Para la guerra nada
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.
Allá por el año 1989 se estrenó la película “Nacido el 4 de julio”, escrita, producida y dirigida por Oliver Stone, adaptación cinematográfica de la autobiografía de Ron Kovic, quien contribuyó a escribir el guion de la cinta.
El protagonista es uno de los tantos jóvenes estadounidenses que participaron en la guerra de Vietnam y que luego de retornar a su país, postrado en una silla de ruedas, con una parálisis irreversible y tras varios intentos fallidos por adaptarse a una vida muy difícil, se convierte en un activista en contra de la guerra.
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Esta película, en resumen, muestra la miseria de un joven que representa a toda una generación perdida, traumatizada, mutilada y sumida en la drogadicción, paradójicamente reconocido como héroe y condecorado con varias medallas.
No se trata solamente de uno de tantos mea culpa de la cinematografía estadounidense que convirtieron el gran error de la guerra de Vietnam en una muy rentable fuente de ingresos.
Se trata, fundamentalmente, de una pieza que, a partir de un caso real, pone en tela de juicio la idea impuesta y predominante hasta finales de los años 50 de que participar en una guerra era un deber y un honor que lograba su máximo nivel si el participante moría.
La reflexión que deja este tipo de películas es la inutilidad de la guerra, o más bien, el daño que deja a su paso y las mil causas en las que se ampara, tales como las diferencias religiosas o la defensa de la democracia.
En la vida real, en particular esa vida que han tenido que vivir muchos países sometidos a conflictos permanentes, la reflexión que queda no es diferente. De hecho, más que una reflexión, lo que quedan son terribles certezas: las guerras solo traen miseria, traumas sicológicos, dolor y pérdidas humanas.
Sin embargo, no se puede olvidar que para algunas empresas internacionales las guerras distan de ser un problema. Por el contrario, se convierten en fuente de enormes ganancias económicas; de otra parte, para los Estados más poderosos, son nuevos escenarios de poder, gracias a las alianzas y a los negocios de reconstrucción disfrazados de solidaridad.
Entre tanto, para algunos medios de comunicación representan más rating ganado a punta de narraciones lastimeras y maniqueas que terminan acentuando en las audiencias la formación de bandos irreconciliables.
Ninguna guerra tiene justificación; ninguna persona tendría que entregar su vida en nombre de la guerra; ninguna guerra tiene por qué quitarle a la gente sus raíces, su pan y su vida. Como diría la maravillosa Martha Gómez, “para la guerra, nada”.