domingo, 4 de diciembre de 2022
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¿Por qué mientras China, Corea y Japón pudieron industrializarse, Colombia no?

En exclusiva, Más Colombia habló con el economista César Ferrari, Ph.D., quien explicó por qué América Latina, y específicamente Colombia, no ha logrado avanzar significativamente en su proceso de industrialización.

César Ferrari

César Ferrari, ciudadano italiano y peruano, nacido en Lima, es economista (Ph.D) y profesor titular del departamento de Economía de la Pontificia Universidad Javeriana desde hace 23 años. También es ingeniero civil. Fue Gerente General del Banco Central de Perú y Director Técnico de Planeación del Perú. En la actualidad, es coordinador del proyecto de investigación Por una Nueva Sociedad y Economía, una iniciativa en la que más de 30 investigadores —de diferentes facultades de la institución— se trazaron el objetivo de plantear propuestas concretas ante la realidad política, económica y social que vive el país. Se espera que el volumen esté listo a comienzos del 2023.

El relato que sigue fue contado por Ferrari a Más Colombia, a propósito de su artículo “Paradigmas y Políticas Económicas en el Este Asiático y Latinoamérica. Este artículo, publicado recientemente, hará parte del volumen final del proyecto de investigación. 

En materia económica, ¿en qué se diferencian China, Corea y Japón de Latinoamérica?

Cuando uno mira las realidades históricas del Este Asiático y las realidades latinoamericanas, uno queda sorprendido y apabullado. El caso japonés fue un poco distinto, pues, para 1960, ese país ya tenía un ingreso per cápita de 8.608 dólares. Me quiero referir, en cambio, a China y Corea del Sur. Según el Banco Mundial, mientras que en 1960 esos países asiáticos tenían ingresos per cápita reducidos, América Latina los tenía mucho mayores. A precios constantes en dólares del 2010, el ingreso per cápita de China era de 190 dólares, el de Corea del Sur era de 932 y el de América Latina era de 2 mil a 3 mil dólares. Sin embargo, hoy, luego de sesenta años, esos países nos han sobrepasado. 

En 2019, antes de la pandemia, en Colombia rondábamos los 7,8 mil dólares per cápita, los chinos estaban en 8,2 mil dólares, los coreanos en 28,6 mil dólares y los japoneses en 48,1 mil (a precios constantes del 2010). Es decir, en ese periodo, los chinos crecieron 42,9 veces, los coreanos 30,8 veces, los japoneses 5,7 veces y nosotros apenas 3,4 veces. 

Surge, entonces, la pregunta de qué pasó. ¿Por qué países como estos lograron ese desarrollo tan acelerado y nosotros hemos sido incapaces? ¿por qué nos quedamos en la mediocridad, al punto de que quienes manejan las políticas económicas siguen repitiendo que todo está muy bien cuando es evidente que no es así? 

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Para responder esas preguntas salen a la luz los paradigmas y las concepciones generales que los países asiáticos han implementado y que han sido muy distintos a los nuestros. Nombro los principales:

