Moneda para pocos, carestía para muchos

Juan Pablo Fernández
Economista. Analista económico, de políticas públicas y problemáticas sociales. Twitter: @FernandezMJP
Nunca, en un período tan corto de tiempo, se había emitido tanta moneda como lo hizo el Banco de la República entre marzo y diciembre del 2020. La base monetaria (balance del Banco) se expandió en $31 billones netos ($42.3 billones de expansión y $11,3 billones de contracción). Ese balance entre enero y septiembre del 2021 ha subido en $7,2 billones. La tasa de intervención del Banco llegó al mínimo histórico ‒proceso en reversión‒, aunque en términos reales no pasó al terreno negativo como sí sucedió en otros países.
Con la Pandemia el dominio bancario se ha reforzado. Por la estructura oligopólica del mercado financiero, las tasas de interés de colocación fueron diez y más veces superiores a la oficial de la autoridad monetaria, mientras en diciembre de 2019 la diferencia era de 4,5 veces, mejorándose la rentabilidad de los bancos. Y en 2020, mientras el PIB total se desplomó en -6,8%, el sector financiero y de seguros creció en 2,15%, un fenómeno que no es nuevo. Entre 2006 y 2020, la actividad financiera creció 2,2 veces más que la economía (105% versus 48%). A los bancos e inversionistas extranjeros se les ha convertido en el canal de provisión de liquidez y en los administradores de la riqueza pública a través del control de la deuda pública y del ahorro pensional.
La alta tasa de interés es uno de los factores que mantiene elevada la rentabilidad de la banca y al tiempo sostiene arriba el índice de miseria y la desigualdad. Además, esa espigada tasa presiona al alza la rentabilidad del capital. Entre 2005 y 2020, el crecimiento anual promedio del PIB fue de 0,9% ‒inferior al crecimiento de la población‒ y la rentabilidad del capital 15% (Corficolombiana, 2020), 16,7 veces más que el primero, configurando una relación que Piketty ha descrito como promotora de la concentración del ingreso.
Al tiempo que el manejo de la moneda inyectó gran liquidez a los bancos ‒de gran ayuda para reversar la desvalorización de los títulos que circulan en la bolsa de valores, que gracias al empujón en 2020 recuperaron más de dos terceras partes de lo perdido entre enero y marzo‒ el poder adquisitivo de la moneda ha operado plenamente para quienes actúan en el mundo de la financiarización. Solo el 4,1% de los pobladores de las 23 principales ciudades consideran que tienen mayores posibilidades de comprar zapatos, ropa, alimentos, etc.; el 78% no puede ahorrar ni un céntimo de sus ingresos; y 29% consumen dos o menos comidas al día (Dane, Pulso Social, sep.2021).
El modelo plasmado en la Constitución no derivó en una institución monetaria neutral e independiente, sino que la “sujetó a las reglas del sector financiero” por la restricción de la potestad de emisión subordinando el presupuesto del Estado a los mercados financieros y encareciendo el financiamiento público (Bernal, 2021). Coincido con quienes proponen una reforma constitucional que, preservando el rigor técnico en el Banco de la República y el mantenimiento del poder adquisitivo de la moneda, también se le responsabilice de la regulación de la tasa de interés máxima con el propósito de promover la inversión, la competitividad y el empleo; y que la decisión de financiar al Estado sea por mayoría de la junta directiva, como sucede con el manejo de la tasa de intervención.