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Juan Pablo Fernández
Economista. Analista económico, de políticas públicas y problemáticas sociales. Twitter: @FernandezMJP

Una de las acepciones de pasivo es “valor monetario de las deudas y compromisos que gravan a una empresa, institución o individuo, y que se reflejan en su contabilidad” (RAE). Pues bien, ¡Colombia le debe al mundo 377.000 millones de dólares!, según estadísticas del Banco de la República consignadas en la Posición de Inversión Internacional (PII). La PII es un “subconjunto del balance nacional” que registra los activos del país en el exterior (inversión en otros países, reservas internacionales, el oro de reserva, etc.) y lo que el resto del mundo nos presta ‒deuda externa, stock de inversión extranjera, etc.‒ (FMI, Manual de Balanza de Pagos, 2009). Aunque suene extraño, la inversión extranjera es un pasivo, es decir, un compromiso que nos grava como nación.

En Saqueo (Suarez, pp. 143-236, 2021) se sintetiza el estado de la economía colombiana como estancada y vulnerable. Después de tres décadas de apertura económica y TLC, el país ha ido cediendo el mercado interno, sustituyendo el saber propio por recetas de organismos internacionales, convirtiendo al capital extranjero en el principal beneficiario de la política económica, y construyendo un marco legal (apertura, TLC y OCDE) que hizo al proceso de exportación de recursos económicos parte fundamental de la arquitectura jurídica y económica, convirtiendo al endeudamiento en la vía para cerrar los constantes desbalances macroeconómicos.

Desde 1970 hasta hoy el déficit en la cuenta corriente es casi permanente. En solo diez de los cuarenta y un años ha habido saldo positivo, de los cuales, seis ocurrieron antes de la apertura. Sin embargo, la reducción progresiva de aranceles, la liberación de la cuenta de capitales, el endeudamiento externo y el avance del dominio de inversionistas foráneos sobre la propiedad de la base económica nacional, devino en un salto de calidad donde los déficits además de permanentes y estructurales avanzaron hacia todos los frentes de las relaciones económicas internacionales, con lo cual, el peso de los intereses forasteros se ha vuelto dominante. El origen de la vulnerabilidad está en la vena rota en que se convirtió el sector externo.

En el siglo XXI, hasta el bajonazo de los precios internacionales del petróleo en 2014, la cuenta corriente era deficitaria por el balance negativo en el intercambio de servicios, los pagos a la deuda externa pública y privada, y la salida de utilidades de las multinacionales. En el período 2000-2021 (junio), el saldo es negativo en -83.076 millones de dólares para servicios y en la renta factorial es -167.662 millones de dólares, recursos que salen del circuito económico nacional, generando un déficit de ahorro que impide financiar la inversión y obliga al país a costear el cierre de sus necesidades de mantenimiento y expansión de la capacidad productiva con dineros extranjeros cuyo centro de gravedad está en otras naciones. Con la entrada en vigor de los TLC con Estados Unidos y con la Unión Europea el balance comercial de bienes se volvió negativo acumulando un saldo, entre 2013 y 2021, de -63.700 millones de dólares.

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Para el caso de los servicios, a 2019, por ejemplo, las compras externas en este frente ascendieron a 15.000 millones de dólares (con un déficit de -4.238 millones), de las cuales la tercera parte corresponde a la adquisición de servicios de transporte y seguros relacionados con las importaciones de bienes, situación que se ha repetido todo el siglo. Otro 21% son servicios financieros, TIC y profesionales, por más de tres mil millones de dólares, hecho ahondado con los TLC. En materia de bienes, mientras las exportaciones del país se clasifican en tradicionales y no tradicionales, las importaciones en bienes de consumo, bienes intermedios y materias primas para la industria y el agro, y bienes de capital. El principal demandante por importaciones es el sector industrial (52% de las importaciones versus ser el 11% del PIB), reflejo de un proceso de desindustrialización, pero también de una manufactura crecientemente volcada a la maquila de bienes foráneos, configurando un sector que no avanza hacia la fabricación de bienes de mayor valor agregado y complejidad, como la industria automotriz.

Posicion de Inversion Internacional
Fuente: cálculos propios con base en datos del Banco de la República.

El pasivo externo (deuda más stock de inversión extranjera) ha crecido en forma permanente, incluso a una velocidad superior a la del PIB. Entre 2005 y 2020, el pasivo creció cinco veces (de 77 mil a 377 mil millones de dólares) mientras el PIB (medido en dólares) aumentó 1,9 veces (de 145 mil a 271 mil millones de dólares) ‒si se compara con 2019, el aumento es de 2,2 veces‒. De otro lado, el comportamiento del activo en la PII ha estado asociado ‒siguen la misma tendencia‒ a los pagos que implica el pasivo (ver gráfico), porque una parte son reservas internacionales, las cuales respaldan las operaciones deficitarias de la cuenta corriente y hay inversiones en cartera o en filiales de empresas colombianas en el extranjero, en Centroamérica, por ejemplo, respaldadas con endeudamiento externo que se contabiliza en el pasivo de la PII. En 2005, lo adeudado al mundo representaba el 53% del PIB, dando un balance negativo de la PII del -24% del PIB (activo menos pasivo). A junio de 2021, la cuenta subió a 139% del PIB con un saldo negativo del -59%.

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De cada cien dólares de pasivo externo, 57 se explican por el acumulado de inversión extranjera presente en todas las actividades económicas y que pesa 79% del PIB. Los otros 43 dólares son deuda externa pública y privada. Para servir el pasivo, desde 2000 el país ha enviado al exterior 232.194 millones de dólares mientras que por los activos han ingresado 64.532 millones de dólares. Por cada dólar que nos rentan los activos, salen 3,6 por los pasivos. Una desbalanceada fórmula que necesita un giro porque vivir empeñados nos cuesta en fuga de recursos con lo cual se desfinancia la ecuación económica nacional. Si los acreedores internacionales nos llegaren a cobrar las deudas seguramente nos aplicarían la fórmula de Shylock en el Mercader de Venecia. ¿O será que ya lo hacen con los TLC y la OCDE?

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Juan Pablo Fernández
Economista. Analista económico, de políticas públicas y problemáticas sociales. Twitter: @FernandezMJP

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