleza como un ser vengativo, la naturaleza inclemente que cada tanto se molesta y lanza sus terribles maldiciones sobre los inermes seres humanos.

Enfoques como este siempre se alimentan de imágenes apocalípticas que atraen a grandes audiencias: el humilde ciudadano que entre lágrimas declara que lo perdió todo y se quedó tan solo con lo que tenía puesto; la mujer que logró rescatar a una gallina; el perrito criollo cubierto de barro; la nevera echada a perder. 

Y así, cada año el mismo relato, pero el fondo, el verdadero fondo del asunto, se pierde. Porque el responsable no es el ciudadano que decide, en contra del más mínimo rasgo de sensatez, vivir en una ladera o en un lugar anegable; la responsabilidad radica, más bien, en el crecimiento sin planeación de muchos municipios y en la perpetuación de la pobreza de un grupo social cada vez más amplio cuya única alternativa es buscar refugio en cualquier lugar para vivir de cualquier manera. 

La culpa tampoco radica en una naturaleza que cada tanto se desborda de ira y de odio; radica fundamentalmente en la falta de previsión y de planes concretos con los que se podría evitar que año tras año nos “sorprendan” los mismos derrumbes y las mismas inundaciones. 

La responsabilidad tampoco apunta al “acabose” del mundo, ni a un castigo divino; estaría muy bien, de vez en cuando al menos, hablar del fenómeno del calentamiento global que se viene discutiendo desde hace muchos años en las grandes COPS y cuyo debate no ha conducido a nada por culpa de los mezquinos intereses económicos capitalistas.

¡Qué bien nos vendría un informe exhaustivo sobre los compromisos de los gobiernos nacionales y regionales y su incapacidad de cumplimiento a lo largo de los años por culpa de la corrupción! ¡Qué interesante para las audiencias ponerle un poquito de contexto a las noticias y dejar de pensar en el amarillismo que infla el rating y que no deja nada de reflexión! ¡Qué urgente cambiar el enfoque!

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