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jueves, 30 de abril de 2026
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En la economía popular las colombianas ganan menos y trabajan más

La economía popular sostiene millones de empleos en Colombia, pero las mujeres enfrentan condiciones más difíciles en los micronegocios

Mujer sostiene pistola de burbujas y botellas mientras trabaja en plaza pública, ejemplo de la economía popular en Colombia.

Los micronegocios constituyen el corazón de la economía popular en Colombia y son una pieza fundamental en la generación de ingresos y empleo. En 2023 se contabilizaron 5,2 millones de unidades de este tipo en el país, que en conjunto sostienen alrededor de 6,7 millones de puestos de trabajo.

Esto representa casi un tercio del empleo nacional y, en consecuencia, impacta en el bienestar de más de 14,9 millones de personas entre propietarios y sus familias. Aunque los micronegocios suelen exaltarse como una “solución” frente al desempleo y la informalidad, en realidad reflejan un modelo económico marcado por la precariedad, la falta de garantías laborales y la reproducción de desigualdades estructurales.


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Un reciente estudio conjunto entre el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) y la Fundación Women’s World Banking (WWB) Colombia confirma que estas dinámicas no son neutrales en términos de género. Las mujeres microempresarias, que conforman una parte significativa de este sector, cargan con el peso adicional del trabajo de cuidado no remunerado.

Esta responsabilidad, históricamente invisibilizada en las políticas económicas, reduce drásticamente su tiempo disponible para gestionar el negocio, limita sus ingresos y restringe sus oportunidades de crecimiento. Es decir, mientras los micronegocios sostienen buena parte de la economía, las mujeres que los lideran lo hacen desde condiciones de desigualdad que perpetúan la brecha de género en los micronegocios y refuerzan la vulnerabilidad económica de los hogares.

Mujer en triciclo de ventas con sombrilla y nevera azul estacionada frente a edificios, ejemplo de micronegocios en Colombia.
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Emprendimientos liderados por mujeres: entre la informalidad y la desigualdad

En Colombia, uno de cada tres trabajadores obtiene sus ingresos de los micronegocios, que abarcan pequeños comercios, ventas informales y actividades productivas de escala reducida. Este sector se ha convertido en una fuente esencial de empleo y sustento, sobre todo en contextos rurales y en los sectores populares urbanos donde el acceso a empleos formales es limitado.

Detrás de su aparente dinamismo se esconde una realidad menos alentadora: casi la mitad de estos negocios, el 44,5%, nacieron como una estrategia de sobrevivencia, pues sus creadores no contaban con otra alternativa para generar o complementar los ingresos del hogar.


La situación se complejiza aún más cuando se observa desde la brecha de género enla economía popular. Las mujeres suelen concentrarse en los de subsistencia, con márgenes de rentabilidad más bajos, menor capacidad de ahorro y pocas posibilidades de reinversión. De los 5,2 millones de negocios identificados en 2023, apenas 1,8 millones tienen a una mujer como líder.

Esto significa que solo tres de cada diez emprendimientos están en manos de mujeres, una cifra que refleja con claridad las barreras estructurales que condicionan su participación económica. No se trata únicamente de una diferencia estadística: la sobrerrepresentación femenina en actividades de baja productividad evidencia cómo las desigualdades de género se reproducen en la economía popular, manteniendo a las mujeres en posiciones de mayor vulnerabilidad y menor acceso a las oportunidades de desarrollo económico.

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El peso de la economía del cuidado en la autonomía de las emprendedoras

En Colombia, 1,4 millones de micronegocios operan desde la misma vivienda, una estrategia que responde a la necesidad de conciliar las labores de cuidado con la generación de ingresos. Esta dinámica afecta especialmente a las mujeres, ya que el 55% de sus negocios se desarrollan en el hogar, mientras que sólo alrededor del 10% de los hombres hace lo mismo.

Las desigualdades se reflejan de manera aún más evidente en los ingresos. Los hombres propietarios de micronegocios reportan ganancias promedio de 1,2 millones de pesos, mientras que las mujeres perciben apenas 685.000 pesos, lo que representa una brecha de 512.000 pesos. En términos porcentuales, los negocios liderados por mujeres generan un 40% menos que los de los hombres. Esto significa que por cada 100 pesos vendidos por un negocio masculino, uno femenino apenas alcanza los 60 pesos.

Esta diferencia no se explica únicamente por el tipo de negocio, sino por la distribución desigual del trabajo de cuidado no remunerado. El cuidado de hijos, familiares mayores y las labores domésticas recae de manera desproporcionada en las mujeres, limitando el tiempo que pueden dedicar a la atención de clientes, a la búsqueda de proveedores o a la innovación de sus productos.

Puestos callejeros con sombreros, bolsos y artesanías atendidos por vendedores, relacionados con la economía del cuidado y la informalidad.
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El informe propone avanzar hacia políticas públicas interseccionales que reconozcan la diversidad de experiencias de las mujeres en la economía popular, y que cierren la brecha de género en los micronegocios, considerando cómo se cruzan factores como el género, la edad, el nivel educativo, la ubicación geográfica y la clase social.

Estas políticas deben incluir programas de apoyo financiero con condiciones flexibles que se adapten a las necesidades de las mujeres, así como estrategias de corresponsabilidad en el cuidado, como la creación de guarderías comunitarias que permitan conciliar la vida laboral y doméstica. Asimismo, es fundamental ofrecer capacitación en gestión y digitalización ajustada a la realidad de las microempresarias y reconocer, redistribuir y valorar socialmente el trabajo de cuidado dentro de la agenda económica nacional.


El estudio del DANE y WWB Colombia evidencia que cerrar la brecha de género en los micronegocios no es únicamente una cuestión de justicia social, sino una condición indispensable para el desarrollo económico del país. Fortalecer la autonomía de las mujeres microempresarias se convierte en un paso clave para reducir la pobreza, cerrar las brechas de género y construir una economía más inclusiva y sostenible, donde el crecimiento no dependa de la sobrecarga invisible que tradicionalmente recae sobre las mujeres.

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