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miércoles, 22 de abril de 2026
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La vida real

Victoria E. González M., Columnista, Más Colombia

Victoria E. González M.

Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.

En las últimas semanas, debido a mi postulación a un alto cargo académico, tuve que asistir a dos debates para defender mis propuestas e ideas acerca de cómo debe funcionar una facultad de comunicación. Consciente de lo importante que es sacar enseñanzas de todos los procesos en los que una participa, tomé nota atenta de las ideas de mis competidoras. De todos los planteamientos expresados me llamó poderosamente la atención la insistencia por parte de una de ellas en conducir a los jóvenes estudiantes a “la vida real” de los medios y las organizaciones como principal objetivo de su formación.

Esta afirmación me hace reflexionar acerca de cómo se ha instalado entre la gente del común la idea de que la academia es una burbuja en la cual, quienes hacemos parte de ella, no tenemos idea alguna de qué sucede fuera. 


Si creyera esta afirmación, que en realidad es fundamentalmente un prejuicio, tendría que imaginarme a mí misma y a mis colegas docentes como personas que se adentran a diario en una especie de sueño recurrente plagado de situaciones absurdas que pueden modificarse a gusto en cualquier momento, si se considera que son incómodas o adversas, en compañía de un grupo de jóvenes que están en las mismas circunstancias, eso, obviamente, mientras la “vida real” corre afuera. Ahora bien, si esto es así, si en las aulas se reciben tan solo un puñado de elementos irreales y deshilvanados ¿Cómo hacen esos jóvenes cuando se gradúan para enfrentar el mundo laboral? ¿Cómo logran conectarse y dar ese salto cuántico que requiere la vida profesional? ¿Se trata acaso de una situación mágica o inexplicable?

Promover y difundir la idea de una academia aislada del mundo es algo muy nocivo para una sociedad. Tan nocivo como crear una distancia perniciosa entre el pensar y el hacer. Es negar el papel fundamental de esa academia como un espacio de aprendizaje, de reflexión, de análisis, de conocer y entender los contextos, de  formular preguntas y obtener respuestas reales acerca de problemas reales. En el caso particular de la comunicación social-periodismo, la academia es justamente el escenario que permite comprender que los comunicadores tenemos la obligación con la sociedad de ser mucho más que hacedores de productos o innovadores de formatos. Que “la vida real” necesita, antes que reproductores de discursos y fabricantes de mensajes, personas que conozcan las causas, las circunstancias y las consecuencias de todo lo que se informa. Que en las aulas se puede aprender claramente la diferencia entre un hecho aislado y un fenómeno y, que, finalmente, quienes tenemos el compromiso de contribuir a la formación de los y las jóvenes, vivimos en un mundo real y aportamos a la sociedad desde nuestras cátedras, nuestras investigaciones, nuestros saberes  y nuestras reflexiones.