Cambalache
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.
“Lo mismo un burro que un gran profesor,” dice el famoso tango de Discepolo, que tantas veces hemos escuchado y cuya letra buscó mostrar la crisis de valores del siglo XX al que el compositor definió como “un despliegue de maldad insolente”. Pero el siglo XX quedó atrás y ese culmen de abyección al que supuestamente había llegado la humanidad, no paró ahí, por el contrario, siguió su vertiginosa carrera.
Podríamos decir entonces, sin temor a parecer apocalípticos, que los tantos actos de maldad y de odio que hoy en día nos inundan han terminado por hacernos pensar que el siglo XXI, de lejos, está dejando al siglo XX totalmente deslucido.
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Como si esto fuera poco, en medio del espectáculo dantesco diario aparecen en escena los opinadores de un océano de temas, con un milímetro de profundidad, que en lugar de pasar inadvertidos debido a la mínima calidad de sus comentarios, están convertidos en verdaderos oráculos para millones de personas.
Tal es su poder, que los mismos periodistas empiezan a considerarlos fuentes confiables y a replicar en medios y redes sus declaraciones, sentires, e incluso, juicios.
Así sucedió hace pocos días con Daneidy Barrera, conocida como Epa Colombia, quien inicialmente se hizo famosa por grabar un video en el que hacía un cántico de apoyo a la selección nacional de fútbol. De ese acto ridículo, la señora en cuestión saltó al soñado estrellato de las redes y, a partir de ese momento, se convirtió en exitosa empresaria de productos de belleza.
El ascenso de esta persona llegó a tales niveles que recibió la visita de importantes personajes de la política ávidos de sumarla a sus filas y dividió al país en torno a la posible sanción que debía recibir por haber cometido actos vandálicos durante las protestas sociales de 2019.
En días pasados, saltó de nuevo a la fama, algo que para las redes y los medios se volvió recurrente a la hora de buscar audiencias, porque, supuestamente, fue testigo de oídas de uno de los tantos crímenes que han convulsionado a este país, el supuesto asesinato de una menor de edad por parte de su propia madre, quien le habría confesado su autoría.
La noticia publicada en un conocido medio, y replicada por otros tantos, corrió como pólvora. Claramente en este despliegue tuvo mucho que ver, la supuesta testigo. Su fama, su exposición permanente, su afán desmedido por figurar, la convierte en una magnífica oportunidad de obtener vistas para cualquier medio, pero también, en un elemento peligrosísimo para enrarecer un proceso judicial que ya de por sí viene bastante enrarecido y para remover sin piedad el dolor de una familia.
¡Qué preocupante este siglo XX tan lleno de oportunismo, de imprudencia, de ídolos con pies, ojos, manos y caras del más sucio cieno! ¡Qué miedo el eco aterrador que hacen ciertos medios de historias sin fuentes confiables! ¡Qué falta de respeto! ¡Qué atropello a la razón!