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miércoles, 18 de marzo de 2026
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En las tierras del tigre pinta menudita

María Isabel Henao, Columnista

María Isabel Henao Vélez

Comunicadora Social y Periodista de la Universidad Javeriana. Especialista en Manejo Integrado del Medio Ambiente de la Universidad de los Andes. Twitter e Instagram: @maisamundoverde

Un jeep de safari en las sabanas inundables del Casanare recorre un camino destapado, a medio hacer (bendito sea) sólo para hacerlo transitable en la temporada seca. Quienes vamos en él, sacudidos un poco por cuenta del terreno, avanzamos disfrutando el cruce de caños de agua donde caimanes y aves se refrescan, y la presencia plácida de los atajos de caballos libres junto al ganado. Cubrimos los 4 puntos cardinales avistando el horizonte, tratando de ver alguna mancha naranja moteada entre los árboles o los matorrales. Algunos a ojo limpio, otros con binoculares, intentamos encontrar un jaguar o “tigre pinta menudita” como se le dice comúnmente en los llanos.

– Jeremías, en la avanzada ya estamos en el punto más distante acordado. Elevamos drone un rato, pero nada… –


– Hola Andrés, acá tampoco lo hemos visto. Byron y usted? –

Un silencio de estática en los radios antecede a la voz de Ovidio Barragán.

– ¡Lo encontramos! Vengan a la punta alta del banco donde se divisa el estero de las anacondas que visitaron esta mañana. –

Fueron los 25 minutos más largos de espera, acelerando para alcanzar el resto del grupo y con el corazón emocionado y ansioso por el anhelado encuentro. El imaginario colectivo de manera regular visualiza al jaguar entre un gran telón de selva verde y tupida. Y la verdad es que avistar en zonas boscosas a este felino era y sigue siendo un suceso esporádico. Pero felinos como los jaguares y pumas tienen un rango de distribución que escapa de las densas selvas y abarca muchos otros hábitats. Uno de los cuales son las sabanas de la Orinoquía, que abren el horizonte a más posibilidades de avistamiento, sobre todo si estamos en una reserva natural como el Hato la Aurora donde a los animales no se les molesta y se fomentan la coexistencia con el ser humano y actividades productivas compatibles con la conservación. Sin embargo, no es fácil. Hay quienes acuden en varias ocasiones y no logran apreciar de cerca al rey jaguar, el ícono de las Américas.

Jaguar, tigre pinta menudita
El jaguar, conocido en la Orinoquía como tigre pinta menudita. Imagen de drone Reserva Hato La Aurora – Casanare.

Tras el deleite con unas imágenes de drone que nos dejaron ver al “gatito” desperezándose en el pasto, acudimos despacio y a prudente distancia a observarlo con nuestros propios ojos. La sonrisa se pintó en las caras de todos y los ojos se nos aguaron por cuenta de la emoción y el sentimiento de respeto frente a la presencia de un ser que ha habitado el continente por cientos de miles de años antes de que llegáramos nosotros, los humanos. Fuimos profundamente conscientes de los privilegiados momentos que estábamos viviendo.  


En este reel puedes atestiguar nuestro avistamiento y enterarte de las acciones que como ciudadano puedes promover para proteger el jaguar.

Muchos colombianos nunca han visitado “los llanos orientales” y es algo que hay que hacer al menos una vez en la vida. Recorrer estas tierras es gozar del arpa, el cuatro, las maracas y los bailes festivos; es entibiar el alma con atardeceres de arreboles naranjas donde el horizonte se despliega sin fin, la brisa acaricia el rostro y en algunas partes… una fauna alucinante desfila ante los ojos caminando donde el arado aún no ha herido la tierra: chigüiros, caimán del Orinoco, babillas, corocoras, garzones soldado, búhos, zorros, zarigüeyas, venados y más.

Espátula rosada
Espátula rosada. Foto de Fernando Trujillo.

Muchos colombianos comemos arroz, qué digo muchos… ¡todos! Y ninguno, sabemos dónde y cómo está siendo cultivado; mucho menos si ha esquilmado ecosistemas naturales. Cultivos intensivos principalmente de arroz, palma africana y caña de azúcar lesionan gravemente la Orinoquia. Acaparan el uso de las fuentes de agua y a rotor de tractor destruyen los preciosos suelos de llanuras naturales; abren desiertos donde desaparece la biodiversidad y la capacidad de capturar carbono (algo crucial para mitigar el cambio climático), y al vuelo de avionetas aplican cocteles contaminantes de agroquímicos, condenando los suelos a la aridez y la ausencia de la vida.

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Venado. Foto de Maria Isabel Henao Vélez

En la Amazonia y otras regiones donde predominan los bosques, la ganadería es el “coco”. La tala y quema para abrirle terreno ocasionan la degradación y pérdida del ecosistema forestal. Caso diferente de las sabanas inundables de la Orinoquia, que son escenario de un tipo de ganadería sostenible muy particular que sus habitantes practican desde hace más de 500 años en un modelo conservación-producción bajo en carbono. La ganadería, además, es un elemento fundamental de la cultura llanera, tanto que en 2018 los cantos de vaquería de los llaneros colombianos y venezolanos se declararon patrimonio inmaterial de la humanidad de la Unesco.  

Esta ganadería tradicional ha favorecido la conservación de los llanos por varias razones. El ganado se alimenta en pasturas naturales sin transformar las características propias de las sabanas y está conformado por razas criollas, adaptadas al entorno en convivencia con la fauna local.  Al desarrollarse en grandes extensiones de tierra, la densidad de animales por hectárea es baja, y al rotar el pastoreo por diferentes zonas se da tiempo al suelo y la vegetación para regenerarse. Algo que está propiciado por las dinámicas de inundación que habilitan e inhabilitan terrenos según la presencia o ausencia de las aguas de las temporadas seca o de lluvias (4- 8 meses del año). Así el ecosistema mantiene sus funciones esenciales, como la retención de agua y el soporte a la biodiversidad, y los aportes de gases efecto invernadero resultan muy bajos.

En estos momentos necesitamos voltear la mirada a esta región. Para dejar de creer que es un gigante que hay que despertar a fatales golpes, un “potrero” enorme y “desperdiciado” si no se cultiva de manera intensiva. Debemos frenar el avance de la frontera agrícola que opera con recetas viejas de la mal llamada revolución verde y que sin descanso se expande desde y hacia el Amazonas. Debemos apoyar esfuerzos y modelos productivos como los de la familia Barragán que en la Reserva Hato La Aurora, protegen la fauna natural y habilitan un reino para que la fauna silvestre y su majestad el jaguar puedan prosperar.

Es mi profundo deseo, y sé que el de muchos, que la naturaleza y la cultura se respeten en la Orinoquía, y que las y los llaneros puedan seguir, parafraseando al Cholo Valderrama “siendo criados entre moriche y mastranto, bebiéndose con los ojos esos paisajes de encanto donde palma y lejanía se funden con un abrazo”.   Nota: este artículo fue posible gracias al viaje en febrero de 2026 al Panda Summit Orinoquia realizado por el Fondo Mundial para la Naturaleza – WWF Colombia, en el marco del Año Internacional de los Pastizales y los Pastores.


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