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jueves, 23 de abril de 2026
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La bendición del trabajo

Victoria E. González M., Columnista, Más Colombia

Victoria E. González M.

Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.

Una de las cosas que nos hace particulares entre los cientos de seres que habitan la tierra es el trabajo remunerado. Desde niños nos empezamos a preparar para la vida laboral. Vamos a la escuela primaria y luego a la secundaria, y los menos, los privilegiados, vamos a la universidad, todo para poder tener una profesión y “vivir de algo en la vida”.

Tres décadas atrás, terminar una carrera universitaria era la máxima meta que una persona podía lograr, en particular, si se trataba de alguien de clase media. Sumado a lo anterior, los padres y madres de aquellos que fueron primera generación de profesionales en un hogar, tenían altísimas expectativas de que sus hijos, “los doctores”, ganarían mucho dinero para poder “sacar la cara” por la familia. Pero la realidad terminó por aterrizar a muchos de manera dolorosa. La falta de puestos de trabajo, la proliferación de carreras de moda y las reformas laborales en contra de los derechos adquiridos por los trabajadores, entre otros males, desdibujaron los sueños de cientos de profesionales y los llevaron por caminos que nunca pensaron recorrer cuando estaban en las aulas.


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Como una estrategia para cualificarse y lograr una diferencia que les permitiera un mejor empleo, muchos recién graduados o profesionales de salario mínimo comenzaron a endeudarse más y más para pagar estudios de maestría. En ese punto, las universidades vieron una excelente oportunidad de conseguir ingresos; sin embargo, para esos nuevos estudiantes ávidos de los conocimientos que les permitirían tener por fin un salario decente, los estudios de posgrado tampoco se convirtieron en la llave para abrir la anhelada puerta del éxito. 

En las primeras declaraciones de la recién posesionada ministra de trabajo, Gloria Inés Ramírez, la funcionaria dejó muy claro que no está de acuerdo con la forma de contratación que existe para cientos de trabajadores colombianos, en la cual imperan la tercerización y el contrato de prestación de servicios. Las declaraciones pueden calificarse de loables, de urgentes y de necesarias, en particular, cuando se dicen en un país en el que gran parte de la gente desconoce sus derechos; trabaja con horarios a discrecionalidad de los jefes (que incluyen domingos, festivos, noches y madrugadas) y considera que, sin tener en cuenta las condiciones, lo importante es tener trabajo. Como infortunadamente toda reflexión cargada de buenas intenciones lleva su veneno, lo que está ocurriendo en nuestro país es que el remedio se está convirtiendo en algo mucho peor que la enfermedad. Ante una anunciada supervisión juiciosa del gobierno a los contratos de prestación de servicios —que entre otras cosas contemplan disponibilidad permanente del trabajador y presencia física en el puesto de trabajo— estos empiezan a desaparecer para darle paso al famoso free lance o trabajo a destajo, el cual precariza aún más las condiciones de los trabajadores, quienes empiezan a depender sin remedio de las consabidas cuentas de cobro que requieren varias idas y venidas por falta de una mayúscula o un guión antes de ser pagadas. 

Como podemos ver es muy triste el panorama para la gente trabajadora que ve cada vez más remota su posibilidad de llevar el pan a su casa y menos aún, de obtener una pensión para su vejez. También remotas las posibilidades para un país que necesita de mucha fuerza de trabajo para salir adelante. Triste y vergonzoso lo que está pasando. Así estamos.

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