HomeEmpleo“La economía del cuidado fácilmente podría representar el 30% del PIB”: Patricia Jaramillo

“La economía del cuidado fácilmente podría representar el 30% del PIB”: Patricia Jaramillo

Patricia Jaramillo, docente de la Universidad Nacional, habló con Más Colombia sobre la importancia del trabajo del cuidado no remunerado, realizado usualmente por las mujeres, para la economía del país.

¿Qué es la economía del cuidado?

La economía del cuidado comprende todo el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, que usualmente realizan las mujeres. Se incluye, primero, el trabajo doméstico realizado al interior del hogar, que tiene que ver con la limpieza y el mantenimiento de la casa. Segundo, el trabajo de cuidado de personas, que no solo incluye a los hijos, sino también a los esposos, a las personas de la tercera edad o a las que se encuentran en condiciones de discapacidad. Y, tercero, el trabajo de cuidado de la comunidad, que tiene que ver con todos los trabajos que se realizan por fuera del núcleo familiar más próximo, por ejemplo, con parientes, vecinos o instituciones sin fines de lucro. 

A grandes rasgos, ¿cómo es la brecha en las labores de cuidado entre hombres y mujeres?

El trabajo del cuidado usualmente es delegado a las mujeres. La misma cultura se encarga de naturalizar esos roles y de hacer difícil el tránsito entre ellos. Lo que ha ocurrido desde la Modernidad es que el trabajo doméstico —es decir, el que se realiza de puertas para dentro, el que se realiza en los hogares— se asume como separado y menos importante que el trabajo productivo —es decir, el que se encuentra al interior de las cadenas de empleo y producción—. Así, mientras el trabajo productivo se tiene en cuenta en las estadísticas nacionales y conforma el ingreso de los hogares, el trabajo doméstico no. 

Esto no solo ocurre en las ciudades, sino también en el campo. Las mujeres en la ruralidad se encargan del cuidado de los animales domésticos, de la administración de la leche, de las huertas, de las semillas y de ciertos cultivos. En navidad, por ejemplo, se encargan de cuidar los marranos para venderlos y preparar las cenas del 24 y el 31 de diciembre. Todas estas actividades generan ingresos, pero no son remuneradas.

¿Desde hace cuánto se habla en Colombia de la economía del cuidado? 

En Colombia se viene hablando de la economía del cuidado desde los años ochenta, con la política de ajuste y el período de recesión que atravesó el país. Ante la crisis económica, muchas mujeres tuvieron que empezar a buscar empleo para completar los ingresos del hogar. Como el fenómeno fue masivo, sobre todo en los barrios populares de ciudades grandes como Bogotá, Cali, Barranquilla y Cúcuta, empezaron a crearse comedores comunitarios y jardines escolares que buscaban ayudar a las madres a cuidar a sus hijos. Ahí empezó la lucha por otorgarle remuneración al trabajo de cuidado que las mujeres ya venían realizando. 

¿Qué tanto ha avanzado la Academia en la comprensión de este tipo de trabajo?

En la academia, las discusiones venían desde un poco antes. Habíamos hablado de que las mujeres tenían una doble jornada, que incluía la carga doméstica y la laboral, o incluso una triple jornada, que tenía en cuenta además el tiempo dedicado a las tareas escolares de los niños. 

Sin embargo, con la crisis de los ochenta, nos dimos cuenta de que iba mucho más allá de esto. En los barrios populares, las mujeres suelen trabajar, estar pendientes de las labores domésticas, cuidar a sus hijos, preparar los alimentos, cuidar a las personas de la tercera edad o en condición de discapacidad y, en muchas ocasiones, estudiar. Esto hace que el trabajo no remunerado, asociado a las actividades de cuidado, sea mucho más que una doble y una triple jornada. 

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El concepto de economía de cuidado empezó a parecernos más acertado por dos razones: primero, incluye muchas actividades que no tenían en cuenta la doble y la triple jornada —como, por ejemplo, el cuidado de la comunidad— y, segundo, hace visible la contribución del trabajo del cuidado no remunerado, usualmente realizado por las mujeres, al desarrollo económico del país. 

¿Qué tanto se ha incorporado la economía del cuidado en las políticas públicas en Colombia? 

