viernes, octubre 15, 2021
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Pecado culposo

Victoria
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires.

A los cuatro años, por allá a finales de la década de los 60, fui por primera vez al estadio. En ese tiempo lejano no había barras, solo el cielo gris bogotano, el césped verde de El Campín y las tribunas en donde se sentaban juntas las familias de rojos y azules a ver los partidos. El paso del tiempo nos trajo las camisetas, las banderas, los cánticos y las rivalidades acérrimas. 

En la etapa de los 90 y los 2000 seguí amando el fútbol, pero hice cada vez más espaciadas mis visitas al estadio porque los partidos se convirtieron en verdaderas cruzadas de insultos y golpes y, una ida a la cancha, en un evento de alto riesgo al que no estaba dispuesta a someterme. 

La magia de la televisión me permitió seguir de cerca el fútbol local e internacional y conocer a los que, poco a poco, se fueron convirtiendo en mis ídolos. Entre tanto, la violencia seguía creciendo en los estadios mientras gobiernos y directivas confirmaban su incapacidad de manejar el fenómeno. A pesar de todo, el amor por el fútbol seguía ahí, sin importar las críticas de los intelectuales que tachaban las contiendas de frívolas; de las diatribas de las amigas que solo veían en cada partido la exaltación de la testosterona patriarcal y del escándalo de los camaradas que se horrorizaban por la “venta” de un hombre libre que pasa de un equipo a otro por millones de millones. 

Porque el fútbol es eso, un amor culposo cuando ves que ese delantero al que luego de un millón de puteadas le declaraste tu amor en el minuto 91 porque por fin te regaló el gol que hizo ganar a tu equipo, al día siguiente aparece acusado de violencia de género. 

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Un amor clandestino, cuando ves que tu ídolo, el que te hizo llorar cuando puso en el cielo de tu escudo una estrella más, salió positivo para el consumo de mil cosas prohibidas y ya no puedes ponerlo como ejemplo de disciplina y entrega a tus hijos. 

Un amor tormentoso, cuando ves que, en tu equipo, ese al que le dedicaste horas y horas de sufrimiento y dolor, hay corrupción, injusticias laborales y dineros sucios. 

Un amor imposible, cuando ves que los ungidos para hacer parte de la selección de tu país salen a la cancha, en silencio, como si nada, a sabiendas de que en su tierra están matando a los jóvenes que los adoran como si fueran dioses. 

Un amor turbulento, cuando ves que, en nombre de una bandera o de los colores de una camiseta, barristas cobardes deciden quién merece vivir y quién merece morir.  

Cada vez resulta más difícil amar al fútbol. Cada vez más duro gritar un gol sin sentir pena, sin sentir culpa de todo lo que pasa en su interior. Cada vez más complicado separar al fútbol del fútbol. Porque no se trata solamente de gloria, de sudor y lágrimas, de goles, también se trata de sexismo, de homofobia, de discriminación, de corrupción, de odio, de irracionalidad. Porque el fútbol es como la vida, dolorosa, injusta, corrupta y violenta, pero a pesar de eso la amamos y cada día, en secreto, guardamos la ingenua esperanza de que cambie.

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Victoria
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires.

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