miércoles, 29 de abril de 2026
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Réquiem por nuestros artistas

Federico Escribal, Columnista

Federico Escribal

Gestor cultural (UNTREF, Argentina). Director de la Cátedra libre de Gestión cultural (Universidad Nacional de La Plata, Argentina) y docente (Universidad Nacional de las Artes, Argentina). Fue director nacional de promoción de los derechos culturales y diversidad cultural (Argentina).

En una época signada por un bajo nivel de reconocimiento a las infancias y los adultos mayores, en el marco de lo que se ha dado a llamar adultocentrismo, reconocimos tempranamente al COVID una enfermedad caracterizada por cuadros clínicos más agudos en los adultos mayores. Perdimos -principalmente- a múltiples referentes de diversos campos, entre los cuales el artístico y cultural. 

Ya hemos referido en esta columna a la contradicción económica del campo cultural, con un alto impacto económico acompañada de una inequidad estructural en el reparto de esa renta. Paradójicamente, un sector económicamente de alto impacto y crecientes ingresos, se sustenta en trabajadores precarizados, con un bajo acceso a derechos laborales y coberturas previsionales. En este marco, una mayoría de las vocaciones artísticas en nuestra región se ven frustradas, interrumpidas o saboteadas; y quienes se logran profesionalizar atraviesan sus carreras lidiando contra estas injusticias estructurales.

Así fue el tránsito de una mayoría de aquellos que se han ido en el marco de esta pandemia. En Argentina, hemos perdido al comprometido cineasta “Pino” Solanas, el mítico actor Hugo Arana, el historietista Juan Giménez López, el “maestro de actores” Agustín Alezzo, el pianista Manolo Juárez. El folklorista Chacho Cruz. En Colombia, por su parte, el virus se ha llevado al mítico Jorge Oñate, icónico artista de vallenato, los actores Diego León Ospina o York García, o los también músicos ‘Many’ Pérez, y Lucy Peñaloza son solo los nombres más difundidos. La lista es inagotable, cualquier recorte es fruto de la subjetividad y las omisiones corren exclusivamente por cuenta del columnista.

Muchos se han ido sin que su producción se conozca lo suficiente, ni en el propio pago, ni mucho menos en una región organizada en términos de consumos culturales desde “el mercado” digital trasnacionalizado, que decide que debemos vernos en el espejo de nuestros estereotipos imperialmente diseñados. 

Quedan, retumbando ante las pérdidas, algunas preguntas: ¿Invertimos lo suficiente como sociedad para formar a los referentes artísticos y culturales del futuro? ¿Honramos lo suficiente en vida a nuestras artistas y nuestros creadores? Las condiciones de su partida ¿No debieran acompañarnos a pensar sobre la condición laboral del artista en nuestras sociedades contemporáneas?

Sirva esta columna, no para llorar sobre la leche derramada, sino para estimular el pleno ejercicio del derecho cultural al patrimonio y la identidad cultural. Un país es tan grande como su proyecto cultural se lo permite. Demos fin a la época en la que esos proyectos se digitan desde fuera, en los que los pueblos de la región aportan su historia, la diversidad cultural y su creatividad, pero las ganancias son apropiadas por plataformas transnacionales sin rostro.

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