  • Individualismo. Cuando uno se detiene a analizar los países del Este Asiático que he mencionado, uno encuentra un sentido colectivo muy profundo basado en el confucianismo, mientras que en nuestros países este tipo de pensamiento no se promueve. Nuestro modelo es individualista y se hizo patente a partir de los años 80 y 90, cuando América Latina comenzó a imitar la nueva política de Thatcher (Reino Unido) y Reagan (EE. UU) y su modelo, que en América Latina se ha llamado neoliberal y en otras partes neoconservador. Este modelo nos ha llevado a diseñar una serie de instituciones y estrategias económicas que nos han condenado a una situación de postergación. 
  • Alto consumo y bajo capacidad de ahorro. Al revisar los niveles de consumo en relación con el PIB, vemos que mientras Latinoamérica ha venido aumentando el nivel de consumo, los países mencionados del Este Asiático lo han venido disminuyendo. Al comienzo de su proceso de desarrollo acelerado, estos países registraban de un 70% a un 90% de consumo, valores que, con el tiempo, fueron cayendo. En la actualidad, el nivel de consumo representa en China el 56% y en Corea del Sur el 65,7% del PIB. En cambio, en Latinoamérica hemos pasado de niveles de consumo bajos a niveles cada vez más altos. En Colombia estos llegaron al 83,8% del PIB en 2019, y al 87,7% en 2021. 
  • Bajo ahorro, baja inversión. La consecuencia de privilegiar el consumo en América Latina es que los niveles de ahorro —la diferencia entre el ingreso y el consumo— han venido disminuyendo. Y, cuando los niveles de ahorro son muy bajos, los niveles de inversión se vuelven muy pequeños. En el caso asiático ocurre al contrario: los niveles de ahorro son muy altos y, en consecuencia, los niveles de inversión son muy grandes. 
  • Poca inversión, poca producción y crecimiento. Al revisar las tasas de inversión del Este Asiático vemos que rondan el 40% del PIB, mientras que en América Latina representan solo el 20%. Esto es problemático para nuestros países porque las posibilidades de expansión de la capacidad de producción dependen del nivel de inversión. Si uno invierte mucho, expande mucho la capacidad de producción y, por lo tanto, puede producir mucho. En cambio, cuando hay poca inversión, la expansión de la capacidad de producción es reducida y la economía crece poco. Esto es lo que nos define como región: invertimos muy poco y crecemos muy poco, mientras que ellos invierten mucho y crecen mucho. 
  • Poca producción, poca competitividad. Hay algo importante y es que uno puede producir todo lo que quiera, pero si no tiene capacidad para vender eso que produce, debe dejar de producir. En este sentido, los países del Este de Asia nos llevan mucha ventaja porque sus producciones son muy competitivas. China ha logrado conquistar todos los mercados mundiales con sus productos. 

Por ejemplo, en 2014 desplazó a México como primer abastecedor mundial de las importaciones norteamericanas. A partir de ese año, China pasó a ser el primer abastecedor de las importaciones norteamericanas. Y uno se pregunta, ¿cómo puede ser que un país que está a más de 8000 km de distancia sea más competitivo que uno que está a justamente al lado? La respuesta es que se necesita tener una combinación de mucha inversión y mucho crecimiento, pero al mismo tiempo competitividad, para lograr vender todo lo que se produce. Esa combinación la han logrado los asiáticos, mientras que nosotros no.

  • Tasas de cambio inestables y altas tasas de interés. Uno de los principales aspectos de la competitividad es tener una estructura de precios adecuada. Los países del Este de Asia han logrado que su producción sea competitiva porque han logrado conseguir tasas de interés sumamente reducidas y tasas de cambio sumamente devaluadas, pero estables. En ese contexto, los salarios siempre han ido en aumento. En Latinoamérica, por el contrario, hemos tenido una secuencia de tasas de cambio revaluadas y tasas de interés muy elevadas, casi 4 o 5 veces más altas que las internacionales. 

Veamos qué hace el productor chino que exporta. Este goza de una buena tasa de cambio, lo cual lo vuelve rentable cambiariamente. También maneja un costo financiero bajo, lo que hace que sus costos totales sean muy reducidos. Como resultado, la diferencia entre sus precios y sus costos es muy alta, lo que incrementa su utilidad y hace que sea muy competitivo. 

En cambio, en Latinoamérica pasa todo lo contrario. Dejamos que el mercado defina la tasa de cambio y esa tasa se revalúa y se devalúa constantemente, lo que hace que sea poco atractiva. Sumado a lo anterior, los costos financieros son muy altos. Por lo tanto, la diferencia entre los precios y los costos para un productor colombiano es muy pequeña, lo que genera muy pocas utilidades y es señal de poca competitividad. Esto hace que no podamos vender casi nada más que materias primas. 

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Una tasa de cambio competitiva: el caso noruego y chino 

Hay dos maneras de lograr tasas de cambio estables y elevadas. Los chinos lo hicieron de una manera y los noruegos de otra. Los noruegos, por ejemplo, pasaron de ser un país de pescadores y uno de los más atrasados, a ser el país más rico de Europa al cabo de unas décadas. ¿Cómo lo hicieron? Cuando descubrieron gas y petróleo en el mar del Norte, se llenaron de dólares. Esos dólares significaron una oferta muy grande en el mercado cambiario y la tasa de cambio comenzó a revaluarse. Esa revaluación cambiaria, a su vez, volvió inviables todos los sectores que no eran gas y petróleo del mar del Norte. 

