Caída de la fecundidad en Colombia: el país iguala a Japón en tasa de natalidad
La caída de la fecundidad en Colombia sigue preocupando a los expertos. En 2023, el país registró la cifra de nacimientos más baja desde que existen registros: 515.549 nacimientos, de acuerdo con el DANE.
Esta cifra representa una reducción del 10,1 % frente a 2022 y confirma una tendencia decreciente consolidada desde hace más de una década.
Asimismo, la caída de la fecundidad ya está teniendo consecuencias en la economía, la política social y el comportamiento del consumo. Lo que antes se explicaba como una «transición demográfica normal» hoy preocupa a gremios, expertos y entidades del Estado. Así, la pregunta ya no es si este fenómeno cambiará a Colombia, sino si el país está preparado para asumirlo.
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A continuación, le contamos qué otras economías están pasando por esta misma situación y las consecuencias de la reducción de la tasa de natalidad para Colombia:
Colombia alcanza niveles de fecundidad similares a los de Japón
La tasa global de fecundidad (TGF), que calcula el promedio de hijos por mujer, fue de 1,2 en 2023 según cifras oficiales del DANE. Esta cifra iguala la de países como Japón o Italia, que han experimentado décadas de envejecimiento poblacional con consecuencias económicas profundas.
La diferencia frente a estas economías es que Colombia alcanza esa misma tasa global de fecundidad sin haber consolidado un sistema robusto de protección social, como sí lo tienen en estos países.
Corea del Sur, que durante décadas promovió políticas de control de natalidad, enfrenta hoy las consecuencias de haber reducido tan drásticamente su tasa de nacimientos.
Las medidas implementadas para revertirla —como subsidios, licencias extendidas y servicios de cuidado infantil— han resultado insuficientes. La experiencia surcoreana demuestra lo difícil que es elevar la fecundidad una vez que se desploma, y puede ser punto de referencia para Colombia.
El hecho de que Colombia registre cifras similares a las de países con sistemas robustos de protección social, sin contar con ninguno de esos mecanismos, es lo verdaderamente alarmante para los expertos.
Corea del Sur invierte en automatización y migración calificada; Japón subvenciona el cuidado infantil y promueve la recontratación de mayores; Italia cuenta con una red de salud pública extendida. Colombia enfrenta el mismo escenario con respecto a la tasa global de fecundidad, pero sin haber desarrollado las herramientas ni la capacidad institucional para enfrentar sus consecuencias.

¿Por qué están naciendo menos niños en Colombia?
Las razones son variadas, pero convergen en una misma dirección: la maternidad y la paternidad han dejado de ser un mandato social. Hoy son una opción más dentro de los proyectos de vida, cada vez más marcada por el individualismo, la inestabilidad económica y las dificultades para el acceso a la educación.
El modelo de familia tradicional ha sido desplazado por nuevas formas de convivencia. El tamaño promedio del hogar colombiano cayó de 3.9 a 2.9 personas en las últimas dos décadas.
Las uniones libres superan al matrimonio formal y los hogares sin hijos no son una rareza. El aumento de la jefatura femenina y de las mujeres solas por decisión propia son datos estructurales que reconfiguran el horizonte reproductivo.
La pandemia de COVID-19 agudizó esta transición. En lugar del esperado repunte de nacimientos, el país experimentó un desplome. Las razones no fueron biológicas sino económicas y psicológicas: miedo, incertidumbre, interrupción de proyectos de vida. Muchas mujeres decidieron no tener hijos “por ahora” y ese “por ahora” ya se volvió permanente en miles de casos.
A esto se suma la inseguridad económica estructural: más del 50% de la población ocupada es informal, el desempleo juvenil ronda el 18%, los arriendos en las grandes ciudades absorben más del 30% del ingreso promedio.
Tener un hijo en este contexto no es una decisión romántica, sino financiera. Y, teniendo todas estas variables en cuenta, muchas parejas deciden no arriesgarse.
Desde una perspectiva cultural, el relato social también ha cambiado. Ya no se estigmatiza a quien decide no tener hijos. El discurso del “proyecto personal”, la movilidad, el disfrute del tiempo libre y la vida sin ataduras familiares ha ganado terreno, especialmente entre jóvenes con educación universitaria y empleos creativos. Esto no significa que no quieran familia: significa que no están dispuestos a sacrificar su calidad de vida.
La educación sexual y el acceso a anticonceptivos han jugado un papel importante. La tasa de fecundidad adolescente cayó más del 60 % entre 2000 y 2022, se redujo la maternidad no planificada y se amplió la autonomía reproductiva.
Hoy, una de cada tres mujeres entre 30 y 40 años ya está esterilizada por decisión voluntaria. Es un dato que habría sido impensable hace apenas 20 años.
Las relaciones de pareja también cambiaron: uniones abiertas, convivencias sin hijos, vínculos inestables y separación de sexualidad y reproducción son cada vez más frecuentes. La pareja ya no es sinónimo de familia nuclear, y sin esa unidad, los hijos tampoco aparecen como necesidad.
Finalmente, el relato cultural dominante en medios y redes sociales refuerza modelos alternativos: vida sin hijos, nomadismo digital, mascotas como compañía afectiva.
A esto se suma una visión crítica al mandato reproductivo desde sectores influenciados por la cultura woke o el feminismo, que consideran la maternidad como una imposición histórica. También desde sectores ambientalistas se cuestiona la idea de “traer hijos a un mundo en crisis climática”.

