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jueves, 29 de enero de 2026
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Seguridad alimentaria en el centro occidente de Colombia: Libre comercio II

Jorge Enrique Esguerra, Columnista

Jorge Enrique Esguerra

Arquitecto, Magíster en historia y teoría de la arquitectura, Universidad Nacional de Colombia. Profesor durante 28 años en la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, y miembro de número de la Academia Caldense de Historia.

Graves síntomas de retroceso productivo en el agro 

Mostramos en la anterior entrega cómo el llamado libre comercio impuesto en la década de 1990 para perfeccionar la división internacional de la producción y el trabajo, comenzó a atentar contra la seguridad alimentaria del país, y cómo en el centro occidente −llamado “eje cafetero”− las condiciones se tornaron más onerosas precisamente por la monoproducción de un producto no básico para la alimentación, pero que era soporte del empleo, del mercado interno agropecuario y, por ende, de la variedad de la dieta alimenticia; y cómo con la crisis originada con el rompimiento del Pacto Internacional del Café el grano se vio afectado por vez primera en forma grave. Así, el agro de la región, dependiente fundamentalmente del café para la exportación, ahora en crisis, continuó resistiendo frágilmente en su seguridad gracias a la producción campesina, sustentada en el trabajo familiar y en la propia diversidad de la parcela, aunque también resentida por el debilitamiento que comenzó a tener el grano agregado a la finca.  


Quienes se vieron más afectados por la crisis fueron los antiguos empresarios del café, por lo que muchos abandonaron su cultivo en aras de otras actividades. Es ilustrativo el caso del departamento del Quindío, en el que la producción de café se redujo considerablemente y fue reemplazada principalmente por el turismo y también por otros cultivos tropicales como el plátano. Tuve personalmente el testimonio de un español que vino a conocer el eje cafetero (concretamente el Quindío), pero después se quejó de que en el plan turístico que lo guió lo único que conoció relacionado con la gramínea fue un museo. En este sentido, es preocupante que la declaratoria como Patrimonio de la Humanidad de esta zona central de Colombia –el Paisaje Cultural Cafetero−, esté hoy relegada en su producción, y esté siendo superada por otras zonas (en Huila, Tolima, Cauca y Nariño) que la sustentan principalmente los productores campesinos e indígenas. 

Pero más preocupante, que la producción de reemplazo en el hoy antiguo eje cafetero esté concentrándose en otros cultivos tropicales como el aguacate, que está generando conflictos muy graves como las presiones de compañías extranjeras sobre los campesinos para que vendan con el fin de acumular tierras para cultivarlo y exportarlo, además de la deforestación y la captación y contaminación de aguas, que están desplazando al café. Por otro lado, la exportación dominante de la región ya no es la cafetera porque el oro volvió a ser el protagonista en ese ramo (Mincomercio, 2021). Otro síntoma lamentable de la entrada del país en el libre mercado, porque devela un retroceso hacia la economía colonial extractiva, al perder esta región la conquista que logró hace más de cien años cuando el café superó al oro como principal renglón exportador.

Y está claro que, a partir de la apertura económica, impuesta hace treinta años, ya no existe ninguna preocupación estatal por fomentar la producción de cereales, especialmente de maíz, el tradicional y representativo de la región, que ya perdió allí su autosuficiencia y la mayoría es introducido del exterior. Al respecto, en este antiguo eje cafetero, incluido Antioquia, el maíz es el mayor producto importado. Pero a partir de la entrada en vigor del TLC con los Estados Unidos, en 2012, Colombia, además de ser el tercer país del mundo que más importa maíz de esa potencia, es el primer destino del tipo SG, que es de inferior calidad para alimentos balanceados y consumo humano (FENALCE). 

Si a los cereales le agregamos lo que está sucediendo con la leche y los cárnicos, sin duda, este panorama sombrío de dependencia de nuestra dieta alimenticia de lo que decidan los monopolios mundiales, es el resultado de la apertura y la firma de los TLC, en los que se sacrifican la producción y el empleo nacionales en el agro para favorecer a los de los países que los subsidian, que una vez destruyen la débil competencia doméstica, acaban imponiendo los precios a su antojo, tal como hoy está sucediendo. En 1990 se importaban 500.000 toneladas anuales de alimentos y hoy la cifra llega a 14 millones, que es el balance general de lo que ha representado el libre comercio para nuestra soberanía alimentaria. 

Hasta aquí llegamos en esta rápida mirada sobre la historia de la seguridad alimentaria en el centro occidente del país, que esperamos sirva de reflexión en estas elecciones que se avecinan, con miras al nuevo rumbo que debe dar el país.