sábado, 9 de mayo de 2026
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Ni egoísmo ni moda

Victoria E. González M., Columnista, Más Colombia

Victoria E. González M.

Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.

Hace cerca de un mes, en una reunión familiar, surgió de la nada, como suele pasar en las conversaciones que se dan en un encuentro informal, el espinoso tema de tener hijos. Algunos de los presentes eran veinteañeros y treintañeros que se encontraban en compañía de sus padres. La constante de los padres y madres era la queja por su condición de “abuelos estériles”; la constante de los jóvenes, su renuencia —la de todos sin excepción— a tener hijos en un futuro cercano o incluso, lejano. 

Los argumentos a favor y en contra iban y venían. Incluso, en un momento determinado, una chica de 32 años, en pareja desde hace cinco, increpó a sus propios padres por la irresponsabilidad de haberla traído al mundo, algo que, de no haberse dado de ese modo, no le hubiera permitido estar discutiendo el tema en ese espacio con tal vehemencia. 

La situación me remitió a varias conversaciones con tantos jóvenes con los que, en mi condición de profesora, tengo el privilegio de compartir permanentemente. Tener hijos es algo que, claramente, no está en el radar de una buena parte de ellos y ellas. De hecho, son muchas las mujeres menores de 30 años que están tomando la decisión de ligarse las trompas para evitar accidentes. Las razones de todas y todos en contra de la maternidad y la paternidad son variadas.

En un país como el nuestro, la situación económica es una de ellas. Muchos de nuestros jóvenes, a los que de manera absurda se les ha calificado como “la generación de cristal”, porque supuestamente son frágiles, tuvieron que conseguir préstamos con altísimos intereses para poder pagar sus estudios y, en este momento, están incorporados a un mercado laboral informal en el que, debido a que están pésimamente remunerados, ni siquiera les alcanza el sueldo para pagar las altas cuotas que les exigen sus créditos. 

Pero también hay muchas otras razones. La desesperanza en un futuro nunca antes tan incierto; un deseo inmenso de conocer el mundo rápidamente antes de que “se termine todo”; una nueva forma de pensar la familia que incluye a miembros que antes no se consideraban; el miedo a establecer relaciones que inicialmente se perciban fuertes y luego, se tornen efímeras; la experiencia de familias fracturadas en las que los hijos siempre llevaron la peor parte o, simplemente, la convicción clara, que no tuvimos otras generaciones, de que la realización de una persona no está amarrada inevitablemente a procrear.

Reducir la decisión de la juventud de no reproducirse a razones como el egoísmo, cierto tipo de moda indolente, la irresponsabilidad o, peor aún, la intención de castigar a unos padres que anhelan tener eterna descendencia, es bastante miope y frívolo. Los y las jóvenes tienen derecho a decidir lo que desean hacer con sus vidas sin la intervención de nadie.

¿Con qué argumentos los convencemos de que todo va a estar bien, de que florecerá la vida, de que el mundo debe renovarse con unos hijos que tendrán un mejor mañana?

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