sábado, 24 de septiembre de 2022
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Y a todas estas, ¿qué es el dinero?

David Suárez, Columnista

David Suárez

El dinero, por sí solo, no da la infelicidad”

Tomado de ¡Siempre el Dinero! Una novelita sobre Economía.
Hans Magnus Enzensberger. Editorial Anagrama.  

Por estos días en los que no paran las noticias, a propósito de la inflación que no cede y de las perspectivas complicadas para la economía mundial, vale la pena bajarse un poco del tren bala de los acontecimientos y reflexionar, así sea brevemente, sobre el núcleo fundamental alrededor del que estos acontecimientos gravitan y que tiende a pasar desapercibido. Se trata del dinero. 



Uno tiende a pensar que el dinero aparece por arte de magia: que sale del cajero automático o de la cuenta donde le pagan por su trabajo; que el Banco Central se lo inventó o que algún ser humano perdido en las tinieblas del tiempo se levantó un día y vio súbitamente las ventajas del dinero frente al trueque y al intercambio desinteresado de mercancías luego de haber interpretado un sueño.

Aunque la última hipótesis no es del todo imposible, en realidad ni antropólogos, ni sociólogos ni economistas se han puesto de acuerdo en una explicación unificada de cómo es que terminó la humanidad inventando el dinero. Se cree que está íntimamente relacionado con la domesticación de los animales y la agricultura, y se piensa que es un fenómeno emergente, como los descritos por el físico Philip Warren Anderson, asociado a la interacción entre extraños que buscaban intercambiar lo que les sobraba por lo que les faltaba: en función de la facilidad y la comodidad de su intercambio, de la dificultad de llevar a cabo intercambios directos y de la expansión de redes para realizar intercambios indirectos, en muchas partes del mundo los seres humanos comenzaron a utilizar ciertas mercancías que, aparte de tener valor por sí mismas, servían como medios para conectar las diferentes necesidades de los individuos: tal es el caso de las caracolas en África y la Antigua China, los Shekels en Mesopotamia y las primeras monedas de oro y plata en Lidia (actual Turquía).  

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Eventualmente, estas mercancías serían sustituidas en China por papeles que garantizaban a su poseedor la posibilidad de redimir cierta cantidad de dichas mercancías en sitios especializados, algo así como “protobancos”, lo cual facilitaba el transporte de grandes cantidades de dinero más fácilmente y permitía aumentar el volumen de las transacciones (y, de paso, decorar con cantidades inimaginables de metal precioso los palacios imperiales del Gran Khan, como lo narra John Mandeville cuando habla del reino de Catay). 

La historia, a partir de este punto, es conocida: tanto en Oriente como en Occidente los gobiernos tarde o temprano se dan cuenta de las ventajas del sistema y buscan el monopolio de emisión de estos papeles, que a la larga son préstamos a una tasa interés de cero, para beneficiarse de las ganancias asociadas a esta alquimia: si bien el dinero es un fenómeno emergente, probablemente los Bancos Centrales no lo sean. 

En la actualidad, los billetes no son respaldados por ninguna mercancía, su uso como medio de intercambio se da por ley y su circulación se fundamenta únicamente en la confianza y en el sentido de futuro de los que lo usan (si le dieran un millón de dólares hoy, pero le dijeran que se va a morir justo después de la entrega, los billetes que le darían valdrían mucho menos que un millón de dólares). 

Con todo esto en la cabeza, hay que reconocer que, desde hace tiempo, la búsqueda del dinero ha significado para la humanidad una seducción constante y un desafío a su moralidad. Plutarco nos cuenta que Licurgo, el mítico legislador espartano, llegó a castigar con la muerte la posesión de oro y de plata, al considerarla como la raíz de todos los vicios, y permitió solo el uso de monedas de hierro (para transportar unas pocas se necesitaba un carro) o el intercambio directo para adquirir mercancías. Por otra parte, faltarían unos cuantos siglos para que la visión que fundamenta la acumulación frenética de nuestra época fuera legitimada: la agenda de los egoístas que no tienen un conocimiento más allá de sí mismos se justificaría como virtuosa en aras del bien social, a partir de las metáforas teleológicas de Adam Smith y de la menos conocida, aunque no menos importante, fábula abejil de Bernard Mandeville (este sí de verdad, no como John).

Adenda 1. Después de este repaso exprés de historia, en una próxima entrega hablaremos un poco de lo que significa la inflación y de cómo se explica a partir de la oferta y la demanda de dinero.

Adenda 2. La solución al problema de ajedrez propuesto en la columna anterior pasa por darse cuenta de que la reina negra no está en el lugar que le correspondería si se hubieran organizado las piezas según la posición usual de salida: la reina debe estar, al principio de toda partida oficial, en una casilla idéntica a su color.

Acá la reina negra está en una casilla blanca, lo que significa que ya se debió haber movido. Esto implica que el rey negro ya se debió haber movido, y que a su vez algunos peones han debido moverse. Como los peones solo pueden moverse hacia adelante, los peones negros alcanzaron la posición que se muestra moviéndose de abajo hacia arriba, por lo que el jugador negro solo puede mover los caballos y el jugador blanco tiene mucha más ventaja en la partida de lo que a primera vista parece. 

El blanco puede ganar en cuatro movimientos si juega de forma racional con su caballo: primero si salta al frente de su reina, luego al frente de su rey y finalmente a cualquier lado del rey negro para hacer jaque mate. Obsérvese que, si el blanco no es racional y le da por boludear en el tablero de juego, el negro puede promover a un peón a reina y acabar con el blanco: esto no es una posibilidad, ya que en los problemas de ajedrez se supone por regla general que los jugadores son racionales…   

Lea aquí la columna anterior sobre el ajedrez: De escaques y fantasía