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domingo, 16 de junio de 2024
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Los Premios Nobel y los días de la ira

Guillermo Guevara Pardo, Columnista, Guillermo Guevara

Guillermo Guevara Pardo

Licenciado en Ciencias de la Educación (especialidad biología) de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, odontólogo de la Universidad Nacional de Colombia y divulgador científico.

En los primeros días de octubre la Real Academia de Ciencias de Suecia anunció los Premios Nobel de Medicina, Física y Química, tan ansiados por cualquier científico como lo es la estatuilla del Óscar por un actor o la Medalla Fields por un matemático.

El laureado con el Nobel de Medicina fue un biólogo sueco director del Instituto Max Planck de Biología Evolutiva (Alemania). Por primera vez se premia una investigación sobre la evolución humana. Su trabajo consiste en rescatar ácido desoxirribonucleico (ADN) de huesos y dientes fósiles para investigar la evolución del hombre. 


Los primeros intentos, que fueron un fracaso, los hizo con momias egipcias en 1985. Tras diez años de intenso trabajo, consolidó una nueva ciencia: la paleogenómica. Sus investigaciones demostraron que neandertales e individuos de nuestra estirpe compartieron un ancestro común hace unos 800.000 años, que se aparearon y tuvieron descendencia en territorios de Oriente Medio y Europa. Genes neandertales habitan en los cromosomas de personas no africanas, algunos de los cuales se relacionan con el funcionamiento del sistema inmunitario y otros tienen que ver con la respuesta al virus que produjo la pandemia de la cual se está saliendo. 

La paleogenómica le permitió descifrar el genoma completo de un neandertal, la especie humana que desapareció de la faz de la Tierra hace aproximadamente 30.000 años. Una muestra de ADN sacada de un pequeño fragmento de un hueso de 40.000 años de antigüedad encontrado en una cueva siberiana, lo llevó a descubrir un nuevo eslabón del intrincado árbol de la evolución humana: el hombre de Denísova, que en Eurasia intercambió genes con neandertales y sapiens. Personas que habitan en las cumbres tibetanas portan un gen denisovano que les permite vivir en esos ambientes de gran altitud; poblaciones del sudeste de Asia y nativos de Melanesia también llevan genes denisovanos.

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Tres ganaron el Nobel de Física. Uno de ellos trabajó hasta hace poco en la Universidad de Berkeley; otro está asociado a la Escuela Politécnica Universitaria París-Saclay y, el tercero, pertenece a la nómina de la Universidad de Viena. Los tres hicieron experimentos empleando fotones, partículas de luz, con las que suceden cosas extrañas como el entrelazamiento (dos fotones se comportan como uno incluso estando separados) o la teletransportación cuántica (una forma de transmitir información, no materia, empleando el entrelazamiento), fenómenos que no violan el mandato einsteiniano de que nada físico puede viajar más rápido que la velocidad de la luz. 

Los fenómenos del mundo cuántico chocan contra el sentido común, el mismo que nos permitió sobrevivir durante millones de años en el mundo newtoniano de las sabanas africanas del Pleistoceno. Esos trabajos han allanado el camino para el desarrollo de tecnologías relacionadas con redes y computadoras cuánticas y de métodos supremamente seguros de encriptación y transmisión de información, tecnologías que tendrán inimaginables aplicaciones en distintas ramas del saber humano. 

Con la física cuántica se hacen cosas imposibles de realizar con tecnología basada en la física clásica. El trabajo de los tres premiados demuestra que en la mecánica cuántica no hay nada misterioso ni incomprensible y que tal ciencia no debe aprenderse bebiendo en el misticismo que iguala el taoísmo con la física.


Con el Nobel de Química fueron premiados dos hombres (uno de los cuales lo había ganado en 2001) y una mujer. La científica está adscrita a la Universidad de Stanford, uno de los investigadores a la de Copenhague y el otro al Instituto de Investigación Scripps. Los tres trabajaron con el concepto de la química clic, que hace que procesos difíciles sean más fáciles y moléculas pequeñas se puedan ensamblar en otras más complejas de manera específica, rápida y eficiente, como en un juego Lego: las piezas moleculares parecen hacer clic cuando se combinan. Además, trasladaron esa idea para explorar la célula viva sin afectar su funcionamiento y hacer seguimiento a las reacciones bioquímicas, la llamada química bioortogonal. 

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Estas investigaciones permitirán crear de manera mucho más rápida materiales novedosos y diseñar fármacos para atacar células cancerosas de forma más precisa y controlada, garantizando que el medicamento vaya al objetivo deseado: una bala farmacológica de precisión molecular. Con seguridad esta forma de hacer química traerá nuevas maravillas en un futuro no muy lejano.

Mientras tanto, desde Colombia vemos atónitos cómo países donde sí se apoya la ciencia avanzan a pasos agigantados en la comprensión de los misterios de la materia y obtienen usos prácticos de ese conocimiento. Da ira saber que las élites que nos han mal gobernado, a pesar de tener un país con gente capaz, rico en recursos naturales, nunca tuvieron la voluntad de desarrollar la ciencia y la tecnología por estas tierras; que nuestros científicos tienen que mendigar presupuestos miserables que son cada vez menores; que los Tratados de Libre Comercio han arrasado sin misericordia el agro y la industria, y los dueños del mundo han determinado que no hay que hacer ciencia en Colombia, que eso lo hagan otros países, que nos dediquemos a exportar solo unos pocos recursos naturales y compremos a las metrópolis todo el resto de cosas que necesitamos para medio vivir: nos dejan la astrología, ellos se llevan la astronomía. 

Y la ira aumenta cuando millones de personas creyeron en el discurso del nuevo mesías que predicó a los cuatro vientos la llegada del gran cambio y lo aclamaron y aplaudieron a rabiar y finalmente lo auparon a la cúspide del poder. Pero una vez allí, como siempre, olvidó todo lo prometido, agachó la cabeza frente a la primera orden del poder imperial y siguió haciendo las mismas cosas que han hecho los mismos. Así, la ciencia en Colombia seguirá siendo una cenicienta. Pero los días de la ira darán paso a los días donde el sol brillará para todos y ciencia y tecnología podrán florecer en las condiciones de dignidad que siempre les negaron los gobiernos de ayer y también niega el de hoy, el del nuevo vendedor de humo. 

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