Colombia mestiza, futbolera y… racista
Flor Morales
Coordinadora de Comunicaciones del Centro de Estudios del Trabajo (Cedetrabajo).
Colombia es un país mestizo y mulato. El 85 % de las madres tienen genes indígenas. El 10% de la población es negra. El racismo en Colombia es absurdo, sobre todo en el fútbol, que vive gracias al talento afro.
Colombia vibra con el fútbol como si se jugara la vida en cada partido. Se emociona con los goles de sus ídolos negros, grita, canta, se abraza. Pero fuera de la cancha, ese mismo país, repite insultos racistas sin pudor. ¿Cómo se puede ser racista e hincha del fútbol al mismo tiempo?
Racismo en Colombia: entre la cancha y la calle
El país se paraliza cuando juega la Selección Colombia. Lo hacen los colegios, las oficinas, las tiendas. La pasión se mete hasta en los hospitales. Y no hay clase social que no vibre con los goles de Jhon Durán, de Miguel Borja o de Jhon Córdoba. Todos negros. Todos ídolos. Todos aplaudidos por hinchas que, en otro contexto, no dudan en gritar “negro hijueputa” desde la tribuna cuando el mismo jugador se equivoca en un pase o erra un gol.
En Colombia el racismo no es marginal. Es cotidiano. Lo demostró de nuevo la agresión al agente de tránsito José Félix Angulo, ocurrido esta semana en Cali, cuando un hombre blanco lo insultó diciéndole “pedazo de negro basura” y “te maneja un blanco HP” mientras cumplía con su deber. El agresor fue identificado, repudiado públicamente y será investigado por la Fiscalía, tras una solicitud de la Alcaldía de Cali que manifestó que “En Cali la ley se respeta, el racismo no se tolera y que nuestros agentes no están solos”.
Pero ese acto no es una excepción. Es un síntoma.

Fútbol: el deporte más racista de un país que le debe todo al talento negro
El racismo se respira en los estadios, donde los insultos racistas son tan “naturales» como los cantos y los trapos. Cuando un jugador afro lo hace bien, es “mi negro querido”. Cuando falla, es “negro bruto” o “negro hijueputa”. Siempre negro. En 2023, Gol Caracol publicó una crónica titulada “Este país de negros hijueputas”, que recoge testimonios de jugadores que han sido víctimas de ese desprecio en canchas de todo el país, desde divisiones menores hasta la liga profesional. El informe denuncia que los castigos de la Dimayor son desiguales y que el racismo “no es anecdótico, es estructural”.
Y, sin embargo, esos mismos jugadores son los que llenan estadios y venden camisetas.
Por ejemplo, en la Copa América 2024, la selección Colombia tuvo más de un 60 % de jugadores afrodescendientes, las tribunas de los estadios de EE. UU. siempre estuvieron repletas de camisetas amarillas, nadie se quejó, hasta que fallaron.
Casos recientes muestran que el racismo sigue muy presente en el fútbol colombiano. En abril de 2025, un hincha del América fue grabado diciendo que su equipo tenía «muchos negros», y una aficionada lo enfrentó llamándolo racista.
En otro caso registrado por Gol Caracol, un aficionado del Medellín afirmó que «en un equipo no pueden jugar más de dos negros. En noviembre del 2024, Marino Hinestroza denunció que tres hinchas de Millonarios le hicieron gestos racistas y le gritaron “mono” tras anotar un gol en El Campín, exigiendo una respuesta de la Dimayor. Estos hechos se suman a una larga cadena de agresiones verbales normalizadas en las tribunas.
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Ser racista en Colombia es absurdo: no hay blancos puros aquí
Según cifras del DANE, entre el 10% y el 12% de la población se reconoce como afro. La evidencia científica es rotunda. El 85,5 % de las madres colombianas tienen ascendencia indígena, según el estudio de Emilio Yunis, publicado en 2006. El mestizaje en Colombia no es un discurso: es una realidad biológica. En términos de genética mitocondrial —la que se hereda por línea materna—, este país es amerindio. Por la vía paterna, predomina el componente europeo. Eso quiere decir, en buen español, que la mayoría de los colombianos somos mestizos o mulatos. Blancos puros hay pocos. Y son muy raros.
Entonces, ¿cómo es posible que alguien con genes indígenas desprecie a alguien con piel oscura? La respuesta no está en los genes, sino en la cultura.
