domingo, 4 de diciembre de 2022
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¡A besar el suelo!

María Isabel Henao, Columnista

María Isabel Henao Vélez

Comunicadora Social y Periodista de la Universidad Javeriana. Especialista en Manejo Integrado del Medio Ambiente de la Universidad de los Andes. Twitter e Instagram: @maisamundoverde

Es paradójico que lo que nos sostiene, alimenta, mejor dicho lo que nos permite estar vivos, pase  tan desapercibido por la inmensa mayoría. No miramos el suelo  ni para escupirlo. Suena feo, lo siento, pero así es. Los humanos tenemos complejo de “superficie”. Pregúntese qué hay bajo la línea del suelo. ¿Resulta un misterio? ¿O hay más ítems en su respuesta además de: tierra y rocas? Déjeme decirle de una vez, bajo la superficie de suelo que todos pisamos con la irreverencia característica del Homo sapiens, se esconden maravillas. Agarre un puñado de tierra y tendrá en su mano más microorganismos que el número de personas sobre el planeta hoy día (vamos llegando a los 8 mil millones). Increíble, ¿verdad? Estos seres microscópicos procesan la materia orgánica del suelo y la transforman en los nutrientes que las plantas necesitan (léase que nuestros alimentos necesitan).

Ese universo de seres vivos en la palma de la mano a mí me parece de lo más emocionante. Llevo dos años con un interés creciente por el valor del suelo y por supuesto con una preocupación galopante porque alrededor del mundo seguimos haciéndonos zancadilla, degradando y desertificando los suelos: condición sine qua non de nuestra propia salud y bienestar. Es de no creer que casi 2/3 del planeta estén siendo desertificados. ¿Y cómo hemos degradado los suelos? La erosión comenzó a desarrollarse cuando el hombre inventó el arado. Después de la segunda Guerra Mundial, el negocio del nitrógeno en la fabricación de armas se orientó a “abonar” campos alrededor del mundo (eso creíamos al comienzo, luego nos dimos cuenta del daño que hacen a la salud del suelo y sus necesarios microorganismos). Los pesticidas y herbicidas han matado no solo “plagas o malas hierbas” sino una gran cantidad de especies valiosas y han terminado bioacumulados en animales y personas (hasta en la leche materna). Y ni qué hablar de los vertimientos industriales que contaminan aire, suelos, ríos y acuíferos subterráneos.  


Cada año, 40 millones de personas son desplazadas de sus tierras porque se vuelven inviables para la siembra. Para 2050 Naciones Unidas estima que mil millones de personas serán refugiados debido a la desertificación. Duro que a los refugiados huyendo de guerras, de países donde no encuentran oportunidades o de condiciones extremas del clima, se sumen los refugiados del suelo (se confunden con los climáticos pero tras la desertificación hay causas directas de sobreexplotación, sobrepastoreo y malas prácticas de riego).  

A lo largo de varias y siguientes columnas quiero enamorarlo del suelo. A usted, citadino que todos los días pisa el cemento con sus zapatos y no se atreve a descalzarse a hacer un beneficioso “polo a tierra” porque sabe que podría terminar con trazas de materia fecal en los pies, porque los parques son territorio de los perros del vecindario (yo amo los perros, ni se le ocurra trolearme, porque igual, es un hecho). Y enamorarlo igualmente a usted, que vive en un área rural y que podría pertenecer a una familia dedicada a la agricultura o la ganadería, y que de pronto cree saber todo sobre “hacer producir la tierra”. A usted también espero enamorarlo y sorprenderlo, introduciendo técnicas que están permitiendo restaurar la naturaleza y sostener economías productivas. 

