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sábado, 9 de mayo de 2026
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Con cara gano yo… con sello, pierde usted

Victoria E. González M., Columnista, Más Colombia

Victoria E. González M.

Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.

En cualquier lugar del mundo, la época de campañas electorales es el momento político por excelencia, en el cual afloran actitudes, ideologías y creencias diversas que permiten vislumbrar cómo están constituidas las mentalidades de las sociedades. Colombia no es la excepción.

En los últimos meses hemos asistido a la elección de precandidatos y candidatos a la presidencia y al congreso, con los respectivos ingredientes propios de nuestra idiosincrasia tales como intervención improcedente de funcionarios públicos en la contienda, debates anodinos, desinformación en redes y medios y opiniones inveteradas de ex presidentes que son tomadas por algunos como verdades irrefutables. 


El pasado 13 de marzo, con esa carga inmensa de lo que los expertos llaman “el ambiente electoral previo” en sus espaldas, muchos ciudadanos y ciudadanas acudieron a las urnas con la expectativa de un cambio, esta vez no pensado únicamente como parte de una frase de marketing, sino como una necesidad urgente ante la debacle propiciada por el presente gobierno a lo largo de los últimos cuatro años.

Las urnas hablaron y en un hecho inédito, los perdedores consuetudinarios celebraron por primera vez. Y no celebraron el triunfo del menos peor, como en 2014, sino el triunfo de los elegidos por convicción. Mientras tanto, los ganadores de siempre se quedaron en principio atónitos —paralizados por la rabia y la sorpresa— porque sus cuentas de la lechera no dieron los resultados esperados, resultados que terminaron golpeándolos irremediablemente. 

Con este nuevo panorama, esa clase de rancia alcurnia, de apellidos y abolengos, de gente divinamente de toda la vida, tendría que empezar a aceptar, por ejemplo, que una mujer negra sin arraigo en ninguna estirpe política tradicional, hubiera sacado un número de votos muy superior al que sacaron los barones de siempre.

Eso sería imposible de admitir, inaudito, porque para ellos las estructuras de siglos deben permanecer incólumes. Porque Colombia es un vividero muy sabroso, así como está y los que se quejan lo hacen por polarizar y atacar a las sagradas instituciones. Porque hay que garantizar que el que llegue perpetúe los privilegios que ponen justa distancia entre la gente de bien y los nadie.

Así las cosas, los nuevos perdedores tratando de recuperarse del estado de shock, propusieron la idea de silenciar las urnas a cualquier precio en nombre de “la tranquilidad del pueblo colombiano”. Para ello, la orden dada a los grises funcionarios del gobierno de Iván Duque, quien tristemente pasará a la historia por su rimbombante incompetencia, era seguir ciegamente al “líder” de su partido, quien sugirió en un escueto twitt contar y recontar votos hasta que al fin “con cara, gane yo y con sello, pierda usted”. 


La obediencia ciega del gobierno no sorprende; preocupan la incapacidad para entender el principio básico de que toda acción genera una reacción; la ausencia de humildad para aceptar el adagio popular que reza “tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe”; y, por supuesto, la falta de decencia que les permite anteponer los intereses personales a los intereses de toda una nación. 

Sin más desarrollos, al cierre de esta publicación el registrador acaba de recular en las intenciones de reconteo, probablemente por la presión de una inmensa marejada de voces que en medios y en redes insistieron en la inconveniencia del terrible despropósito propuesto. Hasta ahí, todo bien pero…¿Y el daño hecho? ¿La desconfianza sembrada? ¿El desgaste innecesario? ¿Todo eso, en dónde queda?