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jueves, 13 de junio de 2024
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Un día en la historia de la ciencia

Guillermo Guevara Pardo, Columnista, Guillermo Guevara

Guillermo Guevara Pardo

Licenciado en Ciencias de la Educación (especialidad biología) de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, odontólogo de la Universidad Nacional de Colombia y divulgador científico.

El 14 de marzo es una fecha especial en la historia de la ciencia. En 2018 de ese día, murió el físico teórico Stephen Hawking cuyo trabajo, entre otros logros, contribuyó a entender la física de los inquietantes agujeros negros; la UNESCO, en 2019, lo proclamó como el Día Internacional de las Matemáticas, el lenguaje con el que el universo revela sus secretos; un 14 de marzo de 1879 nació en Ulm (Alemania) el icono científico del siglo XX, Albert Einstein.

Desde Charles Darwin no se producía en el campo de la ciencia una conmoción como la que causó la publicación de las teorías especial (1905) y general de la relatividad (1916), que permitieron comprender con mayor profundidad la estructura del cosmos. El científico alemán también participó en el establecimiento de la mecánica cuántica, ciencia que explica la danza de los componentes más pequeños de la materia.


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Científicos en todo el mundo intentan la unificación total de la relatividad con la mecánica cuántica. Las dos teorías son los pilares de la física moderna y el dominio de sus aplicaciones tecnológicas indica, entre otras cosas, el grado de desarrollo de un país.

En los años 1665 y 1666 Isaac Newton estableció lo que hoy se conoce como la mecánica clásica. La física newtoniana significó un enorme salto cualitativo en la comprensión del movimiento de los cuerpos celestes y terrestres. 

En el esquema de Newton, el universo está formado por partículas que se atraen y se rechazan gracias a fuerzas que actúan a distancia: una manzana cae al suelo porque la Tierra ejerce una fuerza de atracción mayor sobre la fruta, que la que esta hace sobre el planeta. Todo en el cosmos se mueve respecto a un espacio y tiempo absolutos.

En épocas de sir Isaac la luz, el calor y el magnetismo apenas empezaban a estudiarse. Cuando en el siglo XIX se estableció con certeza que tales fenómenos eran de naturaleza ondulatoria, se postuló la existencia de un medio material capaz de ondular; fue así como se volvió al concepto del éter, una especie de fluido imponderable y elástico. La vieja noción del éter se reintrodujo para sustentar la interpretación mecanicista de los fenómenos lumínicos, calóricos y electromagnéticos.

Los científicos intentaron probar la existencia del éter y medir sus propiedades, pero los resultados experimentales mostraban todo lo contrario: el éter resultó ser solo una ilusión, como lo era también el carácter absoluto del tiempo y el espacio. 


La contradicción entre teoría y experimento se hacía cada vez más insoluble a pesar de los continuos esfuerzos teóricos por mantener tal entidad, contradicción que está en la base de la crisis por la que atravesó la física a finales del siglo XIX y principios del XX.

Los científicos se vieron obligados a abandonar la venerada idea del éter y empezaron a militar en la interpretación relativista del mundo. Einstein retrató de manera precisa ese momento histórico cuando señaló que “la mecánica como base de la física se fue abandonando casi imperceptiblemente debido a que su posibilidad de adaptarse a los hechos se presentó finalmente como una empresa sin esperanzas”

La revolución que causó la teoría de la relatividad impactó también al pensamiento filosófico. En la primera veintena del siglo pasado los defensores de la metafísica salieron a batir campanas proclamando, otra vez, la muerte de la interpretación materialista del mundo. 

Sostenían que el rechazo del concepto newtoniano de espacio y tiempo absolutos, y su sustitución por el espacio-tiempo einsteniano, marcaba el final ineludible del materialismo. 

En Nature de octubre de 1921 Herbert Wildon Carr, profesor de filosofía del King’s College de Londres, escribía: “la mente es una condición a priori de la posibilidad de los sistemas espacio-tiempo; sin ella no solo pierden su significado, sino también todo fundamento de existencia”.

Desde la orilla opuesta, Hugh Elliot, en la misma revista del mismo año, respondía: “El profesor Wildon Carr es de la opinión que la mente puede existir y existe independientemente de la materia, y tiene la impresión de que esta opinión viene justificada por el principio de la relatividad”

Como en la teoría de Einstein el estado de movimiento del observador juega un papel central, la concepción metafísica supone entonces que “la existencia de una mente observadora tiene que ser anterior a la existencia del espacio y el tiempo”


Elliot finaliza la defensa del pensamiento materialista apuntando que “la validez del principio de la relatividad en sí no depende de la existencia de una mente que pueda dar fe de él. El profesor Carr exhibe esa incurable confusión entre conceptos y objetos que es común a todos los que piensan que la metafísica es un método que rivaliza con la ciencia a la hora de obtener nuevos conocimientos”.