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viernes, 2 de enero de 2026
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“Si perreás, no te apoyo”: el juicio de Fito Páez a las mujeres

Helen Rojas, columnista Más Colombia

Helen Rojas

Maestra egresada de la Universidad Pedagógica Nacional. Coordinadora e investigadora en asuntos de mujer y género en el Centro de Investigaciones Económicas Cedetrabajo. Integrante de la Red de Justicia Fiscal Feminista de América Latina y estudiante de la Maestría en Economía y Política de la Educación en la Universidad Externado de Colombia.

Generaciones enteras han crecido, amado y sufrido con las canciones de Fito Páez. Su música ha sido refugio y voz de emociones profundas, pero hoy sus declaraciones sobre el feminismo revelan algo más que una opinión aislada; exponen a un artista anclado en una mirada conservadora y machista, desconectado de las luchas sociales que alguna vez abrazó.

Páez realizó comentarios polémicos sobre la relación entre el feminismo y el reguetón, al afirmar, “si decidís bailar esa de que te van a perrear y garchar toda la noche, es problema tuyo. Después, cuando vayas a defender los derechos al Congreso, no me pidas que te apoye”. Según su lógica, las mujeres son dignas o no de exigir sus derechos en función de sus expresiones corporales o gustos musicales.


Esta postura refleja una visión conservadora que subordina la reivindicación política de las mujeres a normas culturales impuestas. Sostener que una mujer pierde el derecho a vivir libre de violencia o a recibir respaldo social por bailar reguetón o expresarse a través de códigos populares no solo es clasista y misógino, sino también profundamente autoritario.

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Fito Paez

No se trata de defender el reguetón ni de ignorar que muchas de sus letras reproducen discursos violentos hacia las mujeres, promoviendo su degradación al representarlas como objetos disponibles para el placer masculino, sexualizando a niñas y adolescentes, y normalizando la violencia sexual. El problema radica en que Páez utiliza esta crítica para deslegitimar a las mujeres en sus luchas históricas, decidiendo quién merece y quien no ejercer plenamente sus derechos.

Esta es la reproducción de una lógica machista que ha criminalizado el deseo y buscado controlar a las mujeres a través de juicios morales sobre su conducta. Todas las mujeres, sin excepción, tienen derecho a vivir sin violencia y a defender sus derechos, sin que su comportamiento se convierta en medida de su legitimidad. Lo de Páez no es una crítica estructural, sino un juicio moral individual que señala a las mujeres en lugar de cuestionar el sistema o la industria.

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La crítica al reguetón debe señalar las violencias y desigualdades presentes en el género, pero sin caer en condenas simplistas. Cuestionar los mensajes sexistas y violentos es necesario, pero rechazar por completo el reguetón implica desconocer las formas en que muchas mujeres lo usan para expresarse. Esta postura puede reforzar una narrativa machista que juzga, controla el cuerpo y la sexualidad, limitando su autonomía y presencia en la cultura popular.

Hoy, el reguetón es un espacio donde se disputan sentidos sobre el cuerpo, el deseo y el poder. En Colombia, su crecimiento en las últimas dos décadas lo ha convertido en uno de los géneros más escuchados. La participación de las mujeres ha roto con la imagen pasiva que antes se les atribuía y ha abierto nuevas formas de habitar y transformar el género musical. A través de sus letras y presencia, estas artistas desafían el orden establecido y proponen otras formas de representar el deseo y la voz propia.


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La trampa del buen gusto: música, poder y jerarquías simbólicas

Este debate no es nuevo pero sigue vigente, especialmente en contextos donde la música funciona como una frontera simbólica entre clases sociales, entre lo culto y lo vulgar, entre lo profundo y lo banal. Las palabras de Páez no son inocentes. Su crítica al reguetón, más allá del contenido sexual que denuncia, reafirma una jerarquía cultural que privilegia ciertas expresiones musicales como superiores, legítimas y complejas, relegando otras a la marginalidad.

Históricamente, diversos géneros han sido desvalorizados o censurados no por sus formas musicales, sino por quiénes los crean, en qué contextos se usan y qué cuerpos los habitan. El jazz, por ejemplo, hoy valorado como arte elevado, fue en sus orígenes despreciado y estigmatizado. Nacido en comunidades afroamericanas del sur de Estados Unidos, fue asociado con la “inmoralidad” y la marginalidad racial. El escándalo se desataba solo con ver a mujeres blancas bailándolo en clubes segregados. Solo cuando el jazz fue apropiado por públicos blancos, urbanos y educados, se resignificó, pasó de “música de negros” a “música intelectual”.

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Fito Paez

Esta distinción no es solo estética, sino política. La división entre “buena” y “mala” música establece relaciones de poder y marca diferencias entre sujetos. En esta lógica, quien escucha jazz o trova sería alguien con sensibilidad crítica y gusto “exquisito”, mientras quien baila reggaetón o cumbia villera sería considerado superficial o incluso moralmente cuestionable.

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La idea del “buen gusto” es una construcción social, un poder cultural que se puede adquirir, transmitir y usar para excluir a otros. No se trata solo de qué música se escucha, sino de quién tiene la autoridad para definir qué escuchas son valiosas. Y aquí la figura de Fito Páez pesa mucho, un hombre blanco, de clase media alta, reconocido intelectualmente, que se siente autorizado para dictar qué prácticas culturales son compatibles con el pensamiento crítico.

Fito Páez deja claro que no comprende que el gusto es también una construcción cultural. Desde sus parámetros, las mujeres que bailan “eso” —que gozan, disfrutan y existen fuera de sus códigos— no pueden ser compañeras ni sujetas políticas, son cuerpos disponibles, incoherentes, culpables. Por eso, cuando alzan la voz, no merecen respaldo en la reivindicación de sus derechos. Fito no habla solo como artista, sino que habla desde un lugar de privilegio que, como tantos otros hombres, se arroga el derecho de decidir qué mujeres son políticamente válidas y cuáles no.