viernes, octubre 15, 2021
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La cultura, herramienta de guerra y negocio jugoso

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Felipe Arango
Artista plástico, Byam Shaw School of Art, Londres. Presidente de la Unidad Nacional de Artistas (UNA)

El capitalismo de libre competencia desaparece definitivamente, no porque no haya lugar para los pequeños, sino porque su importancia relativa es casi nula. La era de los grandes monopolios y trusts concentra los negocios y las ganancias en unos pocos y la creciente producción generada por el capitalismo financiero monopolista hace cada vez más necesaria la expansión a las neo-colonias. Ya no es imperativo invadirlas, se las puede controlar con el capital, con la venta masiva de productos, convirtiéndolas en mercados y fuente de recursos naturales y mano de obra barata. El proceso resultaría acéfalo si no se lo acompañase de una transformación de los conceptos culturales. Las potencias necesitan apuntalar su cultura para manejar el pensamiento, evitar el surgimiento de conceptos “subversivos” e imponer el producto cultural como otra mercancía que genere ganancias y mercados, a la par de reforzar su ideología.

El mayor imperio surgido tras las guerras mundiales, los Estados Unidos, es consciente de la necesidad de controlar el desarrollo cultural, a la par de la economía, y toma medidas al respecto. Con el “New Deal” de Roosevelt se pretende desplazar el centro cultural dominante de Europa a América y limitar la expansión del marxismo y los nacionalismos. Con el “Public Works of Arts Project” (1934) y el “Federal Project I” (1935), se intenta imponer el arte americano y socavar las expresiones culturales independientes. En 1940 se crea la Oficina de Asuntos Interamericanos (OIAA) cuyos programas culturales estaban bajo la égida del Departamento de Estado estaudinense, reflejando las nuevas prioridades surgidas por la expansión soviética y la segunda guerra mundial.  A partir de 1945 continúa la ofensiva definiendo y apropiándose de la concepción de “cultura moderna”. EEUU está determinado a imponer su “alta” cultura, pasando de ser una nación colonizada culturalmente, a colonizadora, imponiendo un arte de masas consumista, simplista y vulgar. 

En su libro “De cómo Nueva York se robó el concepto del arte moderno”, el historiador Serge Guilbaut nos ofrece una profunda reflexión sobre las dinámicas que llevaron al éxito internacional la idea de arte moderno al interno del “nuevo orden mundial” que surgió de las ruinas de 1945. Con la desaparición de las actividades culturales en Europa durante la guerra, se ofrece a los Estados Unidos como promotor de una nueva vitalidad, preludio del suceso mundial de los mercantes americanos, destinados a un crecimiento exponencial tras la guerra. Se promulga una nueva forma expresiva fundada en el individualismo irreductible, en correspondencia a las nuevas “vanguardias” donde el individuo desplaza lo colectivo y al Estado.

La Escuela de Nueva York se ve involucrada en un amplio proyecto cultural tendiente a reconfigurar al sujeto individual. Se impone una concepción del hombre moderno que sintetizara la visión de la naturaleza humana en armonía con los proclamados valores modernos. Esta síntesis divulgada también por una literatura de fácil consumo, introducía una concepción de lo primitivo y del inconsciente como medida para afirmar la superioridad de esta concepción de lo moderno y del progreso y una supuesta liberación del “yo” más íntimo.

La ideología del individualismo se convierte en el arma de guerra por excelencia de EEUU y domina todas las esferas de la vida social y artística. Este concepto atraviesa dos fases: una inicial durante la implantación del Plan Marshall, dirigida a frenar la expansión soviética mediante la reconstrucción de Europa Occidental, y una segunda, que cubre el período de los años cincuenta y los momentos más delicados de la guerra fría.

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La aprobación del Plan Marshall en 1948 es el momento central de una acción concertada para divulgar en Europa y en el mundo, con el sustento del gobierno y de los privados, la idea de una “América” nueva. La respuesta americana a la ofensiva cultural soviética empieza a acelerarse. El arsenal completo de la cultura estadounidense fue fletado hacia Europa y exhibido en Berlín. El gobierno militar se hizo con el control de 18 orquestas sinfónicas alemanas y otras tantas compañías operísticas. En colaboración con academias, dramaturgos y directores de EEUU, se impuso un ambicioso programa de teatro. El gobierno de ocupación recurrió también a las editoriales más importantes, asegurando un flujo constante de “libros de contenido amplio”. La revista Der Monk, financiada con fondos reservados del Plan Marshall, de la CIA y la Fundación Ford, es utilizada para la consecución de los intereses de la política exterior americana en Alemania y Europa. Esta concepción se redondeó con la exposición de “pintura no objetual” del Museo Guggenheim y fue la primera aparición bajo patrocinio gubernamental de la Escuela de Nueva York.

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Desde su creación en 1947 la CIA se convierte en arma de guerra fría donde se institucionalizan conceptos como “la mentira necesaria” y la “negación creíble”. Su potencial para el abuso, en el propio país y en el mundo, no era coartado por nada, al no tener que responder ante nadie. Desde 1949 y por los siguiente 17 años, la CIA invierte decenas de millones en el Congreso por la Libertad Cultural y en proyectos relacionados. Con estos proyectos actuaba en realidad como Ministerio de Cultura de EEUU. Existía una sección secreta cuya misión consistía en ayudar a encontrar tapaderas como las “fundaciones” para adelantar sus operaciones. La Fundación Ford fue una prolongación del gobierno en temas relacionados con la propaganda cultural, con un amplio curriculum de acciones encubiertas en Europa, actuando codo a codo con el Plan Marshall y con agentes de la CIA en proyectos específicos. La Fundación Rockefeller, no menos que la Ford, formó parte consustancial de la maquinaria de la guerra fría de los EEUU. El Departamento de Defensa y la CIA crearon el Consejo de la Estrategia Psicológica (PSB) que preveía el uso de las elites locales para ocultar el origen estadounidense de sus acciones. En 1951 se crea el Comité Americano por la Libertad Cultural cuyo principal impulsor y primer presidente, Sidney Hook, era un consultor contratado por la CIA. 

De esta manera se iniciaron a sentar las bases para el actual dominio de la cultura mundial. La concentración total y su control en manos de los grandes monopolios de la era digital, son la última fase de este proceso que elimina las expresiones nacionales independientes, analíticas y críticas, convirtiendo al arte en un “commodity”, desprovisto de alma. En nuestra nación, se la implantó mediante la Economía Naranja que elimina el concepto de la cultura como derecho y nos convierte en maquila al servicio de los nuevos propietarios de aquello que convirtieron en el más grande negocio del tercer milenio. 

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Felipe Arango
Artista plástico, Byam Shaw School of Art, Londres. Presidente de la Unidad Nacional de Artistas (UNA)

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