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Para los gustos, los colores

Victoria
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires.

De niños nos repitieron hasta la saciedad la frase “la pared y la muralla son el papel del canalla”. Muchos recibimos las primeras reprimendas de la infancia por escribir en los muros de nuestras casas. Luego, cuando crecimos, aprendimos a asociar la pintura en las paredes de las calles con la clandestinidad, el vandalismo y la marginalidad. Paulatinamente las pintas callejeras dejaron de ser pintas y se volvieron grafitis, un nombre foráneo, pero, sin duda alguna, más aristocrático. Y entonces apareció el gremio de grafiteros que además se denominaron artistas callejeros. Algunos de ellos, incluso, lograron vender sus obras por millones de dólares en las subastas que hasta entonces estaban reservadas para las obras de los artistas de sala.

En las semanas recientes en Colombia, la calle ha sido el escenario privilegiado para diversas luchas. Muchas de ellas han sido violentas y dolorosas, pero otras tantas han tenido un carácter más simbólico. Ciudades grandes y municipios pequeños han visto sus muros vestidos de imágenes coloridas gracias a los artistas callejeros que aprovechan la inmensidad que les ofrecen los lienzos de ladrillo y de cemento para expresar el sentir de la gente. Así, por cualquier lugar que crucemos, encontramos consignas simples, pero categóricas; preguntas sin respuesta; recordatorios de nuestros ídolos populares y recreación de escenas de nuestro doloroso pasado histórico. El sentido de todo este despliegue de formas y colores apunta no solo a expresarse libremente sino, además, a crear conciencia en el transeúnte cotidiano sobre lo que está ocurriendo, mediante una estrategia que busca tocar la sensibilidad e ir más allá de la arenga. Pero como en toda contienda hay actores enfrentados, la lucha de los muros se está dando entre lo multicolor y lo gris. Horas de trabajo para cubrir un muro de colores desaparecen en pocos minutos por la acción de rodillos gigantes impregnados de pintura gris que portan con orgullo “ciudadanos de bien” y funcionarios públicos, cuya misión es borrar, normalizar, esconder, ordenar, suprimir y censurar. La tonalidad elegida para tal fin resulta alegórica: gris, gris plomo, que en la psicología del color se asocia con el aburrimiento, con lo anticuado, con lo neutral, con lo imparcial, con lo anodino y, por supuesto, con el plomo.

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En el fragor de la batalla, al igual que sucedió con las casas de Macondo que pasaban del rojo al azul y del azul al rojo, los transeúntes seguiremos viendo a diario la disputa simbólica entre los artistas y los normalizadores. Y en cada salida, en cada caminata, en cada viaje o diligencia, allá en su interior, cada cual sabrá qué le gusta ver más.

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Victoria
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires.

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