El racismo no es genético, es cultural
En Colombia el racismo tiene raíces en la estructura social heredada de la Colonia, donde la esclavización de africanos impuso una jerarquía que vinculó lo negro con lo pobre, lo servil y lo marginal. Esa herencia se conserva en la manera como se distribuye la pobreza: en ciudades como Cali, por ejemplo, la población afrocolombiana ha sido afectada de forma desproporcionada por la violencia y la exclusión, en una sociedad marcada por el racismo y el clasismo. En ese entorno desigual, un mestizo empobrecido puede sentirse “mejor” si degrada a quien está más abajo, pues de paso evita cuestionar el origen de su pobreza.
Sin embargo, el estudio del genoma humano confirmó que las categorías raciales no tienen respaldo en la biología. No importa si una persona tiene la piel clara o muy oscura: cualquier par de individuos comparte más del 99,9 % de su información genética. Somos prácticamente iguales, sin importar el lugar del mundo del que vengamos.
Las ideas racistas no vienen inscritas en la sangre. Son resultado de un aprendizaje cultural, no de la genética. Y precisamente por eso son modificables. Lo peligroso no es solo creer que son ciertas, sino actuar en consecuencia.
Confundir cultura con genética es un error. Y un peligro.

El negro en el fútbol: orgullo o tolerancia
En Colombia no se nace racista. Se aprende. Así lo demuestra la ciencia. El racismo se construye en el hogar, en la escuela, en los medios, en los chats de WhatsApp. Y se alimenta de silencios cómplices.
Muchos entrenadores en las divisiones menores asocian fuerza y velocidad con cuerpos negros, mientras que a los blancos o mestizos se les da la responsabilidad de pensar o crear jugadas. Esto ha llevado a una distribución racializada de posiciones: extremos, centrales, delanteros potentes… casi todos afro. Volantes creativos o arqueros… rara vez. No es coincidencia. Es una expectativa racial impuesta desde la infancia.
La pobreza como filtro: quién puede y quién no puede soñar con el fútbol
El fútbol ha sido el camino de ascenso de miles de jóvenes afrodescendientes que nacieron en regiones olvidadas: Quibdó, Tumaco, Buenaventura, Santa Marta. Allí donde el Estado brilla por su ausencia, el balón es más que un juego. Es esperanza.
No es casual que la élite del fútbol colombiano esté llena de jugadores negros: El Tino Asprilla, Juan Guillermo Cuadrado, Freddy Rincón. Como ellos, muchos. Pero no fue magia. Fue resistencia. Mientras otros niños iban al colegio bilingüe, ellos cargaban bultos, nadaban en el río o jugaban en canchas de tierra. No fue talento nato. Fue necesidad.
Los medios y las redes también discriminan
Los medios de comunicación no están libres de culpa. Basta mirar los rankings de “jugadores más guapos del FPC” que circulan. La mayoría son hombres con rasgos europeos: piel clara, ojos verdes, cabello liso. Si aparece un afro, es “piel canela”, ojos claros, nariz fina. Una versión “aceptable” de lo negro.
Pero la discriminación no se queda en la cancha. Del otro lado del entretenimiento, también hay una línea de exclusión. Según Kienyke, la presencia de personas negras en la televisión colombiana sigue siendo marginal. Cuando aparecen, se les asignan papeles folclóricos, serviles o caricaturescos. Rara vez son protagonistas de telenovelas, conductores de noticieros centrales o voces autorizadas en el debate público. El patrón es el mismo: el talento negro se acepta mientras sirva para entretener, pero no para liderar.
¿Y qué hacen las instituciones? Poco, pero algo es algo
La Conmebol ha promovido campañas contra el racismo, como los abrazos entre jugadores antes de los partidos. La Dimayor ha sancionado a clubes cuyos hinchas gritan insultos racistas. Pero las acciones son inconsistentes. Mientras algunos equipos reciben multas, otros quedan impunes.
Lo que hace falta no es más publicidad institucional. Es un cambio cultural. Y eso empieza en la escuela, en la casa, en el estadio.
Si usted es racista en Colombia, es ignorante
La ciencia ya lo demostró. Colombia no es blanca. Es mestiza, negra, mulata, indígena… Somos mezcla. Y la mezcla no se borra con crema aclaradora, ni con anglicismos, ni con ojos claros.
Quien desprecia a un afrodescendiente en Colombia está despreciando su propia historia. Su propia sangre. Su propia madre. Porque, si la estadística no falla, esa madre tiene genes indígenas.
Ser racista en Colombia no solo es cruel. Es ridículo.