Periodismo preocupante
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.
Los medios de comunicación tienen la tarea fundamental de informar de manera veraz y responsable sobre los acontecimientos que ocurren en el mundo y que afectan a la sociedad.
Tamaña responsabilidad se puede dimensionar con más fuerza si se tiene en cuenta que una gran parte de ciudadanos y ciudadanas, al no tener contacto directo con los hechos que suceden, se aproximan a ellos exclusivamente gracias a las versiones que les presentan los periodistas en los diferentes medios.
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La responsabilidad de esos medios es mayor, dado que muchas personas tienen pocas posibilidades de contrastar la información que reciben de parte de ellos, debido a su escasa formación académica o al entorno limitado en el que viven, en el cual no se dan discusiones de buen nivel sobre política, economía, justicia, etc.
Un amigo decía que el periodista tiene una responsabilidad superior a la de un médico porque el error de un médico puede costar una vida, pero el de un periodista, cientos de vidas. Otro amigo decía que mentir sobre alguien en un medio y luego corregir el “error” con una rectificación era como regar una botella de agua en la arena y luego tratar de devolver esa misma agua a la botella.
Con todo y esto, muchos comunicadores y periodistas, a pesar de haber recibido una formación no solo profesional, sino ética —porque no existe ninguna escuela de comunicación, al menos en este país, que no incluya la ética en su plan de estudios— dejan de lado esa formación, o más bien la guardan en el último cajón, en pos de sus intereses económicos, políticos y personales.
Sobre este último punto, es preocupante ver, por ejemplo, como algunas mesas de trabajo de las grandes emisoras o salas de redacción de algunos medios se han convertido en templos en donde dioses y diosas, a los que no se les puede contradecir ni mirar a los ojos, disparan sus opiniones disfrazadas de información a un público que no tiene claridad sobre qué significa opinar y qué significa informar.
También preocupa cómo se han roto dos reglas importantísimas del periodismo: la verificación y calidad de las fuentes —usar fuentes anónimas imposibles de verificar o construir noticias y reportajes a partir de tweets— y el protagonismo sin sentido del periodista por encima de la información.
La pepita de la marca le aporta un lenguaje totalmente inadecuado, cargado de adjetivos tales como “escandaloso”, “explosivo”, etc. para calificar un hecho, que lo único que busca es presentar la información de manera amarillista para conquistar audiencias y ganar seguidores en redes.
Preocupa, preocupa mucho este periodismo tan distante de lo que necesitan los y las ciudadanas en un país ávido de conocer lo que le está pasando en relación con tantos problemas que lo agobian. Y preocupan, particularmente a quienes formamos futuros periodistas, que pululen estos malos ejemplos de “profesionales” de la comunicación que cada día hacen más daño con sus shows “desinformativos”.