Belleza letal

Guillermo Guevara Pardo
Licenciado en Ciencias de la Educación (especialidad biología) de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, odontólogo de la Universidad Nacional de Colombia y divulgador científico.
El pasado mes de mayo, millones de personas contemplaron embelesadas uno de los espectáculos más bellos que se pueden ver en el firmamento: las auroras. Comunes en las regiones circumpolares, esta vez aparecieron en sitios donde normalmente no es posible observarlas: Chile, Argentina, Francia, España, Austria, Uruguay, Reino Unido, Bahamas, Alemania, sur de Estados Unidos, México, China, Australia.
Galileo Galilei, en 1619, las nombró así en honor de la diosa romana Aurora (para los griegos Eos, la de «sonrosados dedos», según Homero) quien, volando a través de los cielos, anuncia todos los días a dioses y mortales la salida del Sol. El registro más antiguo de una aurora boreal está plasmado en una pintura rupestre de hace 30.000 años encontrada en Francia.
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Los vikingos creían que las brillantes luces de una aurora eran el reflejo de las armaduras de las valkirias, las servidoras de Odín encargadas de conducir a los guerreros más valientes caídos en batalla al Valhalla, el majestuoso y gran salón situado en la ciudad de Asgard.
Las auroras se forman por la interacción entre el Sol y la Tierra, separados por una distancia de 150 millones de kilómetros. Nuestra estrella central está hecha de hidrógeno y helio; en su interior la temperatura y la presión tienen valores inimaginablemente grandes: en el núcleo el calor es de unos 15 millones de grados centígrados. En tales condiciones la materia está en forma de plasma, una mezcla de electrones y protones de alta energía, moviéndose a gran velocidad.
Algunos núcleos (protones) de hidrógeno se fusionan para formar helio, reacción termonuclear que libera energía en forma de luz y calor. El proceso también da origen a unas partículas llamadas neutrinos, millones de los cuales atraviesan continuamente cada segundo nuestros cuerpos sin que sintamos siquiera el más ligero cosquilleo en la piel.
Protones y electrones son expulsados hacia el espacio exterior originando el llamado viento solar. El núcleo de la Tierra genera un campo magnético, la magnetosfera, situada en la atmósfera a 500 kilómetros de altura, que funciona como escudo contra las partículas de alta energía que viajan con la brisa solar.
Las partículas expulsadas por el Sol chocan con la magnetosfera y son desviadas hacia las regiones polares donde se forman auroras de muy atractivos y danzarines colores llamadas boreales en el hemisferio norte y en el sur, australes.
Los colores que adornan las auroras dependen de la clase de átomo atmosférico que choque con las partículas escupidas por el Sol y de la altura sobre el nivel del mar. Por ejemplo, el color verde se produce por la participación del oxígeno y el azul cuando entra en juego el nitrógeno. Si las partículas del viento solar chocan con oxígeno situado por encima de los 250 kilómetros, se origina luz de color rojo.
En algunas ocasiones las explosiones solares pueden afectar negativamente la tecnología terrestre: apagones, daños de las redes eléctricas, satélites inutilizados, sistemas de comunicaciones (celulares, GPS) afectados, sacar de servicio cajeros automáticos, la aviación… eventos que podrían causar heridos y muertes entre la población.
En 1989, una gran llamarada solar dejó sin servicio eléctrico a millones de personas en la región canadiense de Quebec durante casi 12 horas.
La violenta actividad solar de principios de mayo es parte de un ciclo natural que ocurre aproximadamente cada 11 años, pasando de un estado de relativa calma a otro muy activo durante el cual los polos magnéticos se invierten, sobre la superficie estelar se forman grandes manchas y se expulsan enormes cantidades de materia en forma de plasma y energía. Los expertos creen que la máxima actividad de este nuevo ciclo transcurrirá hasta finales de 2024 y principios de 2026.
La tormenta solar más poderosa registrada ocurrió en 1859 y se conoce como evento Carrington (en honor del astrónomo Richard Carrington). Esta permitió ver auroras en lugares como La Habana, Montería, Santiago de Chile y Concepción, y causó fallas en los sistemas de telégrafo de Europa y América del Norte, que para la época estaban aún poco desarrollados.
Los daños que podría causar en la tecnología actual, tan dependiente de la electricidad, un evento igual o superior al Carrington, podrían ser muy graves. El problema no es si un fenómeno de esa naturaleza se repetirá, sino cuándo podría suceder.
Todas las auroras son bellas, pero no hay que dejarse engañar: ¡alguna de esas beldades que danza provocativa ante tus ojos adornada de luminosos colores, te puede matar!