jueves, 23 de abril de 2026
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Bogotá en decadencia

Juan Pablo Fernández, Columnista, Más Colombia

Juan Pablo Fernández

Economista. Analista económico, de políticas públicas y problemáticas sociales. Twitter: @FernandezMJP

La capital del país lleva más de una década de declive económico. Entre 2013 y 2022, el ingreso por habitante en dólares pasó de 13.129 a 10.661, un 19% menos. Más de 400 mil personas de forma permanente están desempleadas, valor que, expresado en tasa, es el doble del de ciudades como Nueva York, Buenos Aires, París y Londres, urbes que cuentan con una población con las mismas capacidades físicas e intelectuales que nosotros, pero que tienen ingresos por habitante muy superiores a los de aquí. 

En esas ciudades los índices de pobreza y de desigualdad son menores, la capacidad de gasto del estado a nivel territorial es mayor y servicios como el transporte público de pasajeros ‒donde son fundamentales para movilizar a la población‒ se mantienen bajo el control estatal.

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Con un Gini de 0,549, Bogotá es la capital nacional de la desigualdad. Aquí una persona que hace parte del 10% de la población de menores ingresos gasta al mes en alimentación, vivienda, transporte y servicios $124.500 ($4.150 al día), mientras que otra persona del 1% con mayores ingresos en esos mismos frentes destina al mes $24.512.500 ($817.083 al día). La diferencia entre uno y otro es de 19.589%. 

Ese uno por ciento de mayores ingresos captura el 11% de los ingresos laborales de la ciudad, mientras el 1% más pobre se queda con 0,02%, una distancia de 665 veces. (EMB 2021 y GEIH-DANE 2022).

2,2 millones de capitalinos viven en la pobreza ‒12 de cada cien colombianos en esa situación están en Bogotá‒, 2,4 millones de personas hacen menos de tres comidas al día, y los pobres más los vulnerables suman 4,8 millones. 

La gran mayoría de quienes enfrentan los dolores de cabeza de la pobreza viven en Ciudad Bolívar, Bosa, San Cristóbal, Usme, Kennedy y Suba, e incluso habitan zonas de Teusaquillo, Usaquén y Chapinero. Está es una ciudad que segrega muy duro a su población.

La desigualdad y la segregación también se expresan en el acceso a la tecnología, la cultura y la educación. La infraestructura TIC predomina en Chapinero, Teusaquillo y algunas zonas de Suba, mientras en otras partes las estaciones, la banda ancha y las antenas son limitadas. Con razón la ciudad ocupa el puesto 129 entre 141 en el ranking global de ciudades inteligentes. 

La infraestructura cultural y patrimonial se concentra geográficamente en el borde oriental del norte, mientras las ofertas culturales en las zonas populosas son menores y a muchas no se les reconoce debidamente en los instrumentos de ordenamiento territorial, es decir, no se les da un lugar en los mapas y planes. 

Y la diferencia de años de escolaridad entre un habitante de Usme o Ciudad Bolívar frente a uno de Chapinero y Teusaquillo es de alrededor del doble en contra del primero ‒8 versus 16 años‒ (Misión de Educadores y Sabiduría Ciudadana, 2021).

Los habitantes de la capital, salvo unos pocos, padecemos el modelo de transferencia de rentas desde la base social hacia conglomerados económicos (muchos extranjeros) que convirtieron al poder monopólico en fuente de acumulación. 

Así es en el caso del sistema Transmilenio (troncales más zonales) donde cuatro grupos económicos controlan la caja y las ganancias sostenidas por el gasto privado (pasajes) y el gasto público (Distrital y Nacional), cuando esa actividad debería ser de operación estatal, como sucede en los países desarrollados, incluyendo a Estados Unidos.

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El proceso de apropiación de rentas públicas y privadas se ha derivado de unos contratos de concesión que de forma permanente les generan réditos (incluso en medio de lo peor de la Pandemia) a intermediarios privados, contratos que deberían revisarse como paso previo a su renegociación, como lo ha solicitado reiteradamente el concejal Manuel Sarmiento. Esos contratos una vez terminen no tienen por qué extenderse.

Ese modelo de operación privatizada se está reproduciendo en las líneas uno (en construcción) y dos (con pliegos) del metro. Esas formas de operación también se aplicaron en los servicios públicos de electricidad y de aseo y disposición final de residuos (en este último ha habido tragedias medioambientales y sanitarias). Se está llevando a la construcción de infraestructura hospitalaria (Bosa y Engativá) y en la educación se mantiene vivas a través de la figura de los colegios en concesión.

También se expresa el declive en los niveles de inseguridad, cuyos indicadores tuvieron un salto de calidad en la última década. Entre 2010 y 2022, los hurtos pasaron de 16.600 a 137.000, los casos de violencia intrafamiliar de 3.865 a 45.000, y las lesiones personales de 9.243 a 23.187. 

La crisis socioeconómica ha estallado en todas estas expresiones de violencia que, muchas veces, tiene entre las principales víctimas a las mujeres, quienes son maltratadas en su casa, en la calle, en el trabajo y en el transporte.

Una sociedad con estos indicadores está enferma y debería sentarse a reflexionar, porque, además, muchas personas con mayores niveles de formación están tomando la decisión de migrar a otras latitudes ante la falta de oportunidades, el declive de la actividad económica, y la concentración de las rentas sociales en unos oligopolios que, en vez de dejar dentro del circuito bogotano las utilidades obtenidas aquí, convierten ese ahorro en inversiones, pero en otros países.

Las políticas económicas nacionales son las causantes del declive capitalino, donde hay responsabilidad de los inquilinos de la Casa de Nariño desde los años noventa (Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe, Santos y Duque) hasta hoy (Petro). 

Pero los alcaldes mayores de Bogotá del Siglo XXI, ¿pueden hacerse los de las gafas? ¿Acaso el modelo de concesiones y privatizaciones al estilo Transmilenio, replicado en varias actividades públicas, fue solo de creación nacional? ¿Los colegios en concesión, la privatización del aseo y la electricidad, las concesiones de infraestructura hospitalaria y otras formas de privatización fueron invenciones de los dioses del Olimpo? 

A Petro, Peñalosa y Claudia también les cabe parte de la responsabilidad principal de la situación que hoy enfrenta Bogotá. En su paso por el Palacio de Liévano aceitaron la máquina de la decadencia.

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