Entonces, ¿qué hicieron los noruegos? cogieron todos los dólares que le correspondían al Estado por impuestos o regalías y los sacaron del mercado cambiario. Es decir, redujeron la oferta de dólares en el mercado cambiario y evitaron, así, la revaluación cambiaria. Esos dólares, que eran propiedad del gobierno, los pusieron en un fondo que se llamaba Fondo Petrolero y que ahora se llama Fondo de Pensiones. Ese es el fondo soberano más grande del mundo, con 1,5 millón de millones de dólares en activos, y fue producto de reducir la oferta de dólares en el mercado cambiario para conseguir una tasa de cambio más elevada y estable.

En el caso de China, hicieron lo contrario. Es decir, no redujeron la oferta de dólares, como en Noruega, sino que aumentaron la demanda de dólares. El Banco Central chino salió a comprar dólares y aumentó la demanda de dólares en el mercado. Al hacerlo, acabó teniendo una tasa de cambio mucho más elevada. En reservas internacionales los chinos tienen en este momento 3,3 millones de millones de dólares, y uno se pregunta ¿cómo hicieron semejante expansión de las reservas internacionales? Pues bien, expandieron su masa monetaria y la cantidad de dinero en la economía creció enormemente. 

Uno mira las cifras y es impresionante. Para 1980, según el Banco Mundial, el nivel de los medios de pago con respecto al PIB —lo que llaman el M2, indicador que refleja la cantidad de dinero en la economía— de China y Colombia era muy parecido: en China estaba en 36,4% del PIB y en Colombia en 28,8%. Sin embargo, en el 2020, los medios de pago en Colombia habían aumentado al 58% del PIB, mientras que en China representaban el 211,4%. 

Esto significa que los chinos tuvieron una expansión monetaria gigantesca para poder comprar dólares en el mercado cambiario y, de esa manera, mantener una tasa de cambio elevada y estable que los volviera muy competitivos. Por eso pueden vender de todo. Y, como si fuera poco, en todos los años del periodo lograron tener una menor tasa de inflación anual y tasas de interés más bajas. En este último frente, los chinos lograron que los bancos públicos mantuvieran tasas de interés muy bajas para hacer competitivas a sus empresas. 

El caso colombiano es opuesto. Cada vez que el Banco de la República de Colombia se ha puesto a comprar dólares en el mercado —lo ha hecho durante varios años—, ha generado pérdidas cambiarias. La razón de esto es que, si uno tiene en el mercado cambiario un excedente a una determinada tasa de cambio, digamos 40 millones de dólares, y el Banco de la República solo decide comprar 20 millones, la tasa de cambio se sigue revaluando porque quedan 20 millones sobrando. En cambio, los chinos compran todo y mantienen estable la tasa de cambio que ellos quieren. Esto no pasa en Colombia porque al Banco de la República no le interesa comprar todo sin dejar excedente, pues tiene el prejuicio de que toda expansión monetaria es inflacionaria. 

Por otro lado, en Colombia los mercados de crédito en general funcionan en “competencia monopolística” y los mercados de crédito inmobiliario y de consumo funcionan de forma monopólica o colusiva. Lo afirma el propio Banco de la República en sus estudios sobre competencia y concentración en la banca colombiana. Es que los mercados de crédito en Colombia son sumamente ineficientes y por eso sus tasas de interés son mucho más altas que las tasas de interés internacionales. 

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Colombia: un capitalismo de compadres 

El problema es que a lo largo de los años en Colombia se ha ido creando un “capitalismo de compadres”, lo que llaman en inglés crony capitalism. Este tipo de capitalismo, que ha sido estudiado desde el siglo pasado, se justifica en la idea de “una economía de mercado”, pero está repleto de monopolios u oligopolios. Con ello, acaban desprestigiando la economía de mercado y, de paso, al capitalismo. 

