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domingo, 4 de enero de 2026
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La selva amazónica y el océano Atlántico dependen del Sahara: así es como el polvo del desierto hace magia a cientos de kilómetros

La selva amazónica y el océano Atlántico no sería la misma sin la intervención de un fenómeno natural que comienza en África y cruza océanos para sostener su equilibrio ecológico.

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La selva amazónica, uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta, mantiene una relación estrecha y poco visible con una naturaleza radicalmente distinta: el desierto del Sahara.

Cada año, millones de toneladas de partículas minerales cruzan miles de kilómetros impulsadas por el viento, que a su vez fertilizan el suelo amazónico y enriquecen al océano Atlántico. Este fenómeno natural, conocido como polvo del Sahara, muestra cómo los procesos globales están conectados y cómo la estabilidad de la selva depende de factores lejanos.


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¿Qué hace que el Sahara sostenga ecosistemas?

Entre noviembre y agosto, fuertes vientos en el norte de África levantan partículas de sílice, hierro y fósforo que conforman el polvo del Sahara. Estas diminutas partículas son transportadas por los vientos alisios a través de más de 8.000 kilómetros, para luego cruzar el océano Atlántico hasta llegar a Sudamérica.

Aunque su origen es árido y hostil, su destino es clave: nutrir la selva amazónica y sostener la vida marina. Con esto, se estima que más de 60 millones de toneladas de este polvo alcanzan anualmente el Atlántico. También, alrededor de 22.000 toneladas de fósforo llegan cada año a la cuenca amazónica. Y, por otra parte, astas partículas enriquecen suelos agotados y estimulan la producción de fitoplancton marino.

El proceso muestra cómo todo está conectado en el mundo: lo que ocurre en el Sahara no solo tiene efectos en el África, sino también en ecosistemas ubicados a miles de kilómetros, incluidos los más vitales para el equilibrio climático y biológico del planeta.

Fertilizante natural para el océano y la selva amazónica

La acción del polvo del Sahara funciona como un puente de nutrientes. En el océano Atlántico, los minerales transportados favorecen el crecimiento del fitoplancton, organismos microscópicos que forman la base de la cadena alimentaria marina. Su presencia tiene un impacto directo en la productividad de los ecosistemas marinos y en actividades económicas como la pesca.


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En el caso de la Amazonía, la relación es aún más crucial. A pesar de su exuberancia, las lluvias intensas de la región arrastran nutrientes del suelo, que luego reducen su fertilidad. La llegada constante de minerales desde el Sahara, especialmente fósforo, repone lo perdido y mantiene la productividad de la vegetación tropical. Sin este aporte, el equilibrio ecológico de la Amazonia podría verse comprometido.

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Riesgos asociados al transporte del polvo

Aunque el polvo del Sahara aporta beneficios ecológicos, también tiene consecuencias adversas. Al atravesar el océano Atlántico, puede deteriorar la calidad del aire en el Caribe, Centroamérica y el sur de Estados Unidos, además aumentar problemas respiratorios y reducir la visibilidad. Este efecto muestra que los fenómenos naturales tienen impactos y no siempre positivos.

Además, la variabilidad climática podría alterar el transporte de partículas y afectar tanto a la selva amazónica como a la productividad oceánica. Cambios en los patrones de viento o en las precipitaciones podrían modificar la cantidad de nutrientes que llega a estos ecosistemas.

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“Godzilla”: episodio extremo que reveló la magnitud del fenómeno

En junio de 2020, un episodio extremo apodado “Godzilla” permitió dimensionar el alcance del fenómeno. Según la Agencia Espacial Europea, esta nube de polvo del Sahara fue un 70% más densa que el promedio y que luego se convirtió en la más intensa en dos décadas. Su seguimiento satelital confirmó la magnitud de la transferencia de minerales y su papel en la dinámica global de nutrientes.

El vínculo entre el desierto del Sahara, el océano Atlántico y la selva amazónica es un modelo de la complejidad del sistema terrestre. Un flujo de partículas iniciado en África sostiene procesos biológicos esenciales en Sudamérica y en las aguas del Atlántico. La alteración de este equilibrio por factores climáticos o humanos podría comprometer la estabilidad de ecosistemas fundamentales.

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