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Delirios, mentiras y relatos

Victoria
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires.

Salir de Colombia, aunque sea por pocos días, nos enfrenta a una realidad dolorosa que nos hace reventar la burbuja en la que vivimos en nuestra vida cotidiana, construida a partir de los relatos oportunistas y maniqueos de mandatarios y medios, en la que poco a poco nos vamos hundiendo sin remedio y, peor aún, sin muchos cuestionamientos.

Todos los lugares del mundo son inseguros; en todos hay problemas tan graves como los nuestros; la edad de jubilación de los otros países es mucho más alta que la nuestra; nuestro salario mínimo es muy alto en relación con el de otros países; solo en las naciones más desarrolladas hay buenos salarios, pero la gente tiene que pagar muchos impuestos y ahí se les va todo su dinero; la salud en el primer mundo es mucho más costosa que en Colombia etc. De todas esas narrativas que suenan a tan “mal de muchos” la que más me ha calado es la referida al transporte público que se presenta como malo, costoso y complejo en todas partes, por lo cual, no tenemos mucho para quejarnos. Como botón de muestra no se puede olvidar al ex alcalde Enrique Peñalosa —quien hoy, sin sonrojarse, aspira a la presidencia de Colombia— cuando manifestó, como parte de sus “argumentos” en contra de la construcción del metro subterráneo en Bogotá, que quienes viajaban en metro en las distintas ciudades del mundo eran muy infortunados porque se tenían que hacinar  en los vagones como si fueran ratas. Delirios como este y discursos descontextualizados de nuestra dura realidad, tales como que los trenes de cercanía son para los países ricos, por lo cual no tenemos la más remota posibilidad de contar con un medio de esas características; que usar un automóvil es un acto de atraso, de maldad y de egoísmo porque países como Holanda ya erradicaron ese aparato anacrónico y viven felices andando en bicicleta; que en Nueva York la gente va vestida de gala en el metros para asistir a la ópera, han llevado a pensar, particularmente a los bogotanos que no han tenido la oportunidad de salir del país, que sumar a su jornada por lo menos cuatro horas para transportarse de su hogar a su trabajo y viceversa es una especie de sino inexorable porque, como dijo alguien en un twit “Bogotá, queda a dos horas de Bogotá”.

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Sin embargo, quienes hemos tenido la oportunidad de viajar a Argentina —para poner solo un ejemplo, el de un país sudamericano que también tiene muchos problemas sociales— sabemos que entre el Conourbano Bonaerense y la capital, la gente de todos los estratos se desplaza a su trabajo en trenes de cercanía, metros subterráneos y metrobuses a un costo muy inferior al de un pasaje de Trasnmilenio y con una relación aproximada de 80 segundos por kilómetro. Que las personas usan la bicicleta porque quieren y no por obligación y tienen menos temor de ser asaltadas o de tener un accidente por la mala calidad de las vías, y que la burbuja inmobiliarias que en Bogotá está llevando a muchas personas a endeudarse para comprar apartamentos minúsculos con tal de vivir en el centro y no tener que usar Transmilenio, allá no existe porque la gente puede vivir en un municipio aledaño mucho más barato que la capital y llegar a su trabajo rápidamente, gracias a un medio de transporte decente y eficiente. 

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Si no pueden solucionar los problemas del transporte en Bogotá, por todos los intereses económicos que atraviesan la gestión de nuestros pésimos administradores, al menos, en un acto de mínimo respeto, no engañen más a los ciudadanos con sus mentiras y amenazas. La mayor parte de la gente que vive en una ciudad como Bogotá no compra automóvil o moto para presumirle a nadie, ni para contaminar el ambiente porque es inconsciente, insolidaria o perversa. Lo hace en un acto de desesperación en busca de una salida para transportarse, tener más tiempo para compartir con la familia, tener una oportunidad de subsistencia en plena crisis económica o evitar ser asaltado. No le atribuyan culpas a la gente, no le respondan que la solución para no pagar altos impuestos por usar su automóvil tan solo la mitad del año es venderlo, comprar una bicicleta o usar un costoso, ineficiente e inseguro servicio de transporte como Transmilenio. Eso no se le dice a la gente que cada día tiene menos calidad de vida y paga más dinero por ella.

Victoria
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires.

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