miércoles, enero 26, 2022
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En el sector textil se revela “lo peor de la Globalización”

En diálogo con Más Colombia, Elizabeth Ruffinengo, de la ONG Women Engage for a Common Future, expresó su preocupación por la concentración de la producción de textiles y confecciones en unos pocos países, y señaló que esto es inconveniente tanto para los países importadores como para los exportadores.

Elizabeth Ruffinengo es responsable para Francia de las iniciativas sobre temas de Salud y Medioambiente en la ONG Women Engage for a Common Future (WECF), que trabaja por “construir con las mujeres un mundo sano, sostenible y equitativo”. En conversación con Más Colombia, analizó las condiciones de producción en Bangladesh, un país que ha venido consolidándose como un jugador global importante en la producción de textiles y confecciones, y se refirió al impacto que ha tenido en Francia la concentración de buena parte de la producción textil y de confecciones en unos pocos países asiáticos y africanos. 

Bangladesh: un caso de dependencia macroeconómica

Al referirse a la producción de textiles de Bangladesh, Elizabeth Ruffinengo se muestra preocupada por tres grandes factores: lo que considera una excesiva especialización del país, la pérdida de tradiciones textiles y la baja remuneración de la mano de obra.  

A nivel macroeconómico, Ruffinengo señala que un país exportador como Bangladesh se ve perjudicado al ser tan “dependiente” de un solo sector productivo. Al respecto, explica que el país “fue incentivado por la OMC para desarrollar este sector” y en la actualidad es “totalmente dependiente de la exportación textil”. Este sector representa “el 80% de las exportaciones totales” del país y “emplea a 4,4 millones de personas en alrededor de 4.000 fábricas textiles”. En caso de que el sector presentara una caída inesperada, alerta la experta, “se desplomaría la economía de Bangladesh”. 

Para la experta, esa especialización no ha redundado en buenas condiciones de vida para la población bangladeshí y ha generado la pérdida de importantes tradiciones culturales asociadas a la producción textil. En cuanto a la remuneración de la mano de obra, precisa que en Bangladesh el salario por hora en el sector textil y de confecciones suele ser de 0,32 centavos de dólar. La experta señala que allí, como en otros países asiáticos y africanos, los costos de la mano de obra son “semejantes a la esclavitud moderna” y muestran que “no hay límite en la búsqueda de costos bajos”. Asimismo, mantiene que “las condiciones de trabajo ponen en riesgo la vida de los empleados”. Recuerda el desplome del edificio del Rana Plaza, ocurrido en 2013 cerca de Dhaka, la capital de Bangladesh, el cual fue causado, entre otros factores, por una serie de negligencias e incumplimientos de las reglas de seguridad. El accidente les costó la vida a más de 1.100 trabajadores de la confección.

En cuanto a la tradición textil del país, Ruffinengo lamenta que la especialización de “la producción de masas acabó por completo con la producción local de muselina en Bangladesh, antes reconocida por su calidad”. La muselina de Dhaka llegó a ser considerada un tesoro en la Europa de finales del siglo XVIII. Se elaboraba con un algodón que solo crecía a orillas del sagrado río Meghna, mediante un complicado proceso de 16 pasos que la hacía especialmente suave y liviana, y le daba una transparencia única. Hoy en día, los habitantes del país desconocen la técnica para fabricarla y el algodón utilizado se considera extinto. 

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El impacto en Francia de la concentración de la producción global de textiles

Cuando se le pregunta por el comportamiento del sector textil y de confecciones en Francia, Ruffinengo explica que, a pesar de contar con marcas emblemáticas como Louis Vuitton, Chanel, Dior o Hèrmes, el sector ha retrocedido significativamente en los últimos años. Según la experta de WECF, “el fin de las cuotas de importación de textiles en 2005”, en el marco de los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (OMC), “aceleró la tendencia a la desaparición de subsectores de Confecciones” como el de los guantes de cuero. Añade que, “entre 1996 y 2015, la industria textil francesa perdió el 51% de su producción y el 66% de la mano de obra asalariada”. Actualmente, “casi el 87% de los textiles, prendas de vestir, cuero y zapatos que se venden en Francia son importados, la gran mayoría de los cuales proceden de China”.

Paulatinamente, la competencia asiática ha puesto contra las cuerdas a empresas francesas de textiles y calzado. Algunas de ellas, como Stéphane Kélian y Charles Jourdan, no resistieron. Con ellas desaparecieron artes y oficios relacionados, así como un saber hacer tradicional. La charentaise, una zapatilla tradicional de uso casero, es uno de los productos que han sido desplazados por las importaciones asiáticas. Según la Federación Francesa del Calzado, en las dos últimas décadas la producción de charentaises disminuyó en un 82%, pasando de 34,2 millones de pares en el año 2000 a 6 millones en 2019. En entrevista para Más Colombia en junio, Isabelle Fulgeanu, directora de Marketing en Fargeot & Cie SAS, empresa comercializadora de esta zapatilla, explicaba el desafío de volver a producirla, no solo por la escasez de mano de obra conocedora de los métodos tradicionales, sino también porque maquinaria utilizada para confeccionarlas “ya no se produce” en Francia. 

