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Morir con dignidad: más allá de la eutanasia

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Eduardo Díaz Amado
Médico, filósofo y psicoanalista.

Con la reciente expedición de la Resolución 971 del 1 de julio de 2021, expedida por el Ministerio de Salud y Protección Social (MSPS), vuelve a estar sobre la mesa el tema de la eutanasia en Colombia. Ya hay voces que celebran dicha norma por cuanto establece, entre otros, lineamientos claros para que las solicitudes de este procedimiento no se terminen diluyendo en la burocracia del sistema de salud, aborda el tema de los documentos de voluntad anticipada y señala que todos los médicos son competentes para recibir dichas solicitudes. Les otorga a los pacientes, además, la posibilidad de pedir una segunda opinión y, en ciertos casos, dirigirse directamente al Comité Científico-Interdisciplinario encargado de verificar el cumplimiento de requisitos para el procedimiento.

Pero también se han levantado voces de rechazo ante esta resolución. Para ciertos grupos y personas la eutanasia nunca será éticamente aceptable, aunque en el campo jurídico se decidió otra cosa en Colombia. Recordemos que en 1997 la Corte Constitucional abrió el camino para que una persona, en condición de paciente terminal, y que estuviera bajo intenso dolor o sufrimiento, pudiera pedir a un tercero (un médico) la terminación de su vida (sentencia C-239).

El problema es que, por inoperancia del Congreso, durante todos estos años no se ha podido regular el tema, como lo solicitó la Corte en 1997, lo que se ha traducido en un vacío jurídico que ha terminado por afectar los derechos de los pacientes. Por esta razón, a través de diferentes fallos, la Corte ha llevado a que el MSPS emita resoluciones para establecer criterios claros que orienten la acción de los tres actores centrales en este tema: los pacientes y sus familiares o allegados, las entidades de salud (EPS e IPS) y los profesionales de la salud.

Así, la Resolución 1216 de 2015 definió qué es un enfermo terminal, reconoció la autonomía de los pacientes, estableció criterios para hacer la solicitud, creó los Comités Científico-Interdisciplinarios y reconoció el derecho a la objeción de conciencia. Luego, mediante la Resolución 004006 de 2016, se solicitó al MSPS que llevara un registro de los procedimientos realizados. Y mediante la Resolución 825 de 2018 se reglamentó “…el procedimiento para hacer efectivo el derecho a morir con dignidad de los niños, niñas y adolescentes”, una norma polémica pues extendió la posibilidad de la eutanasia a los menores de edad. Ahora, con la reciente Resolución 971 de 2021, algunos dicen que se abre la puerta para que pronto ni siquiera sea necesario el concepto de terminalidad a fin de proveer el servicio. La persistencia de la polémica está asegurada.

Sin embargo, más allá de los aciertos o desaciertos de nuestra legislación en este tema, quisiera resaltar dos asuntos. El primero es que en las sociedades plurales y multiculturales del mundo contemporáneo no hay una sola manera de entender la vida y la muerte. Los desacuerdos en virtud de diferentes concepciones filosóficas, religiosas y existenciales son la constante. Por esto las normas jurídicas deben dar espacio para la realización de los planes de vida que los ciudadanos se trazan de acuerdo con sus propias creencias, incluyendo cómo entienden el morir. Por supuesto, todo esto dentro de ciertos límites que se han de establecer por consenso y a través del debate público, y no simplemente por la fuerza. Se trata de uno de los mayores retos para el derecho y la política de hoy.

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El segundo, es que estamos ante un cambio de paradigma en la historia de la medicina y un replanteamiento de sus fines. Con su impresionante progreso, la medicina contemporánea llenó de esperanzas a la humanidad sobre la posibilidad de vencer a la enfermedad y la muerte. El conocimiento científico y la tecnología han sido sus dos armas más poderosas.  

Pero la sofisticación de la medicina no ha significado necesariamente mayor felicidad, comprensión de la vida o aceptación de la muerte. La medicina hace lo que puede, pero los atafagos de la sociedad moderna han convertido al ser humano en un ser angustiado, y las prácticas del mundo consumista (capitalista) dañan su salud. La medicina no puede cambiar nuestro estilo de vida (esta es una decisión ética y política). Sin embargo, sí puede contribuir a la disminución del sufrimiento y a una buena muerte. ¿Cómo? Es parte de la actual discusión en torno a la muerte digna y la eutanasia.

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Pero no se trata de medicalizar la muerte (como si esta solo fuera asunto de médicos), como tampoco de seguir permitiendo su deshumanización; esto solo ha significado un extra de dolor en medio de tanta sofisticación tecnológica. El morir solos en un hospital, presas de la tecnología y en manos de profesionales, que han terminado por actuar como máquinas, se ha convertido en una de las pesadillas del ser humano contemporáneo.

Quizás por eso el surgimiento de todos estos discursos sobre el morir dignamente y la eutanasia, que no son necesariamente lo mismo: morir dignamente es un concepto que depende de los valores de cada quien. Para algunos la eutanasia podrá ser un modo de morir dignamente, mientras que para otros puede significar lo contrario.

Parece necesario que recuperemos el sentido de morir, que es parte del sentido de vivir. No podemos permitir el ser enajenados de nuestro propio vivir y morir, sea por el consumismo, por la tecnología, o por la deshumanización que permea la práctica médica contemporánea. Tomar las riendas de la propia vida para darle sentido y responsabilizarnos de la forma como deseamos morir son dos de los más importantes retos del ser humano contemporáneo.  

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Eduardo Díaz Amado
Médico, filósofo y psicoanalista.

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