La otra pandemia
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.
Mirando en retroceso, parece mentira que durante dos años hubiésemos estado encerrados en la burbuja de una pandemia tenebrosa que dejó miles de muertos en todo el mundo, pérdidas económicas incalculables y condiciones médicas crónicas muy delicadas.
Como mecanismo de defensa, los humanos tendemos en muchas ocasiones a minimizar lo que nos ocurre para poder seguir “en la lucha”. En particular, en un país como el nuestro, si se trata de problemas mentales, está mal visto hablar de ellos o buscar ayuda.
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Y es claro, bastante claro, que la pandemia del Covid destruyó la salud mental de millones de personas. El encierro, la crisis económica, el miedo a morir, la incertidumbre, la pérdida de amigos y familiares, el desempleo son solo algunos de los factores que contribuyen a ese fenómeno. Sin embargo, muchas personas no son conscientes todavía de esto, tanto que siguen viviendo su vida como si nada hubiera pasado, o se niegan a entender que, aunque hayamos dejado atrás los tapabocas, las secuelas siguen presentes y seguirán durante mucho tiempo.
La sensación de haber perdido un tiempo valioso de la vida durante el encierro también es algo muy sentido, particularmente entre la gente joven, después de la pandemia. Eso, porque hemos enseñado a nuestra juventud a que debe cumplir una metas exactas de éxito en determinados momentos de la vida. Terminar los estudios de pregrado y de posgrado a cierta edad; meterse en el mercado laboral, comprar automóvil, comprar apartamento, tener pareja, ser exitoso, etc.
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Por ello, no extraña que la ansiedad, la depresión y otros problemas graves de salud mental se hayan disparado de una manera incontrolable, particularmente entre nuestros jóvenes.
Mientras tanto, quienes estamos en contacto permanente con ellos estamos aterrorizados sin saber qué hacer ni cómo ayudarlos. Ellos y ellas están viviendo problemas reales, angustias reales. Están tomando decisiones terribles que, en el peor de los casos, los están arrastrando al vacío de la muerte. Están acabando con sus vidas, destruyendo sus sueños y los de sus familias. No podemos seguir ahí como espectadores de una película de terror.
Urge aceptar que estamos ante una crisis mental severa y que necesitamos saber cómo enfrentarla y a dónde conducir a quienes necesitan ayuda. Necesitamos una salud pública que reconozca y valore la gravedad de lo que está ocurriendo; formación en primeros auxilios emocionales para quienes estamos guiando a los jóvenes y respuestas claras para que las familias puedan seguir adelante.
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