“Todo el mundo pierde”

Más allá de las repercusiones negativas en las economías de los países expuestos a la competencia asiática y africana, como Francia, Ruffinengo afirma que “todo el mundo pierde”, incluso los países exportadores, donde predominan las malas condiciones de vida de los trabajadores textiles y de confecciones. Al respecto, señala que las mujeres son una población particularmente vulnerable, al representar “el 80% de los 75 millones de trabajadores del sector de confecciones en el mundo”.

Ante este escenario, la experta resalta la importancia de “preservar el saber hacer local” y las “tradiciones textiles presentes en el territorio”, mediante una “transmisión de los saberes entre generaciones”, antes de que “sea demasiado tarde”. Para ella, “es imprescindible relocalizar la producción textil en todos los países”. Y, en lo que considera una postura “realista” ante un sector que pone en evidencia “lo peor de la Globalización”, afirma que “hasta que no haya medidas coercitivas por parte de las instituciones internacionales, muy poco va a cambiar”. Mientras tanto, hace hincapié en “el poder de las iniciativas locales independientes”.

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Elizabeth Ruffinengo es responsable para Francia de las iniciativas sobre temas de Salud y Medioambiente en la ONG Women Engage for a Common Future (WECF), que trabaja por “construir con las mujeres un mundo sano, sostenible y equitativo”. En conversación con Más Colombia, analizó las condiciones de producción en Bangladesh, un país que ha venido consolidándose como un jugador global importante en la producción de textiles y confecciones, y se refirió al impacto que ha tenido en Francia la concentración de buena parte de la producción textil y de confecciones en unos pocos países asiáticos y africanos. 

Bangladesh: un caso de dependencia macroeconómica

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A nivel macroeconómico, Ruffinengo señala que un país exportador como Bangladesh se ve perjudicado al ser tan “dependiente” de un solo sector productivo. Al respecto, explica que el país “fue incentivado por la OMC para desarrollar este sector” y en la actualidad es “totalmente dependiente de la exportación textil”. Este sector representa “el 80% de las exportaciones totales” del país y “emplea a 4,4 millones de personas en alrededor de 4.000 fábricas textiles”. En caso de que el sector presentara una caída inesperada, alerta la experta, “se desplomaría la economía de Bangladesh”. 

Para la experta, esa especialización no ha redundado en buenas condiciones de vida para la población bangladeshí y ha generado la pérdida de importantes tradiciones culturales asociadas a la producción textil. En cuanto a la remuneración de la mano de obra, precisa que en Bangladesh el salario por hora en el sector textil y de confecciones suele ser de 0,32 centavos de dólar. La experta señala que allí, como en otros países asiáticos y africanos, los costos de la mano de obra son “semejantes a la esclavitud moderna” y muestran que “no hay límite en la búsqueda de costos bajos”. Asimismo, mantiene que “las condiciones de trabajo ponen en riesgo la vida de los empleados”. Recuerda el desplome del edificio del Rana Plaza, ocurrido en 2013 cerca de Dhaka, la capital de Bangladesh, el cual fue causado, entre otros factores, por una serie de negligencias e incumplimientos de las reglas de seguridad. El accidente les costó la vida a más de 1.100 trabajadores de la confección.

En cuanto a la tradición textil del país, Ruffinengo lamenta que la especialización de “la producción de masas acabó por completo con la producción local de muselina en Bangladesh, antes reconocida por su calidad”. La muselina de Dhaka llegó a ser considerada un tesoro en la Europa de finales del siglo XVIII. Se elaboraba con un algodón que solo crecía a orillas del sagrado río Meghna, mediante un complicado proceso de 16 pasos que la hacía especialmente suave y liviana, y le daba una transparencia única. Hoy en día, los habitantes del país desconocen la técnica para fabricarla y el algodón utilizado se considera extinto. 

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Paulatinamente, la competencia asiática ha puesto contra las cuerdas a empresas francesas de textiles y calzado. Algunas de ellas, como Stéphane Kélian y Charles Jourdan, no resistieron. Con ellas desaparecieron artes y oficios relacionados, así como un saber hacer tradicional. La charentaise, una zapatilla tradicional de uso casero, es uno de los productos que han sido desplazados por las importaciones asiáticas. Según la Federación Francesa del Calzado, en las dos últimas décadas la producción de charentaises disminuyó en un 82%, pasando de 34,2 millones de pares en el año 2000 a 6 millones en 2019. En entrevista para Más Colombia en junio, Isabelle Fulgeanu, directora de Marketing en Fargeot & Cie SAS, empresa comercializadora de esta zapatilla, explicaba el desafío de volver a producirla, no solo por la escasez de mano de obra conocedora de los métodos tradicionales, sino también porque maquinaria utilizada para confeccionarlas “ya no se produce” en Francia. 

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Ante este escenario, la experta resalta la importancia de “preservar el saber hacer local” y las “tradiciones textiles presentes en el territorio”, mediante una “transmisión de los saberes entre generaciones”, antes de que “sea demasiado tarde”. Para ella, “es imprescindible relocalizar la producción textil en todos los países”. Y, en lo que considera una postura “realista” ante un sector que pone en evidencia “lo peor de la Globalización”, afirma que “hasta que no haya medidas coercitivas por parte de las instituciones internacionales, muy poco va a cambiar”. Mientras tanto, hace hincapié en “el poder de las iniciativas locales independientes”.

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