Triunfo con sabor a derrota

Gabriel Cifuentes Ghidini
Abogado, magíster en administración pública (MPA) de la Universidad de Harvard, magíster en derecho de la Universidad de Nueva York (NYU) y PhD en derecho penal de la Universidad de Roma. Ex secretario de Transparencia de la Presidencia de la República. @gabocifuentes
Pasadas las 8 de la noche del domingo pasado, en el salón Rojo del hotel Tequendama, a pesar de las miles de banderas ondeantes, de los cantos de centenares de efusivos seguidores y de haber obtenido un histórico resultado, Gustavo Petro dio un discurso que más que de victoria, se pintaba con notas de derrota. Y no es para menos, pues el resultado de Rodolfo Hernández puso a tambalear la posibilidad de que, por primera vez, un candidato de izquierda ocupe el solio de Nariño.
Entre quienes ganaron y perdieron, la jornada electoral deja muchas lecciones y promete un cierre de campaña de infarto. Por primera vez en nuestra historia republicana pasaron a segunda vuelta dos alternativas alejadas del “establecimiento” y de los partidos tradicionales. Con la promesa de un cambio, lograron seducir a un electorado que castigó fuertemente al candidato del oficialismo, al presidente Iván Duque y al proyecto político del uribismo. La crisis social y económica derivada de la pandemia, la crítica situación de orden público, el torpe manejo político de la situación interna y un gobierno que desde los primeros meses cuenta con altos grados de desfavorabilidad, pasaron por fin su cuenta de cobro. El domingo pasado votó un pueblo cansado, con rabia y que no solo resiente el mal gobierno de la administración actual, sino el pesado lastre de décadas de una política marcada por el clientelismo y las castas tradicionales.
Con una participación sin precedentes, más de 21 millones de colombianos salieron a las urnas, y 15 millones de ellos votaron por un cambio. El que promete Gustavo Petro está afincado en las históricas desigualdades sociales y una profunda reflexión sobre el modelo político y económico. Por su parte, el que pretende encarnar Rodolfo Hernández se concentra en la lucha contra la corrupción y el remplazo de la clientelización del Estado por un modelo eficiente de administración de los recursos públicos. En ninguna de las dos propuestas, por lo menos a juzgar por el discurso, caben los partidos tradicionales y la clase política que acompañó el proyecto uribista de Federico Gutiérrez.
Ahora bien, entender por qué el petrismo en vez de celebrar de manera eufórica los resultados, salió a recomponer a sus bases y hacer un llamado al optimismo, exige por un lado ser conscientes de que la gran apuesta de la izquierda había sido ganar en primera vuelta. Se habían generado expectativas basadas en sus propias encuestas internas. Un deseo además alimentado anticipando que, de no obtener dicho resultado, la reconfiguración de las fuerzas políticas jugaría en su contra. Pero por el otro, el gran golpe fue haber tenido a Rodolfo y no a Fico como contendor en la segunda vuelta. Ganarle a Federico Gutiérrez hubiera sido relativamente más fácil. En el discurso se hubiera seguido manteniendo la idea de que representa al uribismo y a la clase política tradicional. Eso hubiera permitido romper el electorado de Rodolfo y exprimir el componente anti uribista de sus bases a favor de Petro. Era también más fácil hacer campaña en contra del candidato del gobierno nacional, atacando así el ocaso de una mediocre administración.
La pelea con Rodolfo, en cambio, es a otro precio. Él también dice representar el cambio, es decir que puede capitalizar el descontento con la política tradicional –que, dicho sea de paso, en parte, acompaña en tarima a Gustavo Petro–, y no cuenta, por lo menos en apariencia, con el respaldo de ningún partido político. Con su estilo chabacán, sin discursos de plaza, una campaña austera y una estrategia efectiva de redes, ha logrado posicionar su imagen como la de un “outsider” que es consecuente con su discurso. El hecho de que esté llamado a juicio por un escándalo de corrupción parece no haberle afectado y, por el contrario, le ha dado pie para que refuerce la idea de que ha sido objeto de una persecución judicial auspiciada por los mismos corruptos que quiere derrotar. Con este panorama, Gustavo Petro tendrá necesariamente que salir al ataque, modificar su discurso y redefinir su estrategia, que si bien podría ser efectiva contra Fico, flaquea con el ingeniero.
Pero hay un punto adicional, y es quizás el que más nerviosismo debería estar generando en la campaña de Petro: las matemáticas electorales, a hoy, favorecen al ingeniero. Paradójicamente, parecería más difícil para el candidato de la izquierda sumar esos dos millones de votos que le hacen falta que, para Rodolfo, sumar los 5 millones de Fico que quedaron volando. Y la razón es relativamente sencilla. El voto uribista, representado en Federico Gutiérrez, es en su gran mayoría un voto anti petrista. Si el ingeniero logra mantener sus seis millones de votos y sumar los de Fico o gran parte de ellos, sus posibilidades para ser presidente superan las de Gustavo Petro. Eso sin contar que el voto del denominado centro, que suma casi un millón de votos, no necesariamente se iría con una izquierda que los ha maltratado constantemente. Dicho en términos coloquiales, Petro no tiene mucha olla de donde raspar, mientras que el ingeniero tiene espacio para crecer.
A pesar del actual panorama, el peor error en el que podría caer la campaña de Petro es en el derrotismo. En últimas, sacaron un resultado muy importante y con un pequeño empujón pueden llegar a la presidencia. Nunca antes habían estado tan cerca y las posibilidades de que eso ocurra son tangibles y ciertas. Por su parte, el ingeniero tendrá que evitar caer en la controversia con Petro. Tendrá también que sacarle el cuerpo a los apoyos de partidos y líderes políticos que puedan ahuyentar el voto anti uribista que él también representa.
La contienda está abierta. Estas tres semanas serán una contrarreloj de alta intensidad que, desafortunadamente, no contará con debates entre los candidatos y que dependerá enteramente de que ninguno de los dos candidatos cometa errores.