Besa el Suelo (Kiss the Ground *1 en inglés original) es un documental imperdible para todo el que coma. ¿El querido lector come? Excelente, tiene que verlo. Es plan, y familiar, tranquilo que no lo estoy poniendo a ver un ladrillo de clase mamerta. Besa el suelo es increíble. Quita una venda de los ojos y ayuda a entender que la respuesta para curar el planeta yace bajo nuestros pies. El suelo: con su capacidad enorme para secuestrar enormes volúmenes de gases efecto invernadero podría estabilizar el clima, recuperar nuestros suministros de agua dulce y alimentar el mundo. ¿Dónde verlo? En Netflix, alquilable en Vimeo por $1 dólar y gratis en el sitio web de la película para instituciones educativas. 

Hoy quiero resaltar, de esta invitación a subsanar la imperiosa necesidad que tiene la tierra de que la tratemos con cariño, dos razones más allá de proveer la capacidad de alimentarnos. No es buen negocio transformar radicalmente el paisaje o los ecosistemas naturales, desapareciendo su cobertura vegetal propia. Necesitamos espacios silvestres que amortigüen las zoonosis, como la COVID-19, porque el cambio en el uso de la tierra constituye el principal impulsor de enfermedades infecciosas emergentes en humanos, de las cuales más de un 60% son zoonosis.

Por otro lado, tampoco es buen negocio dañar los suelos, porque se libera a la atmósfera el carbono que tienen atrapado. Un suelo sano absorbe agua y CO2 pero destruirlo, los libera; la tierra se seca y convierte en polvo (desertificación). Deforestar y desnudar la tierra genera demasiado calor y libera inmensos vórtices de aire caliente que en vez de atraer lluvia, aleja las nubes. Quitar la vegetación de un terreno, cambia el microclima. Estará mucho más frío al alba y más caliente al medio día, que si estuviera cubierto solo de hojarasca. Cuando se hace esto en más de la mitad de las tierras del planeta, se modifica el macroclima. 


Pero la respuesta para ambos problemas está en restaurar los suelos para permitirles sanarse y ser productivos, y a la vez capturar el carbono atmosférico que calienta la Tierra, disminuyendo así el efecto del cambio climático. En las reuniones internacionales de lucha contra el clima, poca atención se les prestan a las soluciones climáticas basadas en el secuestro de carbono en el suelo. ¿Recuerdan que así paremos de emitir ya, el caudal de gases efecto invernadero en la atmósfera ya nos tiene fregados con j? Bueno, la esperanza de atraparlos está en la agricultura regenerativa, en la restauración de ecosistemas y la reforestación. 

Permítame cerrar por hoy contándole en qué se basa esta receta mágica. El carbono es la base de la vida en la tierra, los humanos somos carbono en un 16% (lo tomamos de los alimentos). El 40% del dióxido de carbono que las plantas absorben de la atmósfera, va a las raíces. De ahí lo filtran estratégicamente para alimentar a los microorganismos del suelo que a cambio les brindan a las plantas nutrientes minerales, y generan un “pegamento de carbono” creando un hábitat de pequeñas bolsas para controlar el flujo de aire y agua. ¡Esta es una de las maneras en que el carbono se fija en el suelo! Por esto el suelo nunca debe estar desnudo. Debe tener raíces donde la vida ocurra. Cultivos de cobertura de diversas especies mejoran la vida y actividad del suelo. Y si a eso le suma un ganado que paste rotativamente y abone con su material fecal, mejor aún. Pero esto lo veremos en una próxima entrega, cuando veamos la revolución de la agricultura regenerativa. 

Me cuenta qué tal le pareció la película. En la próxima columna le recomendaré otra: The Need to grow.   

 *1 El premiado documental estrenado en 20202 Besa el suelo fue producido y dirigido por Josh y Rebecca Tickell (Big Picture Ranch studio) y narrada por el actor Woody Harrelson. Además de la participación de científicos y personas con décadas de trabajo en agricultura, ganadería y ambiente, hay rostros conocidos como la modelo y embajadora de buena voluntad de UNEP Giselle Bündchen, el actor Ian Somerhalder y el cantante Jason Mraz (además agricultor regenerativo). Kiss the Ground Film | Official Website (kissthegroundmovie.com)