En esa situación, la mayor parte de los mercados más importantes funciona exactamente al contrario de lo que debería ser en una economía de mercado competitiva, moderna y que produce bienestar a la población. La estructura de los mercados colombianos más importantes es de monopolios u oligopolios y el problema fundamental es que estos controlan sectores claves, como es el caso de los mercados de crédito. En el caso de los agricultores es peor: el 94% de las ventas de fertilizantes se concentra en seis empresas.

Entonces, quienes manejan las políticas económicas en Colombia han persistido durante décadas haciendo lo mismo y quieren seguir haciendo lo mismo. A mi juicio, esto es el producto de una mezcla de ignorancia, arrogancia, intereses e ideología. 

Barreras a la innovación tecnológica e industrial en Colombia

Otro aspecto clave es el nivel de inversión en ciencia y tecnología, que ha permitido que las economías de los países asiáticos sigan estando vigentes y no salgan del mercado.

En Colombia la inversión en este campo en 2018 fue del 0,24% del PIB, mientras que en el Este Asiático fue del 3% al 4% del PIB. Eso quiere decir que nosotros invertimos unas 20 veces menos en innovación e investigación, en términos del tamaño de la economía. Además, el sector privado, que es una buena opción para financiar este sector porque tiene capacidad financiera, no lo puede hacer en un país como Colombia, porque la gran mayoría —el 97%— son micro y pequeñas empresas que no tienen capacidad financiera. Se necesita a las grandes empresas. Y si las grandes no invierten, no pueden ser competitivas y salen del mercado rápidamente. 

Por eso una empresa que producía celulares, como Blackberry, salió del mercado. Su producto ya no tenía valor diferencial porque no siguió innovando, mientras que  otras empresas sí. Si uno indaga cuántas empresas de estas innovadoras hay en América Latina, llega a la conclusión de que no hay ninguna. Finlandia tiene una empresa que produce los celulares Nokia e invierte en teléfonos cada vez más inteligentes. Corea del Sur tiene a Samsung; China tiene a Huawei, y los estadounidenses tienen el Iphone.

Colombia lo único que tiene es una empresa grande que produce petróleo y que se llama Ecopetrol. Entonces, desde el sector privado no hay la capacidad financiera ni la motivación de seguir innovando para seguir en el mercado. 

Por otro lado, según la OCDE, el recaudo público total en impuestos representa en Colombia el 19,7% del PIB, lo que es muy bajo, mientras que el promedio en los demás países de la OCDE es del 33,8%. Por eso no alcanza para atender bien la educación, la salud, las pensiones y la infraestructura, y menos aún alcanza para la investigación y la innovación. Este porcentaje es tan bajo por la sencilla razón de que la población más rica del país no quiere pagar más impuestos y quiere seguir cargando esta responsabilidad sobre las clases medias y populares. 

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En Dinamarca, por ejemplo, que es un país desarrollado y con un Estado de bienestar floreciente, la recaudación de impuestos a la renta de las personas naturales representa el 52,2% de los ingresos tributarios totales, mientras que la recaudación de las empresas representa el 6,6% de los ingresos totales. En Colombia es exactamente al revés. La recaudación de las personas naturales es del 6,2% y la recaudación de las empresas del 24,5%. 

Esto se debe a que los dueños de las empresas prefieren que les carguen los impuestos a sus empresas y no a ellos mismos, porque si les cargan a las empresas pueden conseguir alguna deducción. Yo creo que las empresas deben pagar pocos impuestos, pero los dueños deben tributar mucho más y deben tener unas tasas altas y progresivas, como ocurre en Europa o en Canadá. Mientras los impuestos que provienen del IVA y del consumo representan el 30,6% del total de recaudación en Dinamarca, acá en Cundinamarca representan casi el 42,9% del recaudo total. 

Sin embargo, si ellos pudieron, ¿por qué Colombia no?

En 1979, Deng Xiaoping en China sacó del poder a la “Banda de los Cuatro”, —quienes habían heredado el poder tras la muerte de Mao — y emprendió la construcción de una economía de mercado sobre las ruinas de una economía centralmente planificada al estilo soviético, con lo que desarrolló las manufacturas y se convirtió en la fábrica del mundo, estableciendo un exitoso nuevo modelo económico. 

