miércoles, 22 de abril de 2026
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Amores animales

Victoria E. González M., Columnista, Más Colombia

Victoria E. González M.

Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.

En memoria de Laura Titania

En un mundo tan lleno de incertidumbres hay una sola certeza que me embarga: lo más importante de la vida son los afectos. La amistad, el amor, la camaradería, la solidaridad, el respeto son los sentimientos hacia los demás que nos rescatan de las inclemencias de la vida y que nos permiten seguir adelante en la lucha. 

El lunes anterior, de manera intempestiva murió mi gatita Titania. Una pequeña criatura de mal carácter, patitas cortas y voz ronqueta que solo se dejaba acariciar de vez en cuando por mí, que me dejó mi mejor amiga antes de emprender un largo viaje, y que vivió seis años como miembro de una familia compuesta por tres humanos y tres gatos. El dolor que se siente con la pérdida de un animalito que nos ha acompañado por largo tiempo es indescriptible, una especie de mazazo en el alma que nos sacude y nos recuerda que perder un amor verdadero es lo peor que puede pasarnos. Que la sensación de vacío, de impotencia por no haber hecho lo que fuera por salvarlo, que la idea de no volver a verlo jamás será algo que nos va a atormentar por mucho tiempo y nos envolverá paulatinamente en un ovillo de dolor que será muy difícil de desenredar por más de que hagamos todos los esfuerzos.  

Mucho se ha dicho acerca de la humanización de los animales de compañía. Se habla incluso de que celebrarles los cumpleaños, comprarles ropa, hacerles tratamientos cosméticos etc, es una forma de maltrato velado porque les roba su naturaleza libre. Algunos también se molestan o se sorprenden porque se les llama hijos, perrijos, gatijos, bebés, etc. y porque, en particular, la gente más joven, manifiesta sin recato que prefieren tener una mascota a tener un hijo, opción que, además, consideran equiparable. 

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Como parte del análisis acerca de este boom mundial del que se ha llamado animalismo también se plantea que esa nueva “obsesión humana” por los animales de compañía representa la rendición total ante una de las tantas estrategias del capitalismo para crear nuevas necesidades y seguir empujando a la humanidad al consumo desenfrenado. 

Al margen de tan complejos análisis, creo que debemos centrarnos particularmente en entender por qué un perro o un gato se han convertido en un miembro fundamental de tantas familias. Comprender la soledad en la que muchas personas se ven sumidas que las conducen a buscar la compañía de seres que piden muy poco y que, por el contrario, entregan todo. Reconocer que gracias a las nuevas dinámicas de la sociedad mucha gente no quiere compromisos o no puede tenerlos porque sus jornadas de trabajo, su situación económica, sus inseguridades y tal vez sus miedos se lo impiden. 

Por eso, lo que queda al final del día es llegar a casa para encontrar un ser incondicional que espera siempre dispuesto y que se conforma tan solo con un corto paseo o con unas cuantas croquetas. Admitir que las familias “de antes”, las de papás, mamás e hijos, ya no son las únicas familias y que al pasar por las avenidas de una gran ciudad, o por los caminos de algún pueblo, detrás de esas luces que vemos encendidas en casas o apartamentos, hay seres humanos que reciben y  entregan amor y compañía a sus perrijos o sus gatijos, esos que son su verdadera familia y sus verdaderos afectos.

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