Victoria pírrica

María Isabel Henao Vélez
Comunicadora Social y Periodista de la Universidad Javeriana. Especialista en Manejo Integrado del Medio Ambiente de la Universidad de los Andes. Twitter e Instagram: @maisamundoverde
Even if you win you lose [incluso si usted gana, pierde], sabia expresión en inglés que retrata a nuestra especie, la cual no ha podido aprender las lecciones de las tantas guerras vividas a lo largo de su historia. Parece superarnos la capacidad de contemplar el panorama completo del costo de una guerra, por las razones que sean, las dos más comunes: concentrar o garantizar el poder sobre un territorio o acceder a valiosos recursos. Olvidémonos de los motivos “libertarios” que venden la idea de garantizar la autonomía de los pueblos. Nadie mete sus tanques en un berenjenal donde no tiene ni arte ni parte.
Es así como en estos aciagos días he recordado a Pirro, rey de Epiro (reino helénico de la antigüedad en lo que hoy es el noroeste de Grecia) cuyas experiencias en batalla de nada le han servido a los humanos de épocas posteriores. Así se gane de manera aplastante o con un costo en vidas y capital enorme, difícilmente se puede llamar victoria pues en una guerra todos pierden: los humanos y la naturaleza. Y como de ella no se suele hablar durante los conflictos, me permito usar este espacio hoy para enumerar el alto costo para ella, la base que nos sustenta. Porque recordemos, no somos entidades aparte de la naturaleza, sin ella nuestra sobrevivencia no es posible.
Antes de entrar en materia, pongo en primer plano mi dolor profundo y empatía para con todos los que sufren un conflicto armado. En mi país, donde son asesinados líderes sociales y donde enfrentamientos entre guerrillas y ejército (si, aún la paz nos es esquiva, trabajarla será tarea permanente) ocasionan la muerte sin sentido de tantos colombianos. Y en Ucrania, donde en los últimos días el temor de que el conflicto escale más allá de la región, nos ha revivido el miedo a las ojivas nucleares disparadas de un lado a otro del planeta. Algunos recordarán El día después, película de 1983 estrenada en la TV de Estados Unidos, en la que este país y la Unión Soviética desataban una guerra nuclear. Yo salía de la primaria, así que ya tenía edad para entender un poco, pero sobre todo para temer las historias de la guerra fría y el apocalipsis que significaba que alguien hundiera el botón del fin del mundo. Como sea, y esperemos que sin holocausto nuclear, me duele el alma ver el cuerpo destrozado de un soldado sea del “bando” que sea. Siento en mi corazón las lágrimas de las mujeres y hombres que abrazan a sus uniformados yendo a defender un concepto de patria y unos ideales. Los que sean, tengan justificación o no. Todos son tíos, hermanos, padres, sobrinos, hijos y amigos. Todos son amados y aman. Todos son esa mixtura humana de bondad, temor, pasión, violencia, esperanza… Y ninguno de ellos debería portar un arma e ir a cegar la vida de otro o perder la propia.
Entrando en materia y sacando las pérdidas humanas de la ecuación, la guerra es un mal negocio, es carísima. Para empezar, acaba con el capital natural del que todos dependemos y recuperarlo requiere mucho tiempo y grandes inversiones. El gasto militar reduce las oportunidades de cooperación internacional en las amenazas ambientales globales, como la emergencia climática. Enlisto a continuación una serie de ítems que explican cómo afecta la guerra al medio ambiente, aportadas por el Observatorio Conflicto y Medio Ambiente (CEOBS por sus siglas en inglés), *1 acreditado ante la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (que justo inicia sesiones hoy 28 de febrero hasta el 2 de marzo de 2022) del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.
Construir y mantener ejércitos consume grandes cantidades de recursos. Vehículos militares, aeronaves, embarcaciones, edificios e infraestructura requieren energía que en la mayoría de los casos proviene de combustibles fósiles. Las emisiones de CO2 de los ejércitos más grandes son mayores que las de muchos de los países del mundo combinados. Armas nucleares, químicas y convencionales crean problemas ambientales a lo largo de su ciclo de vida, en particular cuando se eliminan quemándolas, detonándolas al aire libre o arrojándolas al mar. Claro ejemplo ha sido Vietnam, donde contaminantes de la guerra siguen en suelos agua y especies acuáticas, afectando los alimentos y la salud de las personas.
Los vehículos a gran escala y artefactos explosivos provocan daños físicos generalizados en paisajes sensibles y su biodiversidad. Las armas explosivas en áreas urbanas crean grandes cantidades de escombros, que contaminan aire, agua y suelos. Contaminación grave se produce también cuando instalaciones industriales, petroleras (oleoductos por ejemplo) o energéticas son dañadas o interrumpidas. Tácticas de guerra como la tierra arrasada, destruyen infraestructura agrícola como canales, pozos y bombas, y destruyen cultivos amenazando la seguridad alimentaria y subsistencia de las comunidades rurales. Incidentes a gran escala pueden provocar contaminación transfronteriza vía aire, ríos, acuíferos o el mar. Minas terrestres, municiones y otros restos explosivos pueden restringir el acceso a las tierras agrícolas y contaminar suelos y fuentes de agua con metales y materiales tóxicos, exponiendo a quienes trabajan en ella a riesgos agudos y crónicos para la salud.
El fácil acceso a las armas pequeñas y ligeras puede dañar la vida silvestre al facilitar el aumento de la caza furtiva, y los espacios sin gobierno creados por los conflictos crean las condiciones ideales para los delitos contra la vida silvestre. La fauna doméstica también pierde, al huir los desplazados no pueden llevar a sus mascotas que quedan a la deriva sin sustento y cuidado.
La deforestación suele aumentar durante los conflictos, generalmente por sobreexplotación de las comunidades que de repente dependen de la madera y el carbón como combustible y calefacción. Pero también por bandas criminales que aprovechan la ausencia de control por parte de la ley.
Los campamentos para refugiados pueden tener una gran huella ambiental, especialmente cuando no están planificados o carecen de servicios esenciales, como agua, saneamiento y gestión de residuos. Precisamente, los sistemas de gestión de residuos pueden colapsar durante los conflictos. Leyes y regulaciones ambientales son ignoradas y las administraciones pierden su capacidad de monitoreo, evaluación y respuesta a los problemas ambientales.
Las ocupaciones de un país pueden frenar el desarrollo sostenible, por ejemplo, al limitar el acceso a materiales o tecnologías, o al actuar como una barrera para la inversión. Los programas y proyectos ambientales preexistentes pueden ser reducidos, reemplazados o ignorados. La construcción de muros y cercas interrumpen los movimientos de la vida silvestre y separan a las personas de los recursos de los que dependen.
El daño que los conflictos causan a la gobernanza ambiental trae consecuencias al ambiente durante años. Por ejemplo, retraso del progreso en el control de la contaminación, en la gestión de recursos y áreas protegidas, la adaptación al cambio climático y la protección a la biodiversidad. Finalmente, los costos ambientales de la recuperación son significativos. Los proyectos masivos de reconstrucción urbana requieren mucho dinero.
Atendiendo a las palabras de Doug Weir, director de investigación y políticas del CEOBS “debemos prestarle más atención al medio ambiente antes, durante y después de los conflictos” armados. Si consideramos el daño a la naturaleza, quien crea que ganó una guerra, lo que obtiene en realidad es una victoria pírrica. Porque si pierde la naturaleza, perdemos todos.
*1 Consulte el sitio web de Conflict and Environment Observatory https://ceobs.org/