En 1953, cuando Corea del Sur salió de la guerra civil, pretendió desarrollar un modelo tradicional de sustitución de importaciones y rápidamente se dio cuenta de que no tenía cómo financiarlo porque no tenía recursos naturales. Entonces, cambió el modelo, promovió las exportaciones de manufacturas y se convirtió, al cabo de pocas décadas, en un país desarrollado. 

En esos momentos, en ambos países —China y Corea del Sur— la gente se moría de hambre y estaba por gestarse una revolución interna. 

Si uno mira a Japón, estaba en cenizas hasta los años 50, cuando cambió su modelo militarista, se volcó a las manufacturas civiles y se convirtió en una potencia y en una economía desarrollada. Ahora está estancado, pero por otras razones. Lo que me interesa subrayar es que en algún momento se produjo un cambio. Hoy, el sector de las manufacturas en estos países representa más de la tercera parte de su economía.

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En 1970, el sector manufacturero colombiano llegó a representar el 20,6% del PIB, y en 2019 representaba tan solo el 10,6%. La agricultura representaba el 25% y hoy no alcanza el 7%. En cambio, minería, construcción, agua, gas y electricidad, que en 1970 representaban 6,7%, en 2019 representaban el 24,7% del PIB. El problema fundamental es que estos últimos sectores son intensivos en capital y, por lo tanto, contratan poca mano de obra; la minería, por ejemplo, solo contrata al 0.9% del total de los ocupados del país. 

Como consecuencia de esa estructura productiva, gran parte de los colombianos se encuentran desempleados y, como muchos de ellos no se quieren morir de hambre por falta de ingreso, acaban creando su propio puesto de trabajo y vendiendo chocolates en las esquinas. Ese es el origen de la pobreza, de la informalidad y de la concentración del ingreso. 

Según el DANE, en el año 2020 los pobres en Colombia representaban el 42,5% de la población, y los vulnerables, aquellos que ante cualquier evento desfavorable vuelven a la pobreza, representaban el 30,4%. En 2019, representaban 35,7% y 32%, respectivamente. Es decir, los pobres y los vulnerables,  representaban el 72,9% de la población en medio de la pandemia, y antes de la pandemia el 67,7%. 

Esto lo que quiere decir es que la pandemia aumentó el número de pobres y vulnerables en solo 5,2 puntos porcentuales, lo que representa hoy alrededor de 2,57 millones de personas en estas condiciones, sobre un total de 49,4 millones de habitantes del país. Sin duda, el problema venía de antes. 

Colombia puede cambiar de rumbo

Creo que estamos en un momento en el que el cambio va a tener que producirse, entre otras cosas porque los principales productos de exportación de este país —hidrocarburos pesados y carbones términos—, van a desaparecer junto a sus demandas. Esto se debe a que, con el cambio climático y la creación de una matriz energética limpia, esas materias primas ya no van a tener lugar. Entonces, si no encontramos otro tipo de productos de exportación, va a darse una situación de balanza de pagos muy complicada. 

Debemos volcarnos a lo que sabemos hacer, y lo más cercano es la agricultura y la agroindustria. Debemos también desarrollar otro tipo de manufacturas, la transformación de los recursos naturales, el turismo y las economías digitales. Lo ideal es que el país desarrolle sus ventajas comparativas haciéndolas competitivas. Pero para eso hay que hacer que la estructura de precios y rentabilidades cambie a favor de ellas, de manera que las inversiones se dirijan a ellas desde ya. Construir una nueva economía no es fácil, toma tiempo y recursos.

El asunto está en que, o aceptamos que la transición energética va a llegar y nos preparamos, o nos enfrentamos a la situación cuando sea demasiado tarde y no haya nada qué hacer. Los precios de los hidrocarburos y el gas pueden estar elevados ahora, pero eso es consecuencia de la recuperación de la economía mundial al salir de la pandemia y, ahora, por la desafortunada invasión rusa de Ucrania; pero esas circunstancias no van a durar. 

La transición energética se va a producir de manera exponencial; ya lo vemos con la venta de carros eléctricos y la curva descendente de los precios de las baterías. Si no invertimos en una nueva estructura económica desde ya, el golpe va a ser terrible.  

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