domingo, 4 de diciembre de 2022
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Honestidad

Andrés Botero, Columnista

Andrés Botero Arbeláez

Abogado, Universidad Pontificia Bolivariana. Magíster en relaciones internacionales. Director Ejecutivo de la Cámara Ambiental del Plástico.

Existe un proverbio árabe que dice: “honesto es aquel que acomoda su pensamiento a la verdad; deshonesto es el que acomoda la verdad a su pensamiento”. Dicho en otras palabras, el deshonesto es aquel que desfigura la realidad, aquel que transforma los hechos e incluso los actos y las palabras en una realidad diferente, la cual sirve al propósito de sus ideas. En manos de un adolescente escolar, esta situación puede resultar intrascendente, quizás algo injusta para quienes padecen una relación familiar o de amistad con estas personas. Pero, en manos de nuestros gobernantes, esta situación puede resultar en una catástrofe para el bienestar futuro de las nuevas generaciones. 

Para el ser humano no todo lo legal es suficientemente justo, pero los deberes públicos y las leyes sociales son obligatorios para todos, y la realidad tras ellos no debe ser manipulada para promover una nueva perspectiva de reconciliación o de recomposición social. Toda comunidad en general obedece a unos principios que la erigen como grupo social, como un sujeto plural denominado pueblo, que está unido a partir de una historia que concluye en su realidad. Esta no puede ser alterada por sofismas, fruto de la entelequia humana. 

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Nuestros hitos paradigmáticos se convierten en la estructura que da confianza a todas las relaciones humanas, permitiendo la generosidad, la caridad, la esperanza, el amor al prójimo, la coherencia civilizacional que requiere todo conjunto humano y en especial todo Estado o nación. La anterior reflexión nos obliga a señalar que no debemos subvalorar el alcance de una nueva narrativa y de una nueva dialéctica argumentativa, que no solo modifica las conversaciones o los titulares de prensa, sino que puede socavar el capital social que tenemos, esfumándose la confianza del uno en el otro y permitiendo el advenimiento del principio de la mala fe como elemento rector de las relaciones humanas. 

No es, pues, de poca monta señalar nuestras debilidades y las nefastas consecuencias que ellas pueden acarrear si no somos consistentes en la verdad y en la forma de expresar dicha verdad. La claridad y la transparencia en la forma de expresar nuestras verdades son el testimonio irremplazable de la justicia, de la libertad, del verdadero futuro de las generaciones venideras. 

Los caminos de la palabra a partir de una falsa verdad o de una falsa identidad nos mostrarán la piedad como un acto de egoísmo y las celebraciones pomposas como un acto de magnificencia a la condición humana. Asimismo, verán como una falsa religiosidad todo acto incómodo que reproche su falsa condición o la falsa nueva verdad que acomodan a su pensamiento, brindándoles a los incautos un nuevo horizonte que seguir y a los valientes defensores de la verdad una utópica realidad que los llevará al destierro o al olvido, porque ya no podrán ser profetas en su tierra y la verdad que antes profesaban se podrá convertir en las cadenas y en el yugo que silencien sus voces.

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