¿A quién no lo desvela el comercio internacional?
David Suárez
Hay ciertos días en los que nos despertamos con inquietudes que, como decía David Foster Wallace, es mejor apartar pronto para evitar colapsos nerviosos o paradojas sin solución. La naturaleza de estas preguntas no está restringida en absoluto: pueden estar relacionadas con una inquietud existencial profunda, con preocupaciones mundanas asociadas al día que comienza o con un tema específico que nunca pensábamos considerar. Sus causas inmediatas son por lo demás diversas: pueden nacer de algún sueño confuso que tuvimos en la víspera, de cierta pareidolia en el techo de nuestra habitación (que nos hace ver caras y asociaciones familiares donde solo hay texturas) o de una idea que se cuela por azar en el estado hipnopómpico que precede todas las mañanas a la vigilia.
Desde la semana pasada, a raíz de la divulgación de las cifras de exportaciones colombianas para el mes de mayo, han sido pocas las mañanas (una) en las que no me despierto pensando en el comercio internacional del país. Aunque he intentado poner en práctica la recomendación del malogrado escritor norteamericano, más por cuestión de prioridades que por miedo a la locura, la insistencia de las inquietudes ha sido más fuerte que mi voluntad por esquivarlas, y creo que la manera más adecuada de exorcizarlas es a través de la escritura.
En mayo de 2021, Colombia le vendió al resto del mundo $452,7 millones de dólares FOB en bienes. Para el que no esté familiarizado con las cláusulas del comercio internacional, el término FOB (free on board, o libre a bordo) hace referencia a que el valor de las mercancías se calcula al momento del embarque en el país exportador, específicamente una vez el vendedor lo pone en el buque que lo llevará hasta el comprador. Acá ya hay dos cosas que uno puede deducir: la gran mayoría de las exportaciones colombianas se hacen por vía marítima, y la valoración que el DANE reporta no incluye el valor de seguros o costos adicionales para que la mercancía llegue a su destino. Nos dice el DANE que este valor representó un incremento del 47% con relación al mismo mes de 2021, y que este crecimiento fue jalonado por el crecimiento particular de las exportaciones de combustibles y productos de las industrias extractivas: el crecimiento de este rubro fue del 49% y representó un 52% del valor total exportado.
Lo que puede en apariencia ser una buena noticia, se matiza cuando revisamos con más detalle lo que le vendemos al resto del mundo y lo que le compramos. Por lo general, la mayor parte de las exportaciones en la categoría de combustibles y productos de las industrias extractivas corresponde a petróleo crudo y carbón: en la última década, el valor de las ventas externas de estos dos productos ha representado entre el 30% y el 50% del valor total de las ventas externas que hace el país, lo que contrasta con la tendencia de descarbonización mundial (al menos de dientes para afuera) y con el nivel de nuestras reservas probadas de crudo: al ritmo de explotación actual, y con los precios vigentes, tendríamos petróleo para entre seis y ocho años más, en ausencia de nuevos respiradores artificiales que incrementen marginalmente nuestro horizonte de autosuficiencia.
Colombia además importa más de lo que exporta. Para el mes de abril de 2022, el valor de los bienes que le compramos al resto del mundo ascendió a $6393,1 millones de dólares, de los cuales un 72% está asociado a manufacturas (principalmente vehículos, equipos de telecomunicaciones y productos farmacéuticos), un 15% a productos agrícolas (cereales, en especial maíz y soya para la avicultura) y un 12% a combustibles, en su mayoría petróleo refinado. El monto de las importaciones se reporta en precios CIF, otra convención probablemente desconocida para el lego en estos temas: cuando se pacta una negociación con precios CIF (Cost, Insurance and Freight, o costo, seguro y flete) el vendedor se compromete a poner en el puerto de destino la mercancía y a cubrir en esencia los gastos relacionados con el transporte. Nuevamente, podemos concluir que las importaciones se hacen en su mayoría por vía marítima y que los valores reportados por el DANE son los valores en la aduana colombiana (valorar las exportaciones a precios FOB y las importaciones a precios CIF no es otra cosa que, para efectos prácticos, calcular los precios de los bienes en el territorio colombiano. No obstante, de acuerdo con el Manual de Balanza de Pagos del FMI, las importaciones deben valorarse a precios FOB, para que se reflejen mejor los acuerdos en las transacciones internacionales y hacer más preciso el cálculo de la balanza comercial, la diferencia entre exportaciones e importaciones).
Descubrir que nuestras exportaciones son poco diversificadas, que nuestras importaciones son sofisticadas, que nuestra balanza comercial es deficitaria y que en la última década se ha reducido sostenidamente el número de socios comerciales a los que les vendemos productos (entiendo por socio comercial un país al que le vendemos al menos un maní: en 2009 teníamos 199 socios comerciales; hoy tenemos 171) pareciera como descubrir nuevamente que el agua moja o que es importante para la navegación; no obstante, estos hechos arrastran bajo la superficie algunos riesgos que muchas veces pasan desapercibidos, y que son el pretexto para nuevas preguntas matutinas: ¿De dónde sale la plata para satisfacer el exceso de demanda que no satisface la oferta nacional? ¿Es sostenible que gran parte de nuestros ingresos salga de explotar un recurso relativamente escaso en nuestro territorio, y a contracorriente de las tendencias mundiales de producción? ¿Cómo se relaciona esta dinámica con la inflación actual y con el valor de las divisas? ¿Qué opciones de política tenemos ante este estado de cosas? ¿Qué decisiones de política (si las hay) nos condujeron a este estado de cosas?
Puede que acepte el consejo del autor de Esto es agua, en cuyo caso archivaré estas preocupaciones y me entregaré a mis labores cotidianas. Si continúo ignorándolo, probablemente verá mi foto más seguido por este medio, y le hablaré de la trilogía imposible, del déficit en cuenta corriente, de las paradas súbitas en los flujos de capital, de la deuda, de la identidad macroeconómica fundamental y, quién quita, de la triste historia del oro negro en Colombia.