El avance más grande que tenemos es la Ley 1413 de 2010, que incorpora el concepto de economía del cuidado al ordenamiento jurídico. Con esta ley, empezaron a ocurrir varias cosas. Primero, se crea una Dirección de Asuntos de Género al interior del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), encargada de hacer mediciones sobre la contribución de las mujeres a la economía nacional. 

Segundo, se reconoce la importancia del trabajo del cuidado no remunerado en el desarrollo económico. 

Y, tercero, se crea la Encuesta de Uso del Tiempo, cuyo objetivo es medir el tiempo dedicado a la realización de diferentes actividades (trabajo remunerado, trabajo no remunerado, estudio, recreación y ocio, entre otras). Con las cifras de esta última, hemos confirmado que las mujeres gastan, en promedio, entre 12 y 14 horas diarias en trabajos de cuidado, mientras que los hombres entre 2 y 3. 

¿Cómo se mide la economía del cuidado y cuánto se calcula que vale en Colombia?

Por ahora, las estadísticas del DANE sobre la economía del cuidado se dan en tiempo y no en valor monetario. Sabemos que las mujeres gastan más horas de su tiempo en el trabajo de cuidado no remunerado que los hombres. Estudios pasados, realizados hace unos 15 años, estimaron que las actividades de la economía del cuidado representaban cerca del 30% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional. Fácilmente la cifra actual sería cercana a esa.

¿Esto cambia a nivel urbano y rural?

Sí. Las cifras actuales del DANE son a nivel urbano. En las zonas rurales, la implementación de las encuestas está más bien rezagada. De hecho, esa es una de las luchas más grandes que tenemos ahora. 

¿Qué medidas se deben implementar para superar la falta de reconocimiento de las labores de cuidado en el ámbito económico? 

Necesitamos una política estatal sobre las actividades de cuidado al interior de los hogares, centrada en jardines, alimentación, educación, etc. En especial para este momento, también se requiere la identificación de hogares con jefatura femenina, que son los más golpeados por la crisis económica. Se ha ido avanzando en esto, pero con las olas de migración interna y externa la situación se ha transformado.

Se necesita, asimismo, el establecimiento de una renta básica. Esta no solo es importante para las mujeres, sino que creo que ahora es una alternativa para mover la economía. Necesitamos que los hogares aumenten sus posibilidades de compra, al menos ahora, mientras salimos de la crisis generada por la pandemia. La medida, por supuesto, no puede ser permanente. Requiere de una planificación especial, de forma que no se convierta en un seguro de desempleo. 

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“La economía del cuidado fácilmente podría representar el 30% del PIB”: Patricia Jaramillo

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¿Qué es la economía del cuidado?

La economía del cuidado comprende todo el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, que usualmente realizan las mujeres. Se incluye, primero, el trabajo doméstico realizado al interior del hogar, que tiene que ver con la limpieza y el mantenimiento de la casa. Segundo, el trabajo de cuidado de personas, que no solo incluye a los hijos, sino también a los esposos, a las personas de la tercera edad o a las que se encuentran en condiciones de discapacidad. Y, tercero, el trabajo de cuidado de la comunidad, que tiene que ver con todos los trabajos que se realizan por fuera del núcleo familiar más próximo, por ejemplo, con parientes, vecinos o instituciones sin fines de lucro. 

A grandes rasgos, ¿cómo es la brecha en las labores de cuidado entre hombres y mujeres?

El trabajo del cuidado usualmente es delegado a las mujeres. La misma cultura se encarga de naturalizar esos roles y de hacer difícil el tránsito entre ellos. Lo que ha ocurrido desde la Modernidad es que el trabajo doméstico —es decir, el que se realiza de puertas para dentro, el que se realiza en los hogares— se asume como separado y menos importante que el trabajo productivo —es decir, el que se encuentra al interior de las cadenas de empleo y producción—. Así, mientras el trabajo productivo se tiene en cuenta en las estadísticas nacionales y conforma el ingreso de los hogares, el trabajo doméstico no. 

Esto no solo ocurre en las ciudades, sino también en el campo. Las mujeres en la ruralidad se encargan del cuidado de los animales domésticos, de la administración de la leche, de las huertas, de las semillas y de ciertos cultivos. En navidad, por ejemplo, se encargan de cuidar los marranos para venderlos y preparar las cenas del 24 y el 31 de diciembre. Todas estas actividades generan ingresos, pero no son remuneradas.

¿Desde hace cuánto se habla en Colombia de la economía del cuidado? 

En Colombia se viene hablando de la economía del cuidado desde los años ochenta, con la política de ajuste y el período de recesión que atravesó el país. Ante la crisis económica, muchas mujeres tuvieron que empezar a buscar empleo para completar los ingresos del hogar. Como el fenómeno fue masivo, sobre todo en los barrios populares de ciudades grandes como Bogotá, Cali, Barranquilla y Cúcuta, empezaron a crearse comedores comunitarios y jardines escolares que buscaban ayudar a las madres a cuidar a sus hijos. Ahí empezó la lucha por otorgarle remuneración al trabajo de cuidado que las mujeres ya venían realizando. 

¿Qué tanto ha avanzado la Academia en la comprensión de este tipo de trabajo?

En la academia, las discusiones venían desde un poco antes. Habíamos hablado de que las mujeres tenían una doble jornada, que incluía la carga doméstica y la laboral, o incluso una triple jornada, que tenía en cuenta además el tiempo dedicado a las tareas escolares de los niños. 

Sin embargo, con la crisis de los ochenta, nos dimos cuenta de que iba mucho más allá de esto. En los barrios populares, las mujeres suelen trabajar, estar pendientes de las labores domésticas, cuidar a sus hijos, preparar los alimentos, cuidar a las personas de la tercera edad o en condición de discapacidad y, en muchas ocasiones, estudiar. Esto hace que el trabajo no remunerado, asociado a las actividades de cuidado, sea mucho más que una doble y una triple jornada. 

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¿Qué tanto se ha incorporado la economía del cuidado en las políticas públicas en Colombia? 

El avance más grande que tenemos es la Ley 1413 de 2010, que incorpora el concepto de economía del cuidado al ordenamiento jurídico. Con esta ley, empezaron a ocurrir varias cosas. Primero, se crea una Dirección de Asuntos de Género al interior del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), encargada de hacer mediciones sobre la contribución de las mujeres a la economía nacional. 

Segundo, se reconoce la importancia del trabajo del cuidado no remunerado en el desarrollo económico. 

Y, tercero, se crea la Encuesta de Uso del Tiempo, cuyo objetivo es medir el tiempo dedicado a la realización de diferentes actividades (trabajo remunerado, trabajo no remunerado, estudio, recreación y ocio, entre otras). Con las cifras de esta última, hemos confirmado que las mujeres gastan, en promedio, entre 12 y 14 horas diarias en trabajos de cuidado, mientras que los hombres entre 2 y 3. 

¿Cómo se mide la economía del cuidado y cuánto se calcula que vale en Colombia?

Por ahora, las estadísticas del DANE sobre la economía del cuidado se dan en tiempo y no en valor monetario. Sabemos que las mujeres gastan más horas de su tiempo en el trabajo de cuidado no remunerado que los hombres. Estudios pasados, realizados hace unos 15 años, estimaron que las actividades de la economía del cuidado representaban cerca del 30% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional. Fácilmente la cifra actual sería cercana a esa.

¿Esto cambia a nivel urbano y rural?

Sí. Las cifras actuales del DANE son a nivel urbano. En las zonas rurales, la implementación de las encuestas está más bien rezagada. De hecho, esa es una de las luchas más grandes que tenemos ahora. 

¿Qué medidas se deben implementar para superar la falta de reconocimiento de las labores de cuidado en el ámbito económico? 

Necesitamos una política estatal sobre las actividades de cuidado al interior de los hogares, centrada en jardines, alimentación, educación, etc. En especial para este momento, también se requiere la identificación de hogares con jefatura femenina, que son los más golpeados por la crisis económica. Se ha ido avanzando en esto, pero con las olas de migración interna y externa la situación se ha transformado.

Se necesita, asimismo, el establecimiento de una renta básica. Esta no solo es importante para las mujeres, sino que creo que ahora es una alternativa para mover la economía. Necesitamos que los hogares aumenten sus posibilidades de compra, al menos ahora, mientras salimos de la crisis generada por la pandemia. La medida, por supuesto, no puede ser permanente. Requiere de una planificación especial, de forma que no se convierta en un seguro de desempleo. 

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