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La soberanía nacional y las finanzas

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Guillermo Maya
Economista, profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

El mercado es la nación, los ciudadanos son los consumidores y empresarios y el interés nacional son las ganancias privadas. Esta es la visión tecnocrática que ha venido forjando la institucionalidad financiera internacional actual, como el FMI, la Secretaría del Tesoro de los EE. UU., la Comisión Europea, y la mayoría de los bancos centrales en el mundo, para quienes las naciones y la democracia se diluyen en beneficio del predominio del mercado y el poder de la élite económica. 

En Argentina, por ejemplo, el capital financiero intentó dar un golpe de estado tecnocrático. Los economistas Ricardo Caballero y Rudiger Dornbush, en una columna escrita para el Financial Times de Londres, Argentina no es confiable, en marzo 7 de 2002, a propósito de la crisis de 2001, proponían que Argentina renunciara a su soberanía: “Debe entregar temporalmente su soberanía sobre todas las cuestiones financieras. (…) debe aceptar una reforma radical y el control y supervisión extranjera, sobre el gasto fiscal, la emisión de dinero y la administración tributaria (…). Los argentinos deben humildemente reconocer que sin el apoyo masivo externo y la intrusión externa no se va a resolver el problema”. 

Además, “en concreto, un consejo de experimentados banqueros centrales extranjeros debería tomar el control de la política monetaria (…). Otro agente extranjero se requiere para verificar el desempeño fiscal (…). Una masiva campaña de privatización de puertos, aduanas y otros” (…) También hay que liberar los depósitos bancarios congelados y dejar que el FMI y otros organismos internacionales decidan qué bancos deciden apoyar – es su dinero, después de todo-” La alternativa era el caos o el plan de intervención de los economistas. Esta propuesta no cuajó, pero quedó sonando desde entonces.

Por otro lado, el Banco Central Europeo, cuyo objetivo único es el control de la inflación, dirigió una carta secreta a Silvio Berlusconi, Primer Ministro italiano de la época, el 5 de agosto de 2011, y que posteriormente, fue divulgada por Corriere della Sera, donde lo emplazaban a ejecutar medidas de austeridad, para fortalecer el superávit primario del gobierno central por un lado, y otro tipo de medidas que significaban la renuncia a la soberanía nacional:

En consecuencia, es necesario “honrar (…) todos sus compromisos con unas condiciones fiscales sostenibles y reformas estructurales”. Igualmente, “aumentar la competencia, especialmente en los servicios (…) y el diseño de los sistemas regulatorios y fiscales más adecuadas para apoyar la competitividad de las empresas y la eficiencia del mercado de trabajo”. Liberalizar los servicios públicos: “Esto debería aplicarse (…) a través de privatizaciones a gran escala”.

También, es necesario reformar “el sistema de negociación colectiva (…) para fijar los salarios y las condiciones de trabajo a las necesidades específicas de las empresas”, y examinar “las normas que regulan la contratación y el despido de los empleados (…)”. En cuanto a “la sostenibilidad de las finanzas públicas (…). El objetivo debe ser alcanzar un déficit fiscal menor que lo previsto en 2011, (…) y un presupuesto equilibrado en 2013, principalmente a través de recortes de gastos. (…) Intervenir más en el sistema de pensiones, con criterios de elegibilidad más estrictos para las pensiones de jubilación y alineando con rapidez la edad de jubilación de las mujeres en el sector privado a la establecida para los empleados públicos, (…) reducir significativamente el coste de los empleados públicos, (…) mediante la reducción de los salarios”. Crear una regla fiscal: “Una cláusula automática de reducción del déficit debe ser introducida”. Controlar el gasto de los gobiernos locales y regionales: “Los préstamos, incluida la deuda comercial y los gastos (…) deben ser sometidos a un estricto control”.

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Estas medidas deben ser incorporadas en “decretos-leyes (…)”. Firman Mario Draghi y Jean-Claude Trichet, director entrante y saliente del BCE, en ese entonces. Actualmente, Draghi es Primer Ministro de Italia.

En 1967, el presidente colombiano Carlos Lleras se enfrentó al FMI, que empezaba  a mostrar su verdadera naturaleza intervencionista, que pedía una devaluación masiva, a lo que Lleras respondió con un “no”:  “El presidente Lleras procedió a establecer un severo control a los cambios internacionales en marzo de 1967, mediante el Decreto 444 (…). Esto, unido a una devaluación gradual de la moneda, evitó una inminente crisis cambiaria” (Lleras Restrepo y la economía, Portafolio). A partir de 1991, con el programa de “Apertura” se da por terminada la vigencia del 444 y comienza la flexibilidad cambiaria, uno de los mandamientos del Consenso de Washington. Ahora ya no hay presidentes, como Lleras Restrepo, que le digan no al intervencionismo foráneo en la política económica y a la entrega de la soberanía nacional.

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Por ultimo, existe la ilusión o pretensión de que todos los países gozan de una soberanía plena y que son entidades políticas iguales. Sin embargo, la realidad es completamente distinta. La relación entre naciones es una relación de poder. Es decir, hay un país que es hegemónico, otros subordinados, en menor o mayor grado, y unos pocos que desafían su poder. Igual pasa con las monedas, hay una jerarquía de monedas, con la dominancia del dólar como moneda de cambio y de reserva internacional. Un gran privilegio a costa del resto de países.
Sin embargo, para mejorar el presente, dice Atul Kohli, “en un mundo de estados-naciones es importante fortalecer los acuerdos, e instituciones, que desestimulen a los estados poderosos a imponer su voluntad sobre los débiles” (Kohli). Tampoco, se debe permitir que los estados fuertes definan lo qué es correcto, como hasta ahora.

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Guillermo Maya
Economista, profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín

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