Problema económico en construcción
Menos nacimientos hoy significa una fuerza laboral reducida en el futuro. Colombia pasará de tener seis trabajadores por cada adulto mayor a solo dos en menos de tres décadas. Esto amenaza directamente la sostenibilidad del sistema pensional, ya que, con menos cotizantes y más jubilados, el equilibrio fiscal no se podrá mantener estable.
La caída de la fecundidad compromete la productividad nacional. Un país con menos jóvenes tendrá menor capacidad de innovación, emprendimiento y consumo: las universidades ya ven la reducción de aspirantes, las empresas tendrán que competir por talento escaso y los salarios para cargos operativos podrían aumentar por falta de mano de obra joven.
El sistema de salud también entrará en tensión: una población más vieja demanda más atención médica y consume más recursos públicos. La tasa de dependencia de adultos mayores se duplicará en 20 años, pero hoy solo 1 de cada 4 adultos mayores tendrá pensión. El resto depende de subsidios, familia o ingresos precarios.
Además, los sectores económicos orientados al consumo familiar ya sienten el cambio. Las matrículas escolares han caído un 11,9 % desde 2012. Empresas de alimentos infantiles, moda infantil o entretenimiento familiar reportan reducciones en ventas o ajustan portafolios. Mientras tanto, crecen los productos pensados para adultos mayores o personas que viven solas.
La tasa de fecundidad en Colombia: una de las más bajas de Latinoamérica
La tasa de fecundidad de Colombia ya está entre las más bajas de Latinoamérica. Solo Chile, Uruguay y Cuba se le acercan. Ahora bien, lo más preocupante no es la posición en el ranking, sino la velocidad. Mientras en otros países la tasa de natalidad tardó décadas en caer, Colombia experimentó una reducción de la tasa de natalidad de más del 30% en apenas cinco años.
La comparación con países como Japón, Corea del Sur o Italia revela un problema estructural. Esos países envejecieron con ingresos altos, redes de seguridad y tiempo para adaptarse.
Colombia envejece sin haber resuelto problemas sociales graves como la pobreza, la baja cobertura pensional y la limitada capacidad fiscal.
Tener una fecundidad tan baja como la de Japón, sin ser Japón, es una amenaza estructural: significa que tendremos más personas viejas que niños sin recursos ni política pública para sostenerlos.
¿Cómo revertir la caída de la fecundidad?
Expertos coinciden en que revertir la caída será muy difícil, pero hay estrategias para mitigar sus efectos y adaptarse.
Una línea de acción consiste en apoyar a quienes desean tener hijos sin imponer modelos tradicionales. Esto incluye ampliar licencias de maternidad y paternidad, promover el teletrabajo, crear guarderías públicas y otorgar incentivos económicos.

No se trata de imponer decisiones, sino de remover obstáculos: si muchas parejas desisten por los costos, el Estado podría asumir parte de la crianza mediante transferencias o servicios gratuitos.
Otra estrategia es apostarle a la economía planeada: servicios, empleo e innovación dirigidos a adultos mayores. Esto abarca desde vivienda adaptada y turismo senior-friendly hasta la formación de cuidadores y tecnología para la tercera edad.
Reformar el sistema de pensiones y salud también es clave. Transitar hacia esquemas mixtos, extender la edad laboral activa, formar más geriatras y robustecer la política de cuidados permitirá sostener una sociedad más envejecida sin colapsar los sistemas.
Además, Colombia debe invertir en productividad: trabajadores más calificados, digitalización, y reconversión laboral permitirán compensar la escasez de jóvenes. También es necesario cerrar la brecha de género en el empleo y facilitar que más mujeres trabajen.
Finalmente, la migración debe ser parte del debate. Bien gestionada, podría aportar juventud y fuerza laboral al país. Diseñar políticas para atraer talento migrante o facilitar el retorno de colombianos es una posibilidad que aún no se ha explorado a fondo.
Nada de esto funcionará sin un cambio cultural. Promover la corresponsabilidad en la crianza, valorar el envejecimiento y asumir con realismo el nuevo panorama demográfico es parte del camino. Como advierte el informe de Uniandes, “los cambios demográficos representan una oportunidad para replantear políticas y modelos de desarrollo”.
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Gremios y marcas también reaccionan
Corficolombiana advirtió que el cambio demográfico afectará la sostenibilidad fiscal. La ANDI y Fenalco han alertado sobre la disminución del mercado joven y la presión que esto ejercerá sobre el empleo y el consumo.
Para adaptarse a esta realidad, empresas como el Banco Popular han rediseñado su estrategia de marca para enfocarse en la población adulta mayor.
Algunas cadenas de consumo masivo han ajustado su portafolio: menos productos para bebés, más alimentos funcionales, suplementos, servicios de salud y tecnología para adultos. Aunque no todas las marcas lo admiten, ya están operando en un país donde hay más abuelos que bebés.
La caída de la fecundidad no es una moda ni una estadística menor. Es una transformación estructural que está redefiniendo cómo funciona Colombia. No se trata de fomentar el alarmismo ni de imponer modelos familiares tradicionales. Se trata de mirar de frente un fenómeno que ya está cambiando el presente. Y hacerlo con datos, con planificación y con políticas públicas que entiendan que tener hijos no puede seguir siendo una carga en un país envejecido.