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martes, 24 de marzo de 2026
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Victoria E. González M., Columnista, Más Colombia

Victoria E. González M.

Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.

Mi generación creció con la idea de que las cosas para los hombres y para las mujeres estaban bien diferenciadas. Colores, espacios, juegos, oficios domésticos, juguetes… muchas, muchas cosas tenían un sello de masculino y femenino que impedía a niñas y niños traspasar la barrera del rosa al azul o del azul al rosa. 

Crecimos con la idea de que los oficios del hogar eran para las niñas, de que los colores oscuros y discretos eran para los hombres, de que los niños jugaban con camiones y las niñas con muñecas y cocinas. 


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Quienes estudiamos en colegios femeninos teníamos materias vocacionales como costura, tejido y bordado y, en cuanto a las prácticas deportivas, tomábamos clases de voleibol y atletismo. Los colegios masculinos, por su parte, enseñaban vocacionales como electrónica, jugaban fútbol y practicaban lucha libre.

Los tiempos han cambiado, pero no tanto como debería, porque infortunadamente persisten prácticas absurdas que siguen promoviendo ese discurso que asigna arbitrariamente características particulares, oficios y actividades a lo femenino o a lo masculino y que asumen que solo existen dos opciones de ser. 

La carrera meteórica de la Selección femenina de fútbol de Colombia ha despertado  de nuevo en Colombia las pasiones patrioteras que estaban dedicadas hasta hace muy poco tiempo exclusivamente a los deportistas masculinos, quienes venían dejando a su paso una larga estela de desilusiones. Entonces, lentamente, un grupo de jóvenes mujeres comenzó a destacarse nacional e internacionalmente en el fútbol, deporte que para muchos se constituía en el epítome de la testosterona.  

No ha sido fácil para ellas. Los dirigentes las menospreciaron, las sometieron al techo de cristal e incluso cuestionaron públicamente sus preferencias sexuales; los hinchas manifestaron que ver fútbol femenino “nunca era lo mismo” y los medios las infantilizaron, pero en contra de todo, las mujeres de la Selección femenina de fútbol han impuesto su valor y su entereza en los torneos locales y, ahora, en el mundial de fútbol que por estos días se desarrolla en Australia y Nueva Zelanda. 

Además de subir las ventas de camisetas amarillas y de desatar una nueva moda que llevó a los noticieros a contratar periodistas y comentaristas deportivas, lo realmente importante es que las mujeres de la Selección están rompiendo con estereotipos y demostrando públicamente lo que tantas mujeres colombianas viene haciendo en privado desde hace mucho tiempo: trabajo sin etiquetadas de género; sororidad, compromiso; valor; fortaleza y entrega.


Gracias a nuestras mujeres de la Selección Colombia por sus goles y por la alegría que le dan a este país sufrido, pero, ante todo, gracias por visibilizar el papel de tantas de nosotras que seguimos luchando en la sombra por un mejor país.