viernes, octubre 15, 2021
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Languidez o esperanza

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Juan Pablo Fernández
Economista. Analista económico, de políticas públicas y problemáticas sociales. Twitter: @FernandezMJP

Suman 13,3 millones las colombianas y los colombianos sin empleo (3 millones, de los cuales casi la mitad son jóvenes), en oficios del hogar (6,9 millones) o en alguna otra situación (3,35 millones) que los clasifica como inactivos laborales. Tienen la edad y las capacidades, incluso trabajan en el hogar, pero la economía no los engancha. La cifra excluye a quienes estudian. A principios del 2020, la situación cobijaba a 12,7 millones y en el momento más severo de las cuarentenas tocó a casi 17 millones. En suma, por cada cien personas en edad de emplearse ‒incluso en tiempo parcial‒ o estudiar, treinta y tres dependen económicamente de otro para comer, pagar un pasaje de bus, la habitación, etc. Individuos para quienes la autodeterminación es un asunto difícil de materializar.

Entre la juventud, la imposibilidad de desplegar todas sus capacidades es estructural y muy severa. Allí las tasas de desempleo son mayores y si se es mujer el asunto es dramático ‒entre ellas la tasa de desempleo es 68% más alta que la de los hombres‒. Las dificultades del mercado laboral se suman con la situación empresarial, donde el manejo de la deuda sigue siendo fuente de riesgo y aunque hay una constante recuperación de la confianza, la tercera parte de las empresas continúa reportando disminución del flujo de efectivo y la cuarta parte espera retrasarse en el pago de pasivos (Pulso Empresarial-DANE, sep.2021)

El 87% de los hogares declara que su situación es igual o peor a un año atrás y a la mitad de los habitantes de las 23 ciudades principales los acosa la preocupación, la soledad, la tristeza, en fin, el desasosiego. Y en las noches solo el 22% se siente seguro al caminar por el barrio (Pulso Social-DANE, sep.2021). Las dificultades socioeconómicas además son afectadas por las mayores expectativas de carestía, causadas porque una parte importante de los bienes que se consumen tienen alta y creciente presencia de unas importaciones cada vez más costosas y que en vez de potenciar la base productiva nacional la desplazan.

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Nuestro país lamentablemente languidece. Lo hace por la Pandemia y porque se le ha impuesto un modelo social, económico, político y cultural que le impide desplegar todas sus capacidades. Nadie quiere el continuismo de Duque (Encuesta Polimétrica, sep. 2021), sin embargo, más allá de la persona que ocupa la Casa de Nariño es momento para reflexionar sobre las políticas y el modelo de sociedad.

Creo que estamos ante tiempos en que es necesario recuperar algunos principios y límites como, por ejemplo, el llamado a la no violencia y a no jugar con esta, como algunos andan incitando a la juventud. Pero eso es insuficiente. Entre otros asuntos a tratar, al agro y a la industria hay que recuperarlos, y a nuestras artes y cultura, reverdecerlas ‒están en extremo golpeadas por una naranja podrida‒. Pienso que, con esperanza, será posible, entre otras tareas, revisar los Tratados de Libre Comercio (TLC) para hacer retornar o acrecentar los sembradíos de algodón, maíz, cebada, trigo, soya, sorgo, entre otros, y revitalizar y/o desarrollar las manufacturas de ropa, telas, zapatos, carros, acero, químicos, y un largo etcétera, para pensar y aspirar a que Colombia sea una nación que se ubique en la vanguardia.

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Juan Pablo Fernández
Economista. Analista económico, de políticas públicas y problemáticas sociales. Twitter: @FernandezMJP

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