sábado, 24 de septiembre de 2022
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La inflación, una cuestión de proporciones

David Suárez, Columnista

David Suárez

Cuando le hablen de inflación, tenga en cuenta que el término es polisémico: puede hacer referencia al periodo de expansión exponencial del universo que utilizan algunos cosmólogos para explicar sus propiedades isotrópicas (parece el mismo en cualquier dirección) o resolver debates en cuanto a su forma; puede también asociarse a la sensación que experimenta un glotón italiano luego de soltarle la rienda a su apetito y disfrutar una cena festiva, que en su país cuenta con nueve tiempos reglamentarios, o puede entenderse, en el ámbito de la economía, como un aumento general de los precios en un lugar dado durante un periodo específico de tiempo.

Como soy un simple aficionado a la cosmología y mi estómago no resistiría (aunque quisiera) todo el tren de alimentos que puede ir desde un aperitivo hasta un digestivo, resolví concentrarme en describir con más detalle lo que significa la definición económica más usual del término y de dejarle al lector algunas inquietudes con respecto a este concepto, que no se entiende completamente a pesar de que todos lo vivimos cuando pagamos el almuerzo en un restaurante o compramos algún artículo en la tienda de la esquina.

Vamos por partes. ¿Qué significa aumento general? Uno intuye aquí que todos los precios de la economía deberían ser más elevados entre el inicio y el final de un periodo cualquiera para hablar de inflación. Esta definición tiene dos trampas: en primer lugar, implica poder conocer el precio de todos los bienes y servicios que se negociaron en la economía, y calcular la variación porcentual de todos estos precios para concluir si efectivamente crecieron o no durante un mes o un año. En segundo lugar, no hace mucho énfasis en la naturaleza de esos aumentos, pues si el incremento de todos los precios es uniforme, incluidos los intereses o los salarios (pido excusas por la simplificación mercantilista del mercado laboral, pero esto lo hago solo para efectos de mi exposición), la inflación no sería un problema.



Para superar la primera trampa, que más que una trampa es un obstáculo, las agencias estadísticas colapsan información a partir de la construcción de índices de precios, y definen la inflación como una variación positiva en estos índices. Mientras más precios se incluyan en la composición de estos índices, mejor será la radiografía que proporcionen con respecto al comportamiento de la verdadera inflación subyacente en la economía, que se puede medir a partir de los bienes y servicios que llegan a los consumidores finales o a partir del precio de los bienes y servicios intermedios con los que se encuentran los productores (y que finalmente se trasladan al precio final que perciben los consumidores). La conclusión es entonces que es mejor hablar de un aumento generalizado de precios cuando hablamos de inflación.

Con respecto a la segunda trampa, la conclusión lógica es que la inflación se vuelve un problema cuando el aumento generalizado de precios no es uniforme: si su salario aumentó menos que el nivel de precios, usted puede adquirir menos cosas con él, mientras que si uno y otro aumentan en la misma proporción nada habrá pasado. La gente suele obviar esta sutileza importante, pues en el sistema complejo de las relaciones económicas la norma es que los aumentos de precios no sean uniformes.

¿En dónde está la causa de este fenómeno? Los discípulos de Milton Friedman le dirán que su origen es puramente monetario, y que se debe a la cantidad de dinero que circula en la economía. Otros, más alineados con la versión “más pura” de la escuela austriaca, le dirán que el problema radica en la existencia de un monopolio emisor de moneda, y recomiendan descentralizar la impresión de billetes y dejar que el sector privado se encargue del trabajo para resolver el lío. Los amigos de Keynes, por otra parte, le dirán que la cosa tiene más matices: no solo la oferta monetaria influye en el alza de los precios, sino que esta es el resultado del jugueteo constante entre las ganas que los consumidores y el gobierno tienen de gastar, los bienes que la economía pone a su disposición, y la cantidad y el ritmo de los medios que tienen para hacer sus gastos.

Tenga presente también las consecuencias prácticas de la cuestión. Los cambios heterogéneos en los precios hacen que el poder adquisitivo del dinero disminuya ante presiones inflacionarias, que se desestimule la inversión, que se distorsione la información o que los gobiernos cobren un impuesto políticamente correcto por tener dinero; sin embargo, hace que los deudores perciban tasas de interés reales menores, incrementa el valor (medido por su precio) de los activos físicos y, siempre que sea moderada, genera margen para estimular la economía a través de la política monetaria, evitando la llamada trampa de liquidez.

Quedan aún muchos nudos gordianos por desatar con respecto al tema. ¿Cuáles son los instrumentos que tenemos para combatir el problema de la inflación? ¿Qué riesgos se pueden generar cuando esos instrumentos atacan erróneamente su causa? Si bien el aumento generalizado de precios puede llegar a ser un problema, ¿en qué condiciones puede llegar a no serlo? ¿Cuáles son las consecuencias del fenómeno contrario, que recibe el nombre de deflación? ¿Por qué se dice que la inflación es un impuesto políticamente correcto? ¿Qué es la trampa por liquidez?

Responderé muchas de esas preguntas en próximas entregas. Por ahora, otro tipo de inflación me espera: la de unos globos, para el cumpleaños de mi papá.