lunes, 6 de febrero de 2023
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En La Mojana estamos de luto, no podemos cultivar arroz: agricultor

Hace más de 13 meses, el paisaje de La Mojana pasó de ser tierra fértil a un escenario de desolación. Arcesio Paredes, agricultor de la región, relata el drama tras el derrumbe del jarillón en el sector Cara de Gato. Esta es su historia.

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En la unión de los departamentos de Córdoba, Sucre, Bolívar y Antioquia se dibuja un paisaje plano dominado por ciénagas y humedales productivos, conformados por el cruce de ciénagas, caños, arroyos, brazos, meandros, zapales y bosques inundables. Es la región de La Mojana, en el norte de Colombia, “uno de los deltas más complejos del mundo, con una gran riqueza ecosistémica”, al decir del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).


Esta zona geográfica alberga 11 municipios y tiene un área aproximada de 500 mil hectáreas. Sus habitantes, unas 405.625 personas según el PNUD, saben cómo moverse por estos terrenos complejos, con periodos de inundación que van desde agosto hasta octubre, y de sequía entre diciembre y abril.

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En efecto, los campesinos de la región, herederos de los pueblos Zenú, han logrado construir su vida en estos territorios pertenecientes a la Depresión Momposina y mantener una cultura anfibia en la que se toma lo mejor de la tierra y del agua, aunque desde hace varios años vienen enfrentando emergencias ambientales que han dejado duras pérdidas económicas. Para el PNUD, los habitantes de la zona tienen “medios de vida fuertemente vulnerables a los cambios en las dinámicas climáticas e hídricas de la zona”. 

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Adiós al jarillón

Entre actividades agrícolas y pecuarias habían transcurrido los días hasta que, el 27 de agosto de 2021, el río Cauca rompió un jarillón sobre la margen izquierda del río Cauca, a la altura del municipio de San Jacinto del Cauca (Bolívar), en el sector conocido como Cara de Gato. Por allí se abrió paso el río, inundando de más a una población enseñada al agua.


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Cortesía de Arcesio Paredes

Todavía hoy, más de un año después, las inclemencias del clima, la conformación geográfica del terreno y la reducida respuesta estatal continúan golpeando a las comunidades que habitan la zona, poblaciones de campesinos que, como nos cuenta Arcesio Paredes, respiran arroz y viven de la agricultura y la ganadería.

Arcesio Paredes es un líder social de la región y agricultor del corregimiento de Gavaldá, en el municipio de Guaranda (Sucre). Desde niño cultiva arroz porque, como él mismo lo explica, los niños atienden los cultivos de los padres y de esa manera las generaciones se van entregando a la tradición de la siembra y el cultivo. 

Hace un año, la ola invernal entró por Cara de Gato

Desde que el cauce del Cauca se perdió por completo, aquel fatídico 27 de agosto de 2021, la vida, el trabajo y el estudio de los habitantes de la región quedaron bajo las aguas del río Cauca, y la vegetación se debate entre la vida y la muerte. “Las familias de La Mojana están de luto porque las actividades agrícolas no se están dando desde el año pasado”, explica Arcesio.

Según la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), hasta la fecha el desastre ha afectado a 38.972 familias, 155.888 personas y 10 municipios de tres departamentos: San Jacinto del Cauca, Magangué y Achí, en Bolívar; Ayapel, en Córdoba; y Guaranda, Majagual, San Marcos, Sucre, Caimito y San Benito Abad, en Sucre. 


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Cortesía de Arcesio Paredes

Pese a que ha pasado más de un año, no se ha logrado reconstruir el jarillón de Cara de Gato. “Las tierras están anegadas, nuestros cultivos se perdieron y la economía se hundió. Nuestros niños, nuestros hogares, nuestras familias hoy padecen los embates de la ola invernal. Estamos viviendo en condiciones infrahumanas que nos han obligado a levantarnos de ceros, nuevamente. Muchas familias han sido desplazadas, muchos hogares y casas físicamente se deterioraron; se cayeron los techos, se deterioró el piso, el sistema eléctrico está fundido. Todo está totalmente arruinado en el sector de La Mojana”.

Arcesio está desesperado. “Desde esa noche, las casas de la región de La Mojana se ahogaron en las aguas del río Cauca. Al día de hoy, en algunas partes no se alcanzan a ver los techos. La mayor parte de la tierra quedó improductiva, son pocas las tierras que quedaron secas para su cultivo”, explica, a lo que añade que “esta situación ha obligado a varias personas a salir de la región en búsqueda de tierras fértiles para cultivar arroz”.

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Cultura del arroz

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Cortesía de Arcesio Paredes

Arcesio narra con nostalgia y rabia los días pasados, como quien es asaltado por el recuerdo de una época en la que el arroz brotaba de la tierra dos veces al año, forrando los paisajes de ese sector de la Depresión Momposina con verdes y doradas espigas, y cimentando la vida de miles de campesinos.

“En la región de La Mojana se vive y se respira arroz. Las familias, por tradición de años y décadas, se han dedicado a este cultivo, un cereal que está en la mesa de todos los habitantes de la región Caribe colombiana. En cualquier parte de nuestra nación hay una tacita de arroz, sea en la tarde o al medio día. En la región de La Mojana, se ve tres veces al día una taza de arroz en las mesas de los hogares”.


De acuerdo con Arcesio, el arroz les genera los ingresos suficientes para su sostenimiento, para mantener una vivienda, garantizar la educación de los hijos y el vestido de las familias. 

Esta actividad agraria emplea no solo a los agricultores, sino también a diferentes trabajadores, como el tractorista, el combinador, el arriero y los fumigadores. En La Mojana, el cultivo tarda entre 90 y 100 días en dar su fruto, y se cosecha dos veces al año, explica.

Las cosechas llegaban sobre todo a Montería, Barranquilla y Medellín. “En diferentes partes del país se come arroz de la región de La Mojana. Últimamente estábamos despachando arroz paddy a Bucaramanga. Hoy en día, estos negocios no se ven en la región. Ya una mula de arroz que salga de aquí para Bucaramanga no se da porque las tierras de los cultivos de arroz están ahogadas. ¿En dónde vamos a cultivar?”

Arcesio explica que, antes de la tragedia, “cada hectárea estaba dando entre 60 y 80 bultos al semestre, con una producción anual de 120 a 160 bultos. Además, en los últimos tiempos, debido a la escasez de alimentos, cada bulto de arroz paddy (arroz con cáscara) estaba en $120.000, mientras que el arroz blanco procesado estaba en $170.000”. 


En el último año, los afectados de La Mojana dejaron de percibir cerca de 14 millones de pesos por hectárea cosechada, calcula Arcesio.

Aves de corral y cultivos de pancoger, también afectados 

Arcesio señala que “la región de La Mojana vive 100% de la agricultura y la ganadería. Estas actividades se han visto totalmente afectadas desde que el río Cauca hizo estragos en el sector de Cara e’ Gato”. 

En efecto, en la región no solamente se vio afectada la producción de arroz. Otras actividades propias de la economía familiar también se trastocaron. “Los cultivos de pancoger como la yuca, el plátano y el ñame, y las actividades pecuarias como las aves de corral también se perdieron”, señala.

Como resultado de esto, la situación de los campesinos de la región es crítica, la pobreza abunda y las pérdidas son enormes. 


Parar las obras en Cara de gato: la respuesta del gobierno

Arcesio relata que, en tiempos de pandemia, “la población de La Mojana no necesitó de las ayudas humanitarias del gobierno nacional, porque nosotros en nuestras fincas, en nuestras parcelas, producíamos alimento para nuestras familias y para Colombia”. Esto cambió, según indica, con el rompimiento del jarillón, de manera que hoy en día estas familias sí necesitan la ayuda del Estado.

En los primeros días de septiembre, la respuesta del gobierno colombiano despertó fuertes críticas por parte de la población de La Mojana. El nuevo director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), Javier Pava Sánchez, anunció la suspensión de las obras de reconstrucción del dique en Cara de Gato.

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Cortesía de Arcesio Paredes

De acuerdo con el diario Región Caribe, el alto directivo declaró que la obra que se estaba llevando a cabo no iba a resolver ningún problema. “Lo que yo veo acá es que esta obra no resuelve ni va a tapar el problema de Cara e’ Gato. Lo que está actualmente en desarrollo no sirve. Esta alternativa no se logrará tener antes de seis meses”.

A pesar de las duras condiciones de vida que están afrontando y de las últimas declaraciones del gobierno nacional, Arcesio y la comunidad arrocera se niegan a despedirse de sus tierras. “Si al gobierno le quedó grande, si el gobierno no quiere tapar el chorro de Cara e’ Gato, si el gobierno cree que nosotros somos territorio solamente de agua, está equivocado el gobierno nacional. Nosotros somos población de tierra fértil, en donde se siembran y cultivan más de 45 mil hectáreas de arroz”.


Y agrega, “Nosotros, la población en general, nos estamos poniendo de acuerdo para tapar el chorro Cara e’ Gato con palo, con corozo, con nuestras herramientas artesanales. Ya nos hemos puesto de acuerdo el gremio arrocero, el gremio ganadero, el sector campesino en pleno vamos a tapar Caregato, y le vamos a demostrar al gobierno nacional que no nos va a quedar grande. Porque aquí ni los contratistas, ni los funcionarios del gobierno nacional son los que están bajo agua. No son sus parcelas ni sus casas. Tampoco son sus hijos los que están sufriendo y padeciendo los embates de la ola invernal debajo de un cambuche en las carreteras, buscando refugio”.

“Nosotros sí vamos a demostrar que podemos tapar Cara e’ Gato, para volver a tener nuestros cultivos y nuestro ganado en la región”, concluye Arcesio.

El pasado 4 de octubre, en pleno centro histórico de Bogotá, tuvo lugar la Plenaria del Senado sobre el tema de la emergencia en La Mojana. Allí, la ministra de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Susana Muhamad, declaró que “buscar secar la Mojana es una ingenuidad”, un desastre que se puede atribuir a la conversión de varios terrenos en potreros de ganadería estables, por lo que invitó establecer prioridades para atender a corto plazo la emergencia humanitaria de la gente. “De pronto, por un tiempo necesitamos mantener unas tierras de fincas inundadas para que la gente no se inunde”. 

La Ministra señaló que, luego de que la gente esté segura, se debe empezar a trabajar en el ordenamiento alrededor del agua, el cambio del modelo productivo de la región y los sistemas de buena adaptación. “Si no hacemos lo estructural, no hay obra ni inversión que aguante la fuerza del agua”, concluye.


Mientras el Congreso debate, Arcesio y sus vecinos siguen trabajando en cerrar el hueco que dejó el tormentoso paso del río Cauca